Yarará

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Una semana antes de que Irene desapareciera había sido mordida por una yarará, hecho que ocurrió en pleno barrio de Puerto Madero. Martín, su novio, nunca alcanzó a comprender por qué ella, una vez repuesta de la mordedura, huyó misteriosamente del departamento donde vivían sin dejarle ninguna nota, sin hacerle ningún reproche y sin llevarse absolutamente nada.

La mordedura había ocurrido en el mes de enero, que se había presentado con inundaciones en las provincias del norte. Unos días más tarde la crecida del río llegó a Tigre y luego a Puerto Madero. La corriente había arrastrado una enorme masa de camalotes que cubrió por completo los diques y fue amontonándose hasta compactarse en un grueso colchón de hojas que parecía sostener a flote los veleros del club náutico; y montada sobre los camalotes, había viajado la yarará.

En los periódicos había salido la noticia de la invasión de camalotes, y se advertía también sobre la posibilidad de que la corriente hubiera arrastrado consigo algunas especies de serpientes, nutrias, sapos y otros animales. Para desgracia de Irene y Martín, ese fin de semana no leyeron los diarios e hicieron su recorrido habitual por los diques del puerto. Irene, que se había criado en la ciudad, y que prácticamente nunca había visto camalotes, y mucho menos en tal magnitud, quiso acercarse para ver más de cerca y convenció a Martín de que bajaran por las escalinatas de piedra que los prefectos usaban para llegar a las lanchas. Saltaron una valla y descendieron hasta el nivel del agua. Se sentaron en los escalones y, en la impunidad de la sombra que proyectaba el paredón, se hicieron unos arrumacos y se dieron algunos besos. Martín le regaló a Irene una flor, le dijo que ella misma podía recogerla de entre los camalotes. Cuando ella estiró el brazo instantáneamente fue mordida por la serpiente; y ahí se terminó el romance.

Martín buscó un taxi y la subió de inmediato al asiento trasero. Le dio al taxista las señas del “Hospital Elizalde” que era el más cercano y le pidió que los llevara rápido. Notó que Irene estaba demasiado asustada, había visto otras mordeduras y sabía que lo más importante era mantener a la paciente en calma para que su ritmo cardíaco no esparciera la ponzoña. La muñeca de Irene, al parecer, dolía horrores, comenzó a hincharse y ennegrecerse.

La internación de Irene duró una semana sumando la pequeña reacción alérgica generada por los anticuerpos de equino suministrados con el tratamiento. Los médicos dijeron que afortunadamente, Martín (que había vivido en Misiones) había podido reconocer con precisión de qué ofidio se trataba y así en el hospital le habían suministrado a Irene el antídoto específico contra yararás. Al dejar la internación le recomendaron a Martín mantenerla bajo observación y volver al hospital si notaba algún cambio en la coloración de la piel o descamaciones. También le advirtieron que ella podía sentirse irritable los días siguientes a causa de la cortisona.

Anochecía cuando llegaron al departamento. Cada vez que podía Irene le hacía notar a Martín que había sido él quien le había regalado esa maldita flor gracias a la cual ella había sido mordida. Martín trató de no discutir. En andas la llevó hasta el sofá, la arropó, le prendió la televisión y le pidió que intente distraerse. Después se refugió en la cocina, abrió la ventila que daba a un pequeño patio compartido con la portería y otros departamentos y prendió un cigarrillo; le dio varias caladas seguidas y dejó salir el humo hacia afuera. Pero Irene, que después de su internación había quedado equipada con una sensibilidad especial para detectar cualquier químico, se sintió incomprendida en su convalecencia y enseguida se lo reprochó a Martín, le dijo que apagara el cigarrillo, que la dejara descansar en paz.

Martín pensó que quizás ella estaba tratando de llamar la atención, pidiéndole cariño de la forma en que le salía. Así que fue hasta donde estaba ella, le preguntó si se sentía mejor, e intentó hacerle el amor. La mayoría de las veces eso calmaba un poco las cosas, pero esta vez ella se sintió acorralada y para quitárselo de encima lo mordió fuerte en el cuello: “Así me siento”, le dijo ella.

Pelearon. Siempre que discutían él prefería alejarse y dejar pasar un poco el tiempo antes de volver a la carga. Por eso mismo, enojado, Martín se marchó a la habitación. Estaba acostado pero despierto, de espaldas a la puerta, no podía conciliar el sueño. Hacia la medianoche sintió que ella se deslizaba suavemente dentro de las sábanas. Prefirió no provocarla. Ella se revolvía a sus espaldas en otro intento inútil por llamar su atención. Como todavía estaba enojado, se mantuvo inmóvil y en absoluto silencio, sin hacerle caso, hasta que finalmente se durmió.

Despertó al amanecer, antes de que sonara el despertador para ir a trabajar. Estiró un poco la pierna hacia atrás y descubrió que Irene no estaba. Giró y abrió las sábanas para encontrarse con el colchón vacío y cubierto de restos de piel de Irene.

Seguramente ella aún seguía enojada y había preferido irse antes para no cruzárselo en el desayuno, así que también se fue a trabajar. Pensó que cuando ambos volvieran podrían dar por finalizada la disputa. Como sucedía siempre: harían el amor y todo volvería a la normalidad.

Al volver del trabajo descubrió que Irene aún no había llegado, a pesar de que ya debía estar en la casa porque salía más temprano que él. El departamento permanecía tal cual lo había dejado por la mañana. Tocó entonces el timbre de la puerta vecina, que correspondía a la portería, y le preguntó al encargado si por casualidad había visto a Irene.

El hombre respondió que no; y después de dudar si era el momento oportuno, se despachó con un hecho grave que había sucedido allí mismo, en el patio de su departamento, más temprano por la mañana: se había topado de frente con una serpiente venenosa, al parecer, una yarará. Para su bien, la había eliminado. Y por lo que había podido inferir hasta ahí, el ofidio había llegado hasta su casa colándose a través de la ventila de alguno de los departamentos de la planta baja. Más tarde llamaría al municipio para que alguien retire el cuerpo mutilado del pobre animal.

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