Un día perfecto para escribir

Parecía un día perfecto para escribir:
estaba nublado y el teléfono no sonaba.
Pero había pasado la mañana entera
perplejo frente al monitor
sin que saliera nada.
Me resigné a tomar mate mientras leía
a Williams, Bishop, Wallace Stevens.
Esa inercia me empujó hasta la tarde,
y más tarde, me dejó solo en la noche
cuando los ojos de los edificios se cerraron.
De testarudo seguí con el mate y la lectura.
Cansado de no hacer nada, cerca de la una,
me fui a dormir. Pero no pude.
Empezó a llover y tuve
que levantarme a cubrir las goteras.
No sé por qué milagro, justo entonces,
la lluvia, el techo y yo,
conformamos distintas partes de un mismo desagote:
afuera llovía, el techo llenaba los tachos
y yo escribía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *