Por qué el oficio de escritor es más difícil que el de Dios

Esta mañana estuve hojeando el libro “Cómo NO escribir una novela” de Howard Mittelmark y Sandra Newman, dos norteamericanos que prácticamente han participado en toda la cadena de la industria del libro; como editores, ghost writers, profesores de escritura creativa, críticos, ensayistas; y lo han hecho por el tiempo suficiente como para haber aprendido a determinar —con sólo leer algunas páginas— cuáles manuscritos debían rechazarse y cuáles mandarse a imprenta. Ahora, en esta otra etapa de sus carreras, decidieron volcar todo ese conocimiento y experiencia en las páginas de este libro, el cual es un compendio de los doscientos errores más comunes cometidos por la mayoría de los escritores principiantes a la hora de escribir una novela.

El libro está tratado con la seriedad que el caso requiere y también con un poco de humor (al menos el necesario) como para matizar los muchos ejemplos que trae el libro, que son mayormente inicios fallidos, tramas demasiado livianas o demasiado enrevesadas, intrigas mal manejadas, personajes sosos o inverosímiles, desenlaces muy previsibles o injustificados, etc, etc, etc. El libro está lleno de ejemplos y explicaciones basadas en su experiencia como editores sobre cómo NO debemos escribir nuestra novela.

Entre las dificultades que presenta la escritura de una novela está el darle un grado correcto de verosimilitud al mundo imaginario que estamos creando. Y ese trabajo de contar una historia, de inventar un mundo, es harto más difícil que el trabajo de Dios al crear y mantener el mundo. Dios no necesita de nuestra credibilidad para llevar acabo su obra. Las cosas simplemente suceden y nosotros quedamos atónitos frente a todo lo que pasa a nuestro alrededor. Pero no podemos hacer otra que creer y entender que eso que pasa es verdadero, aunque nos parezca increíble.

Por el contrario, los escritores debemos dar acabada prueba (al lector) de que lo que estamos contando es posible de hacer, de suceder. De otra manera la ficción que pergreñamos no se sostiene y el mundo que creamos se derrumba. Si tomáramos de la realidad cotidiana un caso que nos parezca increíble y quisiéramos contarlo tal cual como sucedió, chocaríamos de frente con la incredulidad de nuestro lector. Nos veríamos obligados a ficcionalizar el relato para volverlo creíble.

Pondré un ejemplo:

En el cajón de mi escritorio guardo algunos recortes con noticias que me han sorprendido sobremanera para usarlos en mis futuros relatos. Entre ellos tengo uno de un periódico de extranjero (según recuerdo, de alguna parte de Europa) que cuenta que un hombre cayó por accidente de un avión que volaba como a 3.000 metros de altura. Ese hombre (según el periodista que firma el artículo) sobrevivió a la caída con sólo algunos rasguños. Si yo les contara en un cuento o un relato lo que en verdad ocurrió, que es que ese hombre sobrevivió porque pudo asirse de las ramas de un pino y así atenuó la velocidad de su caída; ¿qué me dirían? Seguramente: ¡Patrañas! Ahora, si yo en mi cuento les dijera que durante la caída (y esto que en mi cuento es ficción probablemente haya ocurrido de verdad) ese hombre, viendo que el piso se le venía encima, recordó que en su bolsillo llevaba una pequeña cruz de plomo que su hija más pequeña le había obsequiado para que lo protegiera; y que él, tomándola en su mano mientras caía, pidió a Dios por un ángel que lo salve del desastre, y que ese ángel concedido lo sostuvo por los brazos, por las piernas, mientras el hombre se aferraba al pino; bueno, ahora suena un poco más creíble, ¿no?

Les dejo aquí un excelente párrafo del libro, a modo de ejemplo, que justamente, trata sobre este problema de la credibilidad:

Por qué el oficio de escritor es más difícil que el de Dios

«¡Pero si esto le pasó de verdad a un amigo mío!»

En la vida real no importa lo inverosímil que sea un hecho —la coincidencia de que William Shakespeare y Miguel de Cervantes murieran en la misma fecha del año 1616, o de que a un hombre le alcance un rayo cinco veces—; si ese hecho ha sucedido, nadie se plantea si podría haber ocurrido o no. Nuestra credulidad no se ve puesta a prueba hasta el punto de que dejemos de vivir en este mundo y vayamos a buscar otro más convincente. Por eso Dios puede trabajar con las coincidencias más enrevesadas, las intrigas más rocambolescas y dramáticas paradojas de lo más perversas, sin pararse nunca a pensar si su público le comprará la idea o no. Un escritor no cuenta con ese lujo.

Cuando un escritor propone un hecho inverosímil, se lo compramos o no dependiendo de si ha logrado crear un mundo en el que ese hecho está interrelacionado con todo lo que le rodea, de forma que al lector se le presenta como algo que muy bien puede suceder. Los golpes de buena fortuna inesperados no surgen de la nada: uno descubre ese maletín lleno de dinero debido a una cadena de hechos que han provocado que ese maletín esté en el armario de la habitación de nuestro hotel.

Lo que a los personajes les puede parecer una suerte increíble debe parecerle al lector algo inevitable. El escritor nos debe conducir de tal forma que podamos entender que un personaje se comporte de una forma en particular teniendo en cuenta cómo es, y ese personaje no puede alterar su conducta para hacer algo que sólo le conviene al autor.

Los golpes de buena suerte inesperados y las coincidencias increíbles pueden emplearse si la novela ya trata de eso. Un personaje cuyos problemas se resuelven milagrosamente cuando encuentra una bolsa llena de billetes sin marcar será acogido por el lector de una forma muy distinta a un personaje cuyos problemas empiezan justo cuando encuentra ese dinero.

Por eso, en una buena novela, el autor se esfuerza por encontrar un equilibrio entre lo creíble y lo imprevisible: cuanto más inverosímil sea un hecho, más anclado y profundamente integrado debe estar en los capítulos precedentes. Sobre todo, un escritor no debe dar por descontado que un hecho de su novela es creíble por la sencilla razón de que «realmente, eso es lo que le pasó a un amigo mío».

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