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El Círculo contra Thor y el monopolio de la desesperanza

(Crónica de la marcha del 30 de agosto de 2018 por presupuesto para las universidades)

A las 9 de la mañana hay estudiantes de letras de la UBA cortando una avenida cerca de Parque Centenario. Lo noticieros hablan del discurso presidencial del día anterior: un nuevo acuerdo con el FMI que consiste en adelantar todos los fondos necesarios para cubrir deudas hasta 2019. El discurso, que buscaba tranquilizar a los mercados, no logra penetrar la incredulidad reinante y el dólar supera la barrera de los $40,00 pesos.

A las 10:00 de la mañana Marcos Peña desmiente versiones que aseguraban su renuncia o la de otros Ministros del Gabinete. Dice que el gobierno está convencido de la importancia de la educación pública y que el camino del diálogo resolverá el problema. “El 15% para los profesores es el piso”, asegura.

El encuentro con mis compañeros del “Círculo” estaba pactado para las 13:00 en la Sede Mitre. Pero son las 14:20 (hora de salir) y se desata una tormenta acorde al paraguazo programado por los estudiantes. Decido postergar mi salida e ir directamente a la marcha general que estaba acordada para las 17:00 en la plaza del Congreso.

Para cuando salgo (a eso de las 16:20) todavía los medios no habían hecho ninguna mención a la marcha, salvo, por caso, la escueta nota en TV de no más de cinco minutos a los estudiantes de Letras de la UBA, que cortaban no sé qué avenida cerca de Puan.

De alguna manera los “puaners” (como les decimos) son los adelantados de las carreras literarias. Se las arreglaron para hacer vigilia en su sede y salir primeros en la tele. Eso, allá en mi lejano barrio Chaqueño, se decía “covilar”. Era típica una frase de este estilo: “Te covilaron, flaco”; diría cualquiera de mis amigos de entonces.

Mi departamento queda en Retiro. El plan es caminar derecho por 9 de Julio hasta avenida de Mayo y luego subir hasta la Plaza del Congreso para encontrarme con mis compañeros y amigos del Círculo de Estudiantes de Artes de la Escritura, que desde hace rato deberían estar ya en la Sede Mitre.

Los contacto por Whatsapp y les pregunto por dónde anda nuestra columna. Voy saltando charcos con el teléfono en la mano. Sopla un viento gélido que viene del sur y se encauza con la fuerza de un río en la ancha avenida. Me da en la frente y su fuerza me obliga a tenerlo en cuenta en los cálculos, para no terminar aterrizando (o acuatizando) en alguno de los charcos.

Recibo, por toda respuesta, una foto de cuatro de mis amigos del “Círculo” haciendo los tontos bajo un paragua. La foto no aporta ninguna información sobre su paradero. ¿Son boludos? Sí, lo son. Pero, como Bolaño, yo estaría dispuesto a robar con ellos un banco cualquier día de estos. O ir hasta el final de una revolución si fuera necesario. No es importante la causa porque seguramente perderíamos, terminaríamos presos, como pasa con cualquier causa justa que se precie; pero sin dudas que, aunque fracasáramos a lo grande, sería muy divertido. Son: Alberto, Tomy, Fer y Fede, y me miran desde el teléfono que guardo en el bolsillo de la campera para que no se moje.

Al llegar a Santa Fe y 9 de Julio comienzan a caer las primeras gotas, que por efecto del viento me pican en el rostro y también en las piernas, que están apenas protegidas por las finas fibras chinas de mi jogging Adidas. Resulta un poco sorpresivo que el tránsito todavía circule con normalidad en esta zona de la ciudad, porque había imaginado que esta ancha avenida capitalina estaría llena de estudiantes a esta hora. Pero… la lluvia. Esta lluvia que cae como si fuera la última vez. No puedo asegurar que sean gotas lo que cae del cielo. Más bien parece que el gobierno nos está tirando sapos de punta. Sapos que explotan en la cabeza y nos bañan con el líquido viscoso de su panza fría.

Recién en la esquina de la avenida Córdoba, habiendo atravesado cuatro cuadras de gotas gordas, comienza a oírse un confuso rumor de bocinas y voces que presagian un masivo embotellamiento en los alrededores del Obelisco, que está todavía algunas cuadras más adelante.

En la zona del obelisco comienzan a formarse grupos cada vez más multitudinarios de estudiantes. Los veo bajar de los colectivos que se fueron estacionando al borde de la avenida. Los veo agolparse bajo los toldos y los techos de los edificios. Los veo repartirse directivas y banderas. Los veo amucharse, protegerse, estar juntos por una causa.

Apenas termino de pensar eso y una poderosa luz rosada ilumina el obelisco y todas las cabezas a su alrededor. Luego de unos segundos llega el estruendoso y esperado trueno. Me pregunto de qué lado estará hoy Thor, el antiguo dios nórdico. ¿Nos apoyará a nosotros? A juzgar por el aguacero que se desprende de las nubes y que caen como baldazos sobre los estudiantes, parece no estar facilitándonos mucho las cosas.

Apuro el paso y llego hasta la avenida de Mayo. Me abro paso entre los grupos de estudiantes que se refugian bajo los techo de los restaurantes y cafés, de los teatros, se amuchan y apretujan bajo los aleros de los quioscos. También están los que van iniciando una perezosa caminata hacia el centro, hacia la Plaza de Mayo. Sostienen paraguas, o llevan puestos pilotines, camperas con capucha, pilotos, impermeables, o, incluso, bolsas plásticas a modo de ponchos por sobre la ropa.

Por debajo del jogging completamente húmedo me arden las piernas de tanto correr. Me veo obligado a bajar el ritmo, no sólo por el cansancio, sino porque se me hace cada vez más difícil atravesar la compacta marea de estudiantes. Voy contracorriente braceando entre cabezas, banderas, puestos de choripán y de patys, vendedores de banderitas, de remeras, de pañuelos verdes y cerveza Brahma.

¿En este país siempre habrá un grupo que se beneficie con el malpasar de otro? ¿Siempre será necesario que haya alguien marchando para que otros puedan vaciar su stock de mercadería? Y me pregunto también si alguna vez estaremos todos en la misma.

El Whatsapp vuelve a hacer vibrar mi teléfono dentro del bolsillo de la campera. Atiendo ansioso esperando que por fin mis amigos me pasen su ubicación. Es Víctor (otro de mis cófrades) que también está perdido y separado del grupo. Me cuenta que está en la esquina de Callao y Mitre, bajo el toldo de La Continental. Me refugio en la entrada de un negocio y le respondo que no se mueva del lugar, que me encamino hacia allá para que juntos busquemos a los otros. Antes de avanzar guardo otra vez el celu para que no se moje.

Avanzo abriéndome paso entre la pesada muchedumbre pensando en Víctor, el sexagenario del grupo. Malena, nuestra ecuatoriana veinteañera, le dice “El Abuelito”. Aunque también me lo dice a mí. Supongo que a los veinte cualquiera con más de treinta te parece un abuelito. Pero volviendo a Víctor, supongo que será de su agrado si en su epitafio figurara lo siguiente: sexópata empedernido, soltero antojadizo, cultor de vino patero, desertor de la semilla de chía, el cuadro más baqueteado del comunismo setentista, eterno abogante de estudiantía que está sentado a la siniestra de Lennin (padre nuestro todopoderoso). Sí, seguramente le agradaría eso. Sobre todo eso.

Ahora su salud está frágil, pero decidió venir a la marcha igual, desoyendo los consejos de su médico. Por eso, cuando me lo encuentro, después de un agobiante entrechocar de cuerpos, lo veo parado contra la vidriera de La Continental, bajo el toldo, justo como me dijo. Está abrigado según prescripción. Lleva una gruesa campera impermeable de cuya capucha sobresalen, como virulanas blancas, los mechones de su pelo. Nos abrazamos y damos un breve debate sobre cómo encontrarnos con el resto de los Circulares. Decidimos que lo mejor es ir hasta la esquina de Callao y Rivadavia, frente al Molino, desde donde me mandaron la foto: el último lugar que les conocemos.

Por suerte no nos cuesta mucho juntarnos con el resto del “Círculo” desde que vemos desplegarse la bandera del CECA (Centro de Estudiantes de Critica de Artes) de nuestra universidad. Los paraguas de los compañeros forman un caparazón sobre nuestras cabezas que nos protege de la lluvia. Aunque de vez en cuando alguien pasa entre nosotros y desacomoda los paraguas mojándonos en el proceso. A esta altura todos estamos hechos sopa.

Parece que estamos fijos en un lugar, durante horas. Pero en realidad somos constelaciones que van girando muy lentamente alrededor de un centro que no está en ningún lugar y a la vez está en todas partes. Somos una marea humana. La gente que está a nuestro alrededor ha cambiado varias veces de cara, pero de alguna forma sigue siendo la misma.

Otro chisporroteo eléctrico se ramifica en el cielo. Con la voz de un trueno Thor pretende echarnos de la plaza y descarga contra nosotros toda su furia. Nos tira con rayos y centellas. Nos larga encima todo lo que tiene. Nosotros, simples mortales circulares, resistiremos aquí y venceremos a Thor.

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