El Jefe de Despacho de Encomiendas

secretaria y jefe

Una vez me enamoré de una chica chilena que decía que no era linda pero para mí era hermosa. No recuerdo bien cómo se escribía su apellido, porque era bastante difícil de escribir, pero debía pronunciarse algo así como “Yánover”, lo sé porque en la empresa, los que teníamos más confianza con ella, todo el tiempo le decíamos Yano.

Trabajábamos en una empresa internacional de transporte de cargas, y la gente que trabajaba allí venía de todas partes del mundo, había muchas chicas y la mayoría eran hermosas. Había una rusa, una alemana, una judía, una argentina también, y por supuesto, Yano.

Ese año me habían nombrado Jefe del Departamento de Despacho de Encomiendas así que tenía a todas las chicas del 2º y 3º piso a mi cargo, y con eso, el trabajo de mis sueños se convirtió en la peor de mis pesadillas.

La cosa se dió así: yo llegaba lo más temprano que podía a la oficina, con la idea de encontrármela a Yano en el ascensor, en el buffet, o, incluso, hasta estaba dispuesto a esperarla sentado en su escritorio para confesarle que no sabía cómo había pasado pero que yo me había enamorado de ella, pero cada vez que llegaba temprano a la oficina ya me las encontraba a todas las otras dispuestas para trabajar, y nunca podíamos estar solos, Yano y yo, como para hablar.

En mi escritorio a diario encontraba regalitos secretos que algunas de las chicas me iban dejando. Yo no sabía bien quienes eran las que dejaban los regalos, pero empezaba a sospechar algo.

Un día, al llegar, de lejos nomás, veo sobre mi escritorio una lapicera dorada. Cuando estaba a punto de pasar por el marco de la puerta para ingresar, la rusa, a quien no vi venir, me empuja como sin querer, pasa primero y pone una notita debajo que decía: “ya sabés de quién viene”. La letra no me resultó reconocible. Otro día, ni bien llegué a la oficina me estaba esperando la alemana en mi despacho para contarme “su verdad” en la cara. Otro día, mientras ordenaba los cajones de mi escritorio, encontré en el cajón de más abajo, que nunca abro, un par de tickets aéreos para viajar a Israel. Y así transcurrían los días, siempre un episodio diferente.

Era tentador tener tantas chicas lindas danzando a mi alrededor, intentando seducirme, justo a mí, que no soy para nada lindo, era algo muy difícil de explicar, no entendía nada. Yo a la que quería de verdad era a Yano, es lo único que al final llegué a tener claro, el resto de las chicas me importaba un pito. Pasa que con Yano coincidíamos en todo, para mí era el perfect match, pero era la única que me negaba hasta la hora. A pesar de que con ella hablábamos el mismo idioma y con las otras no, nunca nos entendimos, de hecho nunca hablamos, íbamos a destiempo. Y el tiempo pasaba, los días iban cayendo todos iguales, del almanaque colgado en la pared al tacho de la basura.

Se me ocurrió una estupidez, pero no me importaba, porque la única manera de salir de esa situación tan rara, a falta de grandes ideas, era justamente hacer algo estúpido: meterme en la boca del lobo.

Así que un día me peiné con gel, me puse el mejor traje, antes de llegar a la oficina pasé por una florería y compré un hermoso ramo, lo hice envolver en papel doble dorado, le puse una tarjeta con dedicatoria para Yano y ahora sí, marché a la oficina.

Ni bien pasé la recepción ya me pareció que se había armado alboroto entre las chicas de la planta baja. Subí al ascensor y apreté el tercer piso. El ramo y yo nos cuadruplicamos en los espejos laterales del ascensor. Y no hubiese sido mala idea dividirme en tres, cuatro o cinco dimensiones diferentes y tener una vida independiente con cada una de ellas. Pero eso la ciencia no lo permitía; así que había que elegir.

Bajé del ascensor y me dirigí con paso firme por el pasillo que formaban los escritorios. Tenía el objetivo puesto en el escritorio del fondo: el de Yano. Cuando llegué allí le chanté el ramo en el escritorio mirándola a los ojos y regalándole también mi mejor sonrisa, a ver qué decía. Claro que ella desvió la mirada y pareció no hacerse cargo de nada. Así que me di media vuelta haciéndome el tonto y me metí en mi oficina dando un portazo. Detrás mío se había armado la hecatombe. Todas las chicas salieron corriendo hacia su escritorio para ver qué decía la tarjetita que le había puesto. Hubo expresiones de aliento, hubo noes, hubo sies, hubo de todo, pero el resultado final fue que Yano me llamó a casa por la noche y dejó zanjada la cuestión.

Después llegó un día en que se produjo un reacomodamiento en el organigrama de la empresa. Había que despedir gente, y la tarea me tocaba a mi.

A la primera que descarté, se imaginarán, fue por supuesto a Yano. La reasigné a la sucursal chilena para que dejara de estorbarme en la cabeza y me quedé con el resto de las chicas, así tenía de dónde elegir ahora que me había deshecho del problema. A la rusa por vehemente y a la alemana por sincera las pasé al piso de abajo, para no verlas todos los días pero para tenerlas a mano, por las dudas. La judía había demostrado sobradamente su interés por Israel así que lo más justo para ella era liberarla para que se volviera a su patria de una vez. Y a la argentina la dejé en mi mismo piso. Todos sabemos que las argentinas son las más lindas, y además, las más gauchitas.

Pero después de efectuados los cambios me di cuenta de que todo había sido un horrible error; y no renuncié, sino que me hice echar porque se me había ocurrido la loca idea de ir a buscar a Yano hasta Chile. Antes le había escrito un montón de cartitas pidiéndole que por favor me perdonara por mi falta de visión y prometiéndole irla a buscar. Pero tampoco obtuve respuesta y no conforme con eso lo dejé ahí.

El tiempo siguió avanzando y años después me enteré que se había casado con una pareja argentina, al igual que yo; y que ella tenía tres pibes. Yo dos nenas. Sé que ella es feliz de a ratos al igual que yo, porque… ¿hay otra manera de ser feliz? Fue el tiempo el que me fue convenciendo de que el destino nos había puesto a cada uno en el lugar donde debía estar. Al final todo lo que no hicimos fue lo mejor para los dos.

*Ilustración por Mode-Maker Metal Bussines Furniture Catalog, Circa 1960.

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