Press "Enter" to skip to content

Verónica a la siesta

Ilustración: Tereré por J.S.B.

Me gusta mucho la poesía desde que era adolescente. Hasta entonces el único contacto que había tenido con eso que —después supe— se llamaba poesía, se había dado cuando estaba en cuarto o quinto grado del Colegio Salesiano Don Bosco. Colegio al que fui durante toda la primaria, allá en Resistencia, donde me crié. El maestro nos había pedido que hiciéramos una composición sobre “La madre”. No recuerdo prácticamente nada de lo que puse en esa composición, sólo recuerdo una única frase porque el maestro me felicitó mucho cuando me corrigió. Puse: “Madre es la flor que adorna al mundo”. Y me acuerdo que el maestro me dijo algo sobre la metáfora y lo unió a otra cosa que dijo sobre la poesía. En ese momento no le presté mucha atención y ahora se ha perdido todo lo que me dijo.

Recién a los trece volví a escuchar, por segunda vez, esa famosa palabra: “poesía”. La escuché de boca de Verónica. Fue durante una siesta, allá en Resistencia.

Las siestas en el nordeste son más o menos como las cuarentenas de Buenos Aires: “Nadie nada nunca”. Nadie en la calle. Nada se mueve. Nunca pasa el tiempo. Ni siquiera sopla esa brisa fresca de las tardecitas. O quizá sí, pero a esa hora es caliente (como el aliento de una paraguaya —diría mi primo chaqueño) y en vez de fresco trae ese polvo que se va metiendo por debajo de las puertas y se va acumulando sobre los muebles y se asienta sobre la vajilla recién lavada de la cocina. El sol cae casi perpendicular sobre los techos de las casas y no sobra ni un pequeño alero que haga sombra. Hasta los perros desaparecen de las calles y las chicharras no te dejan dormir la siesta. Si no tenés pileta o aire acondicionado estás condenado a vivir en el infierno. Literal. Lo mejor que hay para hacer a la siesta es no salir. Quedarte tirado de espaldas, en calzoncillos, sobre las baldosas frescas de una habitación oscura, abierto como una estrella, mirando la cabeza del ventilador ir y venir por la pieza, como si fuera un cíclope parado junto a la puerta, girando su ojo único hacia todos los rincones, buscando una explicación al calor, al polvo, a la quietud insoportable de la siesta.

En esa época yo estaba en el primer año de un colegio industrial. Para no quedarme tirado así como un zombi en la casa, apenas llegaba del colegio, comía algo a las apuradas y agarraba la bicicleta para irme pedaleando hasta la casa de Verónica antes de que comenzaran los calores fuertes. Nos refugiábamos en la sombra de un garage abierto que había en la entrada de su casa y nos quedábamos toda la siesta charlando y tomando tereré de limonada o algún jugo de gusto raro de esos mix que venían en sobrecitos.

A Verónica la conocí porque era vecina de Marcela, que era una compañera del colegio. En casa yo decía que me iba a buscar a Marcela y que después nos íbamos juntos a las clases de taller de electromecánica, que teníamos todos los lunes, miércoles y viernes. La verdad es que a veces me iba directo a lo de Verónica y me quedaba con ella en lugar de ir al taller con Marcela. Pero era Marcela la que me pasaba a buscar a mí. Pasaba caminando por la calle desierta y cuando me veía tirado en la sombra con Verónica me pegaba un grito desde la mitad de la calle: “¿Vas al taller hoy o vas a faltar otra vez?”. Yo le respondía que vaya yendo, que yo iba después. O le decía que ese día no tenía nada importante, me quedo acá. “Vos sabrás…”, devolvía ella y se alejaba caminando vestida con el overol azul de mecánico, igualito al que llevaba puesto yo. Verónica también me retaba: “Andá, boludo”, me decía. A veces se quedaba mirándome raro y me preguntaba: “¿No te estarás quedando por mí, no?”. “Nada que ver”, le contestaba yo. “Te juro, no tengo nada importante”. Entonces me contaba, como al pasar, que ella estaba saliendo con un chico de su escuela, uno más grande. Me decía el nombre, en qué club jugaba al rugby, a dónde iban a bailar los sábados, etc., pero yo no le creía. O, en todo caso, no me importaba.

Una tarde en que Marcela ya había pasado a buscarme en vano y se había ido sola, quedamos Verónica y yo sentados bajo la sombra del garage aguantando el calor a puro tereré de limonada, recostados contra la pared, chupando de la bombilla fría sin decirnos nada. El perro de Verónica hacía un charquito sobre los mosaicos con las gotas de saliva que dejaba caer su lengua. Quizás fue ver eso: la saliva, la lengua del perro, lo que me hizo pensar en darle un beso a Verónica. Se lo dije. No me contestó nada, salió corriendo y se metió adentro. Me quedé sentado solo, al principio callado, sintiéndome un boludo, después, como ella seguía sin volver, me quejé con el perro de lo mal que me trataba Verónica. No sé cuánto tiempo habré pasado sentado ahí en el garage, para mí mucho. Estaba a punto de irme cuando ella salió otra vez. Venía irreconocible, no sé si decir feliz, pero la vi muy contenta. Quizá su alegría contrastaba demasiado con lo que a mí me pasaba adentro. Traía algo escondido detrás de la espalda. Se sentó a mi lado y de repente sacó un libro. “¡Mirá!”, me lo mostró. “Lo que podemos hacer es leer poesía”, agregó después. Esa frase se quedó vibrando como un portazo por los pasillos arteriales de mi sistema endovenoso durante bastante tiempo. Quedé atascado. Cuando vi entre sus manos ese libro de tapas duras, amarillas como la misma siesta, lo único que atiné a decir fue: “¿Qué es eso?” Me explicó que era una antología. Me dijo que traía lo mejor de lo mejor que había escrito el autor del libro. El autor era Borges. Después leímos varios, muchos, casi todos los poemas, uno tras otro. Ella los iba eligiendo a medida que avanzaba y retrocedía por las hojas con los dedos, como si estuviera buscando frutos diferentes entre las ramas delicadas de un árbol exótico. Su voz subía y rebotaba contra el techo, donde estaba la pieza en la que ella dormía, y bajaba potenciada reverberando los acentos y sonidos. Cuando llegamos a Ajedrez, la parte que dice: …Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?, fue como ver el big bang en vivo y entender todo, pero desde atrás, desde el otro lado.

Hará cosa de dos años me la crucé a Verónica acá en Buenos Aires. Andaba, al igual que yo, comprando libros en la calle Corrientes, cuando todavía no era peatonal. Creo que fue en la Librería Dickens donde nos vimos. Ella estaba con el marido. Me lo presentó, vestido de pantalón negro y remera verde. Al final no se casó con el rugbier. Era otro con el que andaba. Yo nunca le pude dar un beso a Verónica, pero lo que ella me dio fue por mucho lo mejor.

Sé el Primero en Comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *