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Una crónica de la cuarentena

Se acabaron las excusas. Ya no es posible decir “¡No tengo tiempo para sentarme a escribir!” o “¡La vida conspira para que no escriba!”. No. Todo eso se terminó. Lo digo (o mejor dicho: lo escribo) mientras escucho un helicóptero sobrevolar la azotea de mi edificio, sabiendo que si me asomo a la ventana veré el retén policial que forman dos patrulleros cruzados sobre la avenida, con las luces encendidas, con sus vallas azules y sus conos de color naranja. Si me asomo, veré también unos cuantos policías, con guantes de vinilo y barbijos blancos, deteniendo automovilistas y motoqueros para pedirles la autorización para circular. Mientras tanto mi teléfono me avisa que tengo tres nuevos mails de contactos laborales. Cada mensaje suena como una campanita de hada. Respuestas a la búsqueda que posteé la semana pasada en un sitio de empleos: “Redactor todo terreno, se ofrece”, decía el aviso. Esas campanitas retumban hoy como recuerdos de una vida futura. Una que pude haber tenido y que cada día se acerca más y más y me lleva hacia una nueva realidad. Son mensajes imposibles esta semana, este día. Caducaron ayer cuando iniciamos el primer día de la cuarentena total. Hoy, es el segundo.

Hasta hace un mes y medio atrás yo era un agente de viajes que podía ponerte, con valijas y todo, en un crucero por el mediterráneo. Podía enviar a tu hija, con sus recién estrenados quince años, en un grupo rumbo a Disney (el de Orlando, California, París, China o Japón). Si acababas de casarte, podía enviarte de luna de miel a las Islas Maldivas, a Casablanca o el Cairo, o a cualquiera de los cayos de Cuba. En general, podía enviarte a cualquier punto de la tierra que quisieras visitar. Todos viajes de ida y vuelta. No había lugar al que yo no pudiera enviarte. Mientras tanto, previniéndome de cualquier cataclismo que pudiera suceder en el mundo, me preparaba para conseguir proveedores de estadías en el espacio, viajes a la Luna, Marte o cualquier otro planeta al que tuviéramos posibilidades de llegar en un futuro próximo. Algo como lo que ofrecen Virgin Galactic o Space X. Ese era yo hasta hace muy poco tiempo atrás. Lo fui por casi diez años. Pero quién hubiera dicho que en siete u ocho meses tendríamos la brutal devaluación que llevó el dólar hasta los sesenta pesos, que después de las elecciones el nuevo gobierno le agregaría un flor de impuesto a los viajes al exterior, y que encima, a un chino se le iba a ocurrir comerse un murciélago y provocar la mayor pandemia de la historia de la humanidad, cerrando las fronteras de la mayoría de los países del mundo libre (y no tanto).

Seguramente, si lo hubiera dicho así, habrían creído que estaba alucinando o escribiendo una trama Sci-Fi. Lo irónico —y supongo que también le pasará a otros— es que mientras hacía esa ya lejana vida del pasado, todo el tiempo pensaba que quería tener más tiempo para escribir. Confieso que hasta lo deseé: quería trabajar menos, que el mundo se parara, que la rueda se detuviera (aunque sea por un momento) para poder pensar cómo seguir, para ver cómo hacía para cambiar una vida que no me gustaba tanto por otra que sí pudiera disfrutar.

Oscar Wilde una vez dijo una frase como esta: “Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad”. Y sí, ¡Wilde tenía razón! Él deseó conocer el otro lado del jardín y quizá yo deseé esto. Pero tengo que advertirte, querido lector, que sin saberlo hemos iniciado un viaje, vamos hacia un lugar del que no podremos volver, porque aunque volvamos, ya no seremos iguales.

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