Cuarenta cabezas

En tu primer día de clases como profesor del Colegio Nacional subiste hasta el segundo piso saltando los escalones de dos en dos. Recordaste cuánto te había costado conseguir esa vacante en primer año. Fue un proceso largo que duró… ¿cuánto? ¿Doce? ¿Trece años? Había comenzado cuando estudiabas en el Instituto de la calle Ayacucho con Mili, ¿te acordás? Tu compañera de estudios, la que dejaste embarazada y tuvo que abandonar la facultad porque vos no querías hacerte cargo de nada. Mili. ¿Te suena?

Por entonces, Mili, o “la pesada”, como te gustaba llamarla entre tus amigos ―no porque fuera gorda, que no lo era, sino porque te perseguía para que le tiraras unos mangos por mes ahora que el nene necesitaba más y más pañales―, iba a la puerta del Instituto y esperaba por horas con el nene en brazos a que vos salieras. Pero vos ya te habías ido por la otra puerta. Te escabullías. Andabas como un prófugo cantando esa canción de Soda Stereo que también se llama así y que llevabas a todas partes conectada al oído por el auricular. Te reías de que nunca te podía encontrar. Un día, Mili pegó un laburo y no vino a buscarte nunca más. Desapareció. ¿O desapareciste vos?

Al principio, eso te alegró porque te permitió terminar tu carrera tranquilo y sin presiones, “a tu ritmo”, como te gustaba decir. Así pasaron algunos años en que casi no pensaste en Mili ni en el nene. Pero hubo un día, después de recibirte, en la época en que trabajabas de cosas que no te gustaban demasia¬do pero que sabías imprescindibles para engrosar el capítulo casi vacío de la “experiencia” en tu currículum, que llegaste solo a tu casa y recordaste la imagen ruidosa y difuminada del rostro del nene en los brazos de Mili. Te entraron muchas ganas de actualizarte, de saber qué había sido de Mili, pero más querías saber qué había sido de tu hijo, cómo estaba de grande o lo que estaba haciendo. Prendiste la computadora y buscaste ansioso en las redes. No tenías demasiados datos pero pronto la pantalla se iluminó con el perfil de Facebook de Mili, y entre sus relaciones encontraste el perfil del nene. Te pareció que estaba enorme. Tendría cerca de doce años. Mili ya no vivía con los padres. Ahora se había mudado a Palermo, cerca del shopping. Te aprendiste los gustos del chico y te hiciste pasar por alguien de su edad para que te aceptara como amigo. Así, pudiste enterarte de que jugaba al fútbol en las canchitas del Parque Las Heras y que le faltaba poco para terminar la primaria. Estabas confundido, dudabas si te convenía saber mucho o no, o si algún día te darías a conocer. Pensaste que reconocerlo era algo que podías hacer, pero no así, de sopetón. Ibas a hacerlo, pero como todo, a su debido tiempo.

Hoy diste un paso glorioso en tu carrera. Cuarenta cabezas se movieron emocionadas sobre los pupitres cuando ingresaste a tu nueva clase. Pensaste en el chico porque recordaste que para él también era un día importante. Te habías enterado por Facebook de que iniciaba el secundario. Aún no sabías en qué colegio, pero eso era algo de lo que tarde o temprano ibas a enterarte.

Sacaste la lista de alumnos del portafolio y comenzaste a tomar asistencia. Cada vez que nombrabas a un alumno, levantaba el brazo o te daba una señal desde su banco. Casi a la mitad de la hoja, leíste un nombre que te resultó familiar. Al alzar los ojos del papel, viste el rostro de tu hijo con el brazo en alto en un banco de la cuarta fila. Al principio te paralizaste. No entendías. Trataste de disimular y quisiste continuar leyendo el listado pero la voz ya no te salía. Tu rostro quedó fijo en una mueca espantosa: la boca abierta, los ojos desorbitados. La voz te fue brotando de a poco, cada vez más aguda y estridente, como una herida que se iba abriendo a medida que corrías por el pasillo, como un par de cubitos de hielo sacudiéndose en un vaso de vidrio que se partía escaleras abajo.

Julio Sandoval Berti


Publicado en revista La Pluma (Julio 2017). Ilustración original: “Cuarenta cabezas” por Valentín Cacault

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