Libros usados

Ilustración: Ajubel
Ilustración: Ajubel

Por cuestiones de trabajo siempre paso por una galería que queda en la esquina de la Avenida Santa Fé y 9 de Julio. El tercer o cuarto local después de pasar la entrada de la galería pertenece a una pequeña y penumbrosa librería de usados que siempre está vacía. La atiende una anciana que si uno pasa de prisa no se percata de que está y parece que no hay nadie atendiendo. Pero si uno se fija bien detrás de la pila de libros que hay en la vidriera notará que ella está sentada en un banquito espiando a los que pasan por sobre los bordes de las tapas, medio escondida como si fuera un cocodrilo bibliotecario al que sólo se le ven los ojos y la parte alta del peinado canoso sujeto con hebillas verdes.

Vende siempre el mismo material, o se renueva poco, porque cada vez que paso siempre veo los mismos libros en oferta. Por supuesto, es claro que uno no espera que haya libros nuevos en una librería de usados, pero sí que haya rotación de títulos, que la gente entre a vender algunos libros que ya ha leído y se lleve otros que aún no leyó. Ella tiene siempre los mismos libros a la venta.

Al pasar a veces noto que sobre el escritorio que tiene al fondo del localcito se le van acumulando las facturas. Una pila de cuentas, que como ando a las apuradas parecen ser de la luz, expensas, ABL y algunas otras. Cada vez se va elevando más, como una planta de muchas hojas que no es necesario regar para que crezca. Alquiler parece que no paga. El local debe ser de ella porque a esta altura, si debiera alquileres, ya debería haber cerrado.

Se nota que ama esos libros. Así como hay viejitas por la calle que uno las ve con 5 o 6 salchichas o con un montón de gatos, algunos de ellos en estado calamitoso: ciegos, con patas enyesadas o en tratamiento por sarna; y la única explicación que existe para que alguien comparta su departamento con animales en tan deplorables condiciones es solamente una: el amor por ellos.

De la misma forma la anciana de la librería ama tanto sus viejos libros que prefiere pasar sus días rodeada por ellos antes que cambiar el rumbo de su negocio a un rubro mucho más fructífero aunque se le acumulen las cuentas.

A veces cuando paso veo que alguna amiga –vieja como ella– la visita y la escucha atenta mientras ella le lee en voz alta alguno de sus libros. Pasan las horas así. Luego a esa amiga no se la vuelve a ver por días, meses quizá. Ella les lee los libros ahí. Nunca vi a nadie llevarse nada.

Un día entré a la librería con la intención de comprarle algo, más que nada para ayudarla.
–¿Qué busca? –me preguntó apenas pasé la puerta y me puse a revisar una pila.
–Algo como para entretenerme a la noche. Nada en particular –le respondí.
–Si no sabe lo que busca no lo puedo ayudar –y poniéndose de pie se acercó y me quitó de las manos el volumen que estaba examinando y lo devolvió a la pila donde estaba–. Estos son libros. Son para leer. Si solamente quiere entretenerse vea la televisión.

Justo reconocí el lomo y la tapa de “Cuento artefacto” de Castagnino. Si bien ya lo tenía, mi copia, que también había comprado usada, pero por internet, estaba en malas condiciones. En esa oportunidad, sin poder ver el libro antes de comprarlo, me habían vendido gato por liebre y a la copia que me enviaron le faltaban 8 páginas, de la 37 a la 44. Desde entonces había estado buscando otra, y la que ella tenía metida bajo otros libros lucía bastante aceptable.

–Que hay de ése –le dije, y se lo señalé.
Lo sacó y al ver de qué libro se trataba me echó una miradita entrecerrando los ojos detrás de los cristales, como apiadándose de mí.
–Este no es un libro de cuentos, señor. Dice la palabra “cuento” en la tapa pero trata de otra cosa. Es un ensayo –me aclaró.
–Ya sé que es un ensayo –me defendí–. Además, ya lo tengo.
–Ah, bueno, si ya lo tiene –dijo, y después de devolverlo a la pila con sumo cuidado como si se tratara de un bebé, me apuró–: ¿Se le ofrece otra cosa?

Me pareció que estábamos empezando todo de nuevo. Ella quería que yo le tirara un título específico. A mi me gusta mirar y revolver un poco antes de comprar. La mayoría de las veces no sé lo que quiero hasta verlo. Cuando lo veo lo reconozco, como el libro de Castagnino, es algo que vos sabés que lo tenías de antes aunque lo estés pidiendo ahora. Ella parecía ofrecerlo todo pero no largaba nada.

–No, está bien –balbuceé–. Ya me voy. Hasta luego.
Me di media vuelta y abandoné la librería bastante confundido. Al final no me dejó comprarle nada.

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