Constelaciones


Veo las constelaciones
que forman los lunares de tu espalda
amarronadas y tibias
sobre tu piel clara y tibia:
un mármol que se cuece
bajo el verano de las sábanas.
Todo estaba concentrado en un punto
dicen, en el comienzo de los tiempos.
Todo estaba allí sin que falte nada.
Y que todo lo que vemos salió
de una explosión magnífica: creadora.
Antes de eso todo era un punto invisible
ingrávido en graciosa nada.
La luz no era más que una línea negra y plana
sin frecuencia ni tiempo la onda planchada.
Todo lugar era el mismo lugar.
Todo se expandió desde un punto
que podría estar ahora
en cualquier lunar de tu espalda.
Podría haber salido todo, quizá
de aquél lunar que trastabilla y se estampa
al filo del blanco precipicio que forma tu espalda.
O quizá (estoy seguro) todo se creó
a partir de ese otro lunar más abajo
escondido en la tibia espesura de un monte
por donde también explota la vida.
El universo tiene la magnífica simpleza
de las pompas de jabón transparentes
de nacer y extenderse
de explotar y rehacerse.
Un sí, crea todo un universo.
Un no, establece otro alternativo.
Nuestro universo, el tuyo y el mío,
se formó de síes y noes compartidos,
cosas que dijimos a un tiempo.
Juntos creamos un universo que nació
de un pequeño lunar como ése
que parece quieto y se expande
que cae sin derramarse en el filo de tu espalda.

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