Tomas Maver – Yo, la incesante nieve

La hamaca te llevaba y te traía en la tarde.
Lo recuerdo
como si no te estuvieras por ir a Alemania
para hacer algo con tu vida,
como decías vos.

Yo te veía ir y venir, y tenía la impresión
de que le robabas algo al tiempo,
buscando las pruebas de su existencia
porque ¿quién entiende bien cómo
pasa tan rápido una tarde o un año?

De vuelta en casa, preparaste un submarino,
tus ojos parecían los de una fiera
dando vueltas alrededor del fuego.

En ese momento sentí oscuramente
que aquello que podríamos llamar “aprovechar
el tiempo”, para vos era una abstracción,
un vaivén que no nos toca,
y entonces pensé:
¿Por qué no ver al tiempo
como otra barra de chocolate
disolviéndose en tu taza,
como algo que una cucharita podría atravesar
una y otra vez
dejándonos un resto dulce
en las tazas aún tibias?

Cuando había cáscaras por el suelo
y sartenes definitivas
y la vejez entorpecía los cuchillos
y tus lágrimas apagaban las hornallas
cuando te dejé en manos de esa derrota
y dijiste: -No te pude hacer la tortilla, hijo.
Así, con semejante disciplina en la ternura
nutriste mi corazón desorientado.

Ah, si me pudiera quedar con lo que me diste
aferrado al fondo de cebolla de tus caricias
batiendo claras y yemas en la niñez que forjó tu cocina.

Pero quizá he sufrido a tu lado
la paciencia de tus manos,
que toda tu jubilación entrara en un frasco
que no te protegieras de la hostilidad de mi madre
que te lastimaba y me lastimaba.

Cuánta cuchara, cuánto plato sin mi porción
cuánto cuidado de no tocar ollas ahora frías.

Era tanta tu infancia que no creíste
que íbamos a tener tiempo de crecer, abuela.

Hoy, que te amo de adulto
pero que sigo temiendo de niño
vuelvo a ayudarte a preparar la tortilla
esperando que no nos reten
por haber dejado los platos sucios.

LA ESCONDIDA

a)
Voy a contar hasta diez
y cuando termine

no sabré dónde están.
Voy a buscarlos

y encontrarlos antes
de que aparezcan

tocando esta pared
como sombras que fueran reflejo

de otra duda.
Tomar esas apariencias

por sorpresa
y que se den por vencidas,

que sean sólo chicos.
Y al darme vuelta no esté solo

y sigamos jugando.

b)
Ya terminó el conteo
y viene por mí.

Todo este tiempo planeé
lo que voy a hacer.

No lo perdí de vista.
No perdí la cuenta.

El que espera nunca pierde
la cuenta.

Yo, que sé dónde estoy,
voy a actuar.

Sin embargo no puedo moverme
del escondite aún,

de esta espera que me oculta
y atrapa.

Todavía no debo espiar. Cuidado.
¿Cuándo salir, cuándo correr?

¿Y si creo que sigo jugando
mientras ellos me olvidan?

a)
¿Dónde está? Por favor
que tengo que encontrarlo.

b)
Cuánto tarda… Por favor
que tiene que encontrarme.

Al fondo de lo que quiero decir
hay algo que no se mueve.
El peso de la sed
el temor de morir ahogado
lo hacen apenas parpadear.

¿Será cierto que nunca sintió la lluvia en su lomo
y desconoce la luz de la luna?
¿Es verdad que no puede hablar?

Las redes que buscan sacarlo a flote
vuelven con tejidos que no parecen decir nada,
vacías y llenas al mismo tiempo.

No va a dejarse pescar.
No quiere saber nada con ese entramado
que lo devolvería al mundo
por fin visible y terrible.

Los testimonios alojados en la cavidad de sus ojos
se hundirán más y más
desdeñando las señales de luz
que brillan en los anzuelos.

Sobre la superficie
quedan estas redes de preguntas
que van una y otra vez al fondo
y vuelven con algas y amapolas y pequeñas
embarcaciones apenas entrevistas.

Sobre el autor:

Nace en Buenos Aires el 2 de noviembre de 1985, “Yo, la incesante nieve” es su primer libro escrito y publicado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *