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	<title>Teoría literaria archivos &#8211; Multiversos</title>
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	<description>Revista Americana de Poesía ISSN 3008-9034</description>
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		<title>Técnica y entonación (Denise Levertov)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 13 Dec 2023 14:47:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Denise Levertov]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img fetchpriority="high" decoding="async" src="https://multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1.jpg" alt="" width="1280" height="720" class="aligncenter size-full wp-image-6803" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1.jpg 1280w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1-200x113.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1-444x250.jpg 444w" sizes="(max-width: 1280px) 100vw, 1280px" /></p>
<p>Mucha gente escribe en lo que ha dado en llamarse &#8220;formas abiertas&#8221;, sin mucha idea de por qué lo hace o de lo que esas formas exigen. O si en verdad lo piensan, parece como si lo hicieran fundamentalmente para reconocer que están confundidos. Navegan sin pilotos y sin los mapas que las formas tradicionales proporcionan. Si uno está interesado en la <em>exploración</em>, uno sabe que los riesgos son parte de la aventura; sin embargo, a medida que los exploradores viajan hacen mapas, y si bien cada viaje subsiguiente en la misma zona del océano será una aventura aislada (clima y tripulación y pájaros que pasan y ballenas y monstruos todos variables), rocas y bajos, buenos canales e islas útiles habrán sido, no obstante, anotados y esta información podrá ser usada por otros viajeros. Pero aunque la gente ha estado explorando las formas abiertas desde hace ya mucho tiempo, partiendo del verso libre del que fue pionero Whitman y recogió Sandburg más tarde, o el muy diferente verso libre de los imagistas, o las varias modalidades de las últimas dos décadas (de manera tal que hoy en día es raro encontrar un universitario joven que escriba en formas tradicionales) ha habido una curiosa carencia de lectura de mapas de navegación, de modo que la gente no sólo tiene sus propias aventuras que hacen que todo valga la pena y sea estimulante, sino que también continúa chocando innecesariamente con las mismas viejas rocas, lo cual no es para nada interesante. (Y a propósito, cuando realmente atentan contra las formas tradicionales, los estudiantes revelan con frecuencia una ineptitud para ver, que a su vez revela lo POCO ejercitados que están sus <em>oídos</em> aun en las más simples estructuras rítmicas repetitivas.) Porque a juzgar por mi experiencia de maestra y también de lectora, esta confusión general me parece tan extendida que voy a tratar de anotar algunos problemas comunes de técnica, de anotar eficazmente en el papel el registro escrito de poemas estructurados de una manera no tradicional. Dado que no existe un consenso sobre algunas de las herramientas de marcación —de la misma manera que hasta el siglo dieciocho no había virtualmente ningún consenso sobre las técnicas de notación musical—, creo poder detectar incertidumbre y un acercamiento azaroso a estos asuntos incluso en algunos de los mayores poetas de nuestro tiempo. Cuando hablo de consenso no estoy sugiriendo que la gente debería de escribir de manera semejante, sólo que sería útil si un mayor número de poetas consideraran qué herramientas tipográficas y de otro tipo tenemos efectivamente a nuestra disposición y cuál es su <em>función</em>. Señalar que un cepillo de carpintero no está diseñado para ser usado como un afilador de cuchillos o un abrelatas no explica cómo se cepilla un trozo de madera; e indicar que objetos diseñados específicamente para afilar cuchillos o para abrir latas existen realmente, no significa dictaminar qué se cortará con ese cuchillo o si la lata que habrá de ser abierta deberá ser de cerveza o de frijoles.</p>
<p>Obviamente la cuestión más importante y sobre la que existe más incertidumbre es, ¿qué es el verso?, ¿qué hace que un verso sea un verso?, ¿cómo saber dónde concluirlo si no tienes una estructura métrica predeterminada que te lo diga?, ¿si es sólo un asunto de dejarse llevar por el sentimiento, por el oído, si existe algún principio que nos ayude a evaluar las propias elecciones? La manera de averiguarlo, creo, es mirar lo que un verso hace. Toma un poema y mecanografíalo como un párrafo en prosa. Vuélvelo a pasar a máquina en versos, pero no en sus propios versos, divídelo de manera diferente. Léelo en voz alta (observando que la ruptura del verso, aproximadamente una media coma, está allí ciertamente para ser <em>usada</em>, y si simplemente sigues de largo, ignorándola, puedes de igual manera reconocer que quieres escribir en prosa y hacerlo). A medida que llevas a cabo este ejercicio o experimento, comenzarás inevitablemente a <em>experimentar</em> las cosas que las rupturas del verso hacen, y esto será mucho más útil que lo que <em>te cuenten al respecto</em>. No obstante, enlistaré algunas de las cosas que producen, a las que puedes prestar atención: A menos que un verso consista casualmente en una frase o cláusula completa, <em>interrumpe sutilmente una frase o cláusula</em>. (Si bien los versos pueden también contener oraciones, frases o cláusulas completas.)</p>
<p>¿Cuál es la función de tales interrupciones? Su primera función es notar las minúsculas pausas no sintácticas que constantemente tienen lugar durante el <em>proceso</em> de pensar/sentir, pausas que pueden ocurrir ante cualquier otra parte del discurso y que, al no formar parte de la lógica de la sintaxis, no son indicadas por la puntuación ordinaria. La mente, a medida que siente el camino hacia un pensamiento o impresión, se detiene a menudo con un pie en el aire, su antena ondulando, y su nariz aleteando. Las rupturas de verso (si bien puede ocurrir que coincidan con los signos de puntuación sintáctica, comas, punto y coma o lo que sea) anotan estas hesitaciones infinitesimales. Mira a los gatos, perros e insectos cuando caminan por ahí: se comportan de manera muy parecida a la mente humana. Esta es la razón por la que Valéry define la prosa en términos de caminar con un propósito (orientado a una meta) y a la poesía como una danza gratuita. Si las rupturas del verso funcionan como una forma de puntuación no sintáctica, ¿por qué lo hacen? Para revelar el proceso de pensar/sentir. ¿Qué implica esto? Pienso que implica que el impulso del siglo veinte de alejarse de las formas prescritas no siempre se ha debido a la rebelión y a un deseo de mayor libertad; sino más bien a un interés creciente en la experiencia del viaje y no sólo en el destino. Esta afirmación no pretende denigrar las grandes obras del pasado, las que enfocan, por regla general, la meta alcanzada y no el proceso de alcanzarla. Todo lo que quiero decir es que, de la misma manera que una oración es un pensamiento completo, así también una forma tradicional —el soneto, la villanela, etc., incluso el verso libre— es un sistema completo; y si bien un gran poeta puede hacer surgir maravillosas sorpresas en ellas, con todo, las expectativas puestas por nuestro previo conocimiento del sistema se cumplen, y adquirimos gran parte de nuestra gratificación al leer tales poemas, precisamente del hecho de que nuestras expectativas se cumplan. Y eso es algo así como recibir el fruto de las Hespérides sin haber viajado hasta allí, algún otro viajero nos lo ha traído. Pero hay algo en la conciencia o en la sensibilidad del siglo veinte que quiere compartir los esfuerzos del viaje; o al menos queremos oír el relato del viaje. El explorador-poeta, dirigiéndose al Monte Everest, voló a Bombay o a Delhi, ¿cómo fue el viaje?, ¿cómo llegaron él o ella de allí al Tibet?, ¿cómo eran los Sherpas?, ¿y qué hay de las estribaciones?, ¿querían aun llegar al Everest cuando vieron por primera vez el lado sur del pico occidental? Etcétera. Estamos tan interesados en el proceso y en la digresión como en el fin último.</p>
<p>En este punto, me sorprende el hecho de que parezco estar haciendo una enunciación sobre el <em>contenido</em>, lo que no era mi intención. No quiero decir que yo creo que queramos que todos los poemas sean digresivos, incluso errantes. Puede haber poemas, buenos poemas que así lo sean (siempre y cuando cada digresión contribuya en última instancia a las necesidades de la composición), pero de ninguna manera estoy abogando por ellos de manera especial, y no es el contenido el que está en cuestión sino la estructura. Tal vez debería hablar de metáforas; comparemos los poemas con las pinturas: la analogía consiste en que, si elegimos las formas abiertas en las que el movimiento del verso puede registrar el movimiento de la mente en el acto de pensar/sentir, sentir/pensar, tenemos algo así como un interés por ver las pinceladas; nos gusta experimentar la curiosa doble visión de la escena representada y las pinceladas y manchas de la paleta y las capas de empaste que la producen. En el proceso de ofrecernos esta experiencia, incorporando en la estructura rítmica del poema aquellas pequeñas pausas o descansos de los que no da cuenta la lógica de la sintaxis, se produce un segundo efecto esencial: el cambio de modelo tonal que ocurre inevitablemente al observarse las rupturas de verso. He escrito en algún lugar sobre esto<a href="#numero_1">(1)</a>: la forma en que se crea la <em>melodía</em>, —no sólo por la interacción de las vocales <em>dentro</em> de los versos, sino por el patrón general de entonación registrado por la ruptura o la división de las palabras en versos, y sobre cómo éste elemento melódico no es meramente un enlace ornamental, sino que, al derivar, como en verdad lo hace, de la mimesis del proceso mental, es fundamentalmente expresivo.</p>
<p>Veamos ahora otra &#8220;herramienta&#8221;: la sangría. ¿Por qué algunos poemas parecen estar esparcidos por toda la página? Las sangrías tienen varias funciones: una de ellas tiene que ver con el hecho de que la coordinación ojo-oído-boca hace del mirar desde el final del verso y de regreso al margen del principio, una experiencia diferente de aquélla que supone mirar desde el final del verso hasta el principio de un verso sangrado; ésta última es sentida como infinitesimalmente más veloz. El registro de un grado de rapidez comporta, de manera subliminal, una sensación de que el verso sangrado está relacionado con el que lo precede de manera especialmente estrecha. Por ejemplo, yo usé el sangrado en estos versos:</p>
<p><em>up and up<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;into the tower of the tree</em><a href="#numero_2">(2)</a></p>
<p>porque si yo hubiera puesto todas las palabras en un verso, habría perdido el sonido ascendente del primer medio verso; se habría disipado. Y si hubiera regresado al margen, habría perdido <em>dentritud</em> (into-ness) en curso que empuja miméticamente hacia arriba y hacia dentro de la torre del árbol. La otra función fundamental de las sangrías es marcar claramente las listas o categorías en favor de la claridad, pero eso también funciona no sólo del ojo al cerebro, <em>intelectualmente</em>, sino también del ojo al oído y la voz, <em>sensualmente</em>, y por lo tanto expresivamente. Por medio de los cambios de tono y altura provocados subliminalmente, el registro provee una gráfica emocional más sutil de lo que podría sin ellos. Si echan una ojeada a &#8220;A Son&#8221;, en mi libro <em>Life in the Forest</em>, verán una marcación que emplea, cuidadosamente, grados de sangría consistentes: a las sub-categorías de contenido, dentro de toda la composición sintáctica, se les asigna grados específicos de sangría. El primer verso presenta el sujeto, flama-plumaje-capullo-monstruo. Los nueve versos siguientes se alternan entre atributos y acciones, y están encerrados entre guiones que se abren a la mitad del primer verso. (El primer verso necesitaba ser simple, aunque interrumpido por el guión que pone de relieve la cláusula subsidiaria para vincular firmemente al monstruo con sus atributos.) El último verso de la estrofa regresa al margen para completar la oración: &#8220;a flarney monster bore a son&#8221; (un monstruo en llamas/engendró un hijo). La segunda estrofa comienza con un verso sangrado porque su sujeto es indeterminado; una pregunta abre la estrofa y la persona es descrita como medio hombre y medio monstruo. Así que la disposición de la estrofa entera en la página es en cierto modo ondulante. La tercera estrofa, que comienza &#8220;The son&#8230;&#8221;, repite la lógica de la primera, excepto por el hecho de que habla del hijo haciendo derivar sus rasgos de sus dos padres —plumas de fuego de ambos y también algo mágicamente transformacional de la madre y algo de la elemental bondad humana del padre—; el último verso está centrado: &#8220;a triple goodness&#8221; (una triple bondad). La cuarta estrofa está toda sobre el margen porque se sigue, sintácticamente, de manera directa del primer esqueleto y oración-andamio.</p>
<p><em>A monster<br />
bore a son.<br />
If to be artist<br />
is to be monster,<br />
he too was monster.</em><a href="#numero_3">(3)</a></p>
<p>Pero después de la afirmación que inicia con &#8220;But” viene otro pasaje sangrado, sangrado porque es descriptivo como no lo son los versos que preceden de manera inmediata. La última estrofa comienza con una sangría que está centrada, porque esto sugiere (otra vez de modo subliminal, la fisiología conspirando contra la comprensión) una mezcla o encuentro que es de lo que habla el poema. Las alternancias de los tres versos finales son un eco de las de las estrofas uno y tres, pero ahora siento que toda esta estrofa debería de haber sido sangrada: es decir, centrada, dejando intactas las sangrías existentes, y fue un error de lógica del oficio dejarla al margen. Otro asunto sobre el cual existe un vago consenso, pero para el que poca gente parece encontrar una <em>razón</em>, es qué es lo que hacen las mayúsculas y por qué han sido dejadas de lado por tantos poetas del siglo veinte. Bien, ellas detienen muy levemente el flujo de verso a verso, y si uno usa el tipo de recursos de marcación cuidadosa y detallada de que he dado ejemplos, entonces, su falta absoluta de necesidad las convierte en una distracción. A alguna gente, sin embargo, le gusta por la precisa razón de que sí detienen un poquito el flujo; así que puede <em>hacérselas</em> funcionar. ¿Y qué hay del uso de las iniciales en minúscula a todo lo largo del poema? Personalmente me desagrada esta práctica porque parece artificial y, por lo mismo, distrae la atención, especialmente I (<em>yo</em>) en minúscula; y no veo la función de comenzar una oración sin mayúscula sobre todo en la primera oración de un poema.</p>
<p>Pero más importante que si usas o no mayúsculas es el hecho de si las usas consistentemente en un poema dado. Si no eres consistente en el uso de cualquier recurso, el lector no sabrá si algo es meramente un error tipográfico o si está destinado a contribuir —como todo, hasta el último guión, debería— a la vida del poema.</p>
<p>Estas parecen ser las cuestiones técnicas acerca de las cuales existe más confusión entre mucha gente. Pero lo que me gustaría ahora es verter un concepto que no tiene que ver específicamente con las formas abiertas: la idea de lo que llamo <em>entonación</em> (tune-up). Involucra a la dicción. Obviamente todos queremos evitar el cliché, excepto en el diálogo o en la ironía; pero a veces, aun cuando no estemos escribiendo en clichés, y aunque podamos estar consagrados a la búsqueda de una máxima precisión, parece como si no revisáramos constantemente nuestras palabras para ver si nuestra dicción está a tono con el máximo nivel de energía compatible con el poema individual. Ciertamente, sentimos que en algunos poemas el tono debería relajarse. ¡Pero cuántas veces el paisaje interior de un tema y nuestra propia experiencia de la tensión interior al confrontarlo (que entonces se vuelve parte integral del paisaje interior del poema) podrían sondearse de un modo más vibrante! La habilidad técnica o artística de entonación no es lo mismo que el proceso de revisión. La revisión mayor se emprende cuando la estructura ya sea de la secuencia, la línea del relato, la trama, el ritmo y la melodía, o bien de la dicción básica, tiene dolencias mayores. Pero la entonación es algo que uno hace cuándo siente que el poema está completo y con buena salud. A veces es cuestión de dejar caer unos pocos un, el o y para comprimirlo —¡aunque cuidado con sacar algún perno o tornillo indispensable!—. Pero otras veces, de manera más creativa, es cuestión de revisar cada palabra para ver si, aunque haya parecido precisa, la palabra correcta para el trabajo, no hay —rondando las alas de tu estado mental— otra palabra exótica, sorprendente, impredecible, pero aun <em>más</em> precisa. Asómbrate. Antes de dejar que el poema auténtico, bien labrado, emprenda sus propias aventuras por el mundo, fíjate si con un último movimiento de muñeca puedes bañarlo con unos pocos talismanes de diamantes que le darán poderes de los que —tú, nosotros— carecemos; pobres, indefensas criaturas humanas que somos nosotros los poetas, salvo en el momento de abandonar los poemas que hemos traído a la luz del día desde cavernas que no nos pertenecen pero de las que, de cuando en cuando, se nos confía la custodia y la entrada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Denise Levertov.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<div style="display:inline-block; clear:both;">
<h2><strong>SOBRE LA AUTORA:</strong></h2>
<p><img decoding="async" src="https://multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise-180x250.jpg" alt="" width="180" height="250" class="alignleft size-large wp-image-6768" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise-180x250.jpg 180w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise-96x133.jpg 96w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise.jpg 350w" sizes="(max-width: 180px) 100vw, 180px" /><strong>DENISE LEVERTOV</strong> (Ilford, Essex el 24 de octubre de 1923; Seattle, 20 de diciembre de 1997).​ Fue una poeta inglesa, nacionalizada estadounidense. Su padre, Paul Levertoff, era un rabino ortodoxo de herencia jasídica y convertido en sacerdote anglicano. Educada en casa, Levertov mostró desde pequeña afición por la escritura. Cuando tenía cinco años de edad, declaró que sería escritora.​ Con doce años envió algunos de sus poemas a T. S. Eliot, quien le respondió con una encomiosa carta de dos páginas. En 1940, cuando tenía 17 años, Levertov publicó su primer poema.</p>
</div>
<hr />
<p style="font-size:14px;">
<strong>NOTAS:</strong><br />
<a name="numero_1">1</a>. Ver ensayo previo <a href="https://multiversos.com.ar/teoria-literaria/sobre-la-funcion-del-verso-denise-levertov">&#8220;Sobre la función del verso&#8221;</a>.<br />
<a name="numero_2">2</a>. arriba y arriba/hacia la torre del árbol<br />
<a name="numero_3">3</a>. Un mounstruo/engendró un hijo./Si ser artista/es ser mounstruo,/él también fue un monstruo.
</p>
<p style="font-size:14px;">
<strong>BIBLIOGRAFIA</strong><br />
LEVERTOV, Denise. &#8220;Técnica y entonación&#8221; en <em>Revista Poesía y poética Nº7</em>, México: otoño, 1991. Disponible en <a href="https://bibliotecavirtual.unl.edu.ar:8443/handle/11185/2787" target="_blank" rel="noopener">https://bibliotecavirtual.unl.edu.ar:8443/handle/11185/2787</a>. [Último accesso: 06/12/2023].
</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada <a href="https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/tecnica-y-entonacion-denise-levertov">Técnica y entonación (Denise Levertov)</a> se publicó primero en <a href="https://www.multiversos.com.ar">Multiversos</a>.</p>
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		<title>Sobre la función del verso (Denise Levertov)</title>
		<link>https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/sobre-la-funcion-del-verso-denise-levertov</link>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Dec 2023 22:19:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[corte de verso]]></category>
		<category><![CDATA[Denise Levertov]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No s&#243;lo adolescentes desventurados, sino muchos poetas talen&#173;tosos y justamente estimados, que escriben en formas no m&#233;tricas contempor&#225;neas, poseen un concepto del verso de lo m&#225;s vago y un uso del mismo de lo m&#225;s fortuito. Sin embargo, no hay herramienta del arte po&#233;tica m&#225;s importante a nuestra disposici&#243;n, ninguna&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1176046.jpg" alt="" width="1200" height="900" class="aligncenter size-full wp-image-6773" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1176046.jpg 1200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1176046-177x133.jpg 177w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/denise-levertov-1176046-333x250.jpg 333w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></p>
<p>No sólo adolescentes desventurados, sino muchos poetas talen­tosos y justamente estimados, que escriben en formas no métricas contemporáneas, poseen un concepto del verso de lo más vago y un uso del mismo de lo más fortuito. Sin embargo, no hay herramienta del arte poética más importante a nuestra disposición, ninguna que proporcione efectos más sutiles y precisos que la ruptura del verso (<em>linebreak</em>) si se la entiende correctamente.</p>
<p>Si digo que su función en el desarrollo de la poesía moderna en inglés es evolutiva, no quiero decir que considero a la moder­na poesía no métrica &#8220;mejor&#8221; o &#8220;superior&#8221; a la gran poesía del pasado, a la que amo y honro. Eso sería obviamente absurdo. Pero sí siento que existen hoy pocos poetas cuya sensibilidad se exprese naturalmente en la forma tradicional (salvo por la sátira o la ironía pronunciada) y que aquéllos que lo hacen son, de algún modo, anacrónicos. La naturaleza cerrada, contenida de tales formas tiene que ver menos con el sentido relativista de la vida que inevitablemente prevalece a fines del siglo veinte, que otros modos más exploratorios, de finales más abiertos. Un sone­to puede terminar con una pregunta; pero su estructura esencial, subyacente, arriba a una <em>resolución</em>. Las &#8220;formas abiertas&#8221; no ter­minan necesariamente de manera inconclusa, pero su grado de conclusión es —estructural y, por eso, expresivamente— menos pronunciado, y comparte la naturaleza abierta del todo. No implican, por lo general, una certeza dogmática; mientras que, bajo una superficie de dudas quizá individuales, la estructura del soneto o del pareado heroico atestigua las certezas de las respectivas épocas de origen de estas formas. Las formas más aptas para expresar la sensibilidad de nuestra era son las exploratorias, las abiertas.</p>
<p>¿En qué sentido es exploratoria la poesía no métrica contem­poránea? Lo que quiero decir con esa palabra es que tal poesía, más que la mayor parte de la poesía del pasado, incorpora y revela el <em>proceso</em> de pensar/sentir, sentir/pensar, en lugar de en­focar exclusivamente sus <em>resultados</em>; y al hacerlo explora (o puede explorar) la experiencia humana de un modo que no es entera­mente nuevo, pero que es (o puede ser) valioso en la sutil dife­rencia de su acercamiento: valioso a la vez como testimonio humano y como experiencia estética. Y la herramienta de preci­sión crucial para crear este modo de exploración es la ruptura del verso. La función más obvia de la ruptura de la línea es rítmica: puede registrar las mínimas (aunque significativas) hesitaciones entre palabra y palabra que son características de la danza de la mente entre percepciones, pero que no son notadas por la pun­tuación gramatical. La puntuación regular es una parte de la estructura de la oración regular, es decir, de la expresión de los pensamientos completos; y esta expresión es típica de la prosa, aunque la prosa no está en todo momento ligada a su lógica. Pero en los poemas uno tiene la oportunidad no sólo, como en la prosa expresiva, de apartarse de la norma sintáctica, sino también de hacer manifiesta, a través de medios estructurales intrínsecos, la interacción o el contrapunto del proceso y el acabado en otras palabras, de presentar la dinámica de la percepción <em>junto con</em> su llegada a la expresión plena. La ruptura del verso es una forma de puntuación que se <em>suma</em> a la puntuación que forma parte de la lógica de los pensamientos completos. Las rupturas de verso, aunadas al uso inteligente de las sangrías y otros inventos de marcación, representan una puntuación peculiarmente <em>poética</em>, alógica, paralela (no competitiva).</p>
<p>¿Cuál es la naturaleza de las pausas alógicas que registra la ruptura del verso? Si los lectores piensan en su propio discurso, o su propio, silencioso monólogo interior al describir los pensa­mientos, los sentimientos, las percepciones, escenas o aconteci­mientos, reconocerán, pienso, que con frecuencia dudan si bien muy brevemente como con una pregunta no dicha, —un &#8220;¿qué?&#8221; o un &#8220;¿quién?&#8221; o un &#8220;¿cómo?&#8221;— antes de los sustantivos, adjeti­vos, verbos, ninguno de los cuales requiere ser precedido por una coma u otro signo de puntuación normal en el curso de la lógica sintáctica. Incorporar estas pausas en la estructura rítmica de un poema puede hacer varias cosas: por ejemplo, permite al lector compartir más íntimamente la experiencia que está siendo articulada; e introduciendo un contrarritmo alógico en un ritmo lógico de sintaxis causa, al interactuar ambos, un efecto más cercano a la canción que a la afirmación, a la danza que al caminar. De esta manera la experiencia de empatía emocional o de identificación, aunada a la complejidad acústica de la estruc­tura del lenguaje, se resume en un orden estético intenso que es diferente de aquél que se recibe de un poema en el que las formas métricas están combinadas con la sola sintaxis lógica. (Por su­puesto que el manejo del verso en formas <em>métricas</em> puede tam­bién permitir el registro de tales pausas alógicas; Gerard Manley Hopkins proporciona abundante evidencia de ello. Pero Hopkins, en ésta como en otras cuestiones, parece ser &#8220;la excepción que confirma la regla&#8221;; y la alianza de las formas métricas y el carácter igualmente &#8220;cerrado&#8221; o &#8220;completo&#8221; de la sintaxis lógica parece natural y apropiada, a pesar de posibles inversiones. Las inver­siones del orden de las palabras en la prosa normal eran, después de todo, una convención estilística, adoptada por elección, no por ineptitud técnica, durante siglos; si bien su empleo después de un momento dado nos parece la prueba de una falta de habilidad, y por cierto son los primeros signos del languidecimiento de la viabilidad de una tradición). No es que la danza del pensamiento/sentimiento alógico en proceso <em>no pueda</em> ser registrada en formas métricas, sino más bien que el hacerlo parece ir en contra de la disposición natural de tales formas, como si se forzara a un medio intratable para desempeñar un uso inapropiado; mientras que el potencial para tal uso está implícito en la naturaleza constantemente evolutiva de las formas abiertas.</p>
<p>Sin embargo, la función más específica, precisa y estimulante de la ruptura del verso, y la menos entendida, es su efecto en el <em>melos</em> de un poema. Es aquí, y no sólo en los efectos <em>rítmicos</em>, que yace su potencial más grande, tanto en la exploración de áreas de conciencia humana como en la creación de nuevas experiencias estéticas. ¿Cómo afectan las rupturas de verso al elemento me­lódico de un poema? De una manera tan simple que parece sorprendente que este aspecto de su función no sea considerado, si bien no sólo los talleres de estudiantes de poesía sino cualquier revista o antología de poesía contemporánea provee evidencia de una falta general de comprensión de este factor; y aun cuando algunos poetas manifiestan un sentido intuitivo de cómo cortar los versos, rara vez parece ir acompañado de una comprensión teórica de lo que han hecho bien. No obstante, no es difícil demostrar a los estudiantes que —dado que el despliegue del poema en la página es considerado como una marcación, esto es, como las instrucciones visuales para efectos auditivos— la forma en que los versos son cortados afecta no sólo al ritmo sino a los <em>modelos tonales</em>.</p>
<p>El ritmo puede sonar en un monotono, en un único tono; la melodía es el resultado de modelos de tono combinados con modelos rítmicos. La forma en que las rupturas de verso, obser­vadas respetuosamente, como parte de un registro (y consideradas como, digamos, aproximadamente media coma de duración), determinan el modelo tonal de una oración, puede claramente ser vista si se escribe un poema, o unas pocas líneas, de varias maneras (cambiando las rupturas de verso, pero nada más) y se lee en voz alta. Tomen, por ejemplo, estas líneas mías (escogidas al azar)<a href="#numero_1">1</a>:</p>
<p><em>Crippled with desire, he questioned it.<br />
Evening upon the heights, juice of the pomegranate:<br />
who could connect it with sunlight?<a href="#numero_2">2</a></em></p>
<p>Léanlos en voz alta. Ahora traten de leer las mismas palabras en voz alta a partir de esta marcación:</p>
<p><em>Cripple with desire, he questioned it. Evening<br />
upon the heights,<br />
juice of pomegranate:<br />
who<br />
could connect it with sunlight?</em></p>
<p>O bien:</p>
<p><em>Crippled<br />
with desire, he questioned it. Evening<br />
upon the heights, juice<br />
of the pomegranate:<br />
who could<br />
connect it with sunlight?</em> </p>
<p>Etc.</p>
<p>La entonación, los ascensos y descensos de la voz, cambian involuntariamente al cambiar el ritmo (alterado por el lugar en el que esta minúscula pausa o &#8220;descanso&#8221; musical ocurre). Estos cambios podrían ser registrados en forma gráfica por algún instrumento, como los latidos del corazón o las ondas del cerebro son plasmados gráficamente. La cuestión no es si los versos, como los escribí, están divididos de la mejor manera posible; con respecto a eso, los lectores deben juzgar por sí mismos. Estoy simplemente señalando que, leído de manera natural pero respe­tando la pausa fraccional de la ruptura, el cambio en un modelo tonal ocurre con cada variación de versificación. Un hermoso ejemplo de versificación expresiva es el famoso poema de William Carlos Williams sobre la vieja comiendo ciruelas <a href="#numero_3">3</a></p>
<p><em>They taste good to her.<br />
They taste good<br />
to her. They taste<br />
good to her. <a href="#numero_4">4</a></em></p>
<p>Primero se construye la afirmación; luego la palabra <em>good</em> es (sin el énfasis torpe y exagerado que daría un cambio de tipo­grafía) trasladada, por un instante, al centro de nuestra (y su) atención; luego se le da a la palabra <em>taste</em> una prominencia mo­mentánea similar, con <em>good</em> sonando en una nueva nota, reafir­mada —de modo tal que tenemos primero el reconocimiento general de satisfacción, luego la intensificación de esa sensación, más tarde su voluptuosa localización en el sentido del gusto. Y todo esto es presentado por medio de los tonos indicados, es decir, por la melodía y no sólo por el ritmo.</p>
<p>Siempre me ha emocionado la forma en que la musicalidad de un poema podría emerger de lo que llamé &#8220;fidelidad para con la experiencia&#8221;, pero me llevó algún tiempo darme cuenta cuáles eran los mecanismos de tal precisión a medida que se relaciona­ban con esta cuestión del modelo tonal. El asunto es que, del mismo modo que las vocales y las consonantes afectan la musicalidad de la poesía, no a través de la mera eufonía sino de una interrelación expresiva, significante, los matices de significa­do comprendidos en las variaciones de tono crean una <em>melodía significante, expresiva</em> en la estrecha escala tonal del discurso, no simplemente una linda &#8220;tonada&#8221;.</p>
<p>Una de las formas en la que muchos poetas revelan su falta de conciencia sobre la función de la ruptura del verso es la manera en que comienzan el verso con la palabra &#8220;it&#8221;, por ejem­plo, cuando resulta claro, por el contexto, que no quieren dar el énfasis extra —relacionado tanto con el ritmo como con el tono­que éste le da. Es por eso que, si uno escribe: </p>
<p><em>He did not know<br />
it, but at this very moment his house was burning, <a href="#numero_5">5</a></em></p>
<p>Se le da a la palabra &#8220;it&#8221; una importancia indebida. Se da otro ejemplo en mi segunda variante de los versos de &#8220;Red Snow&#8221;. Al &#8220;it&#8221; de la tercera línea se le da una prominencia completa­mente insignificante, inoportuna y absurda. Cuando un poeta pone una palabra sin sentido desde el punto de vista acústico, parece claro que no entiende el efecto de hacer tal cosa, o bien que está confusamente atado a la idea del &#8220;encabalgamiento&#8221;. El encabalgamiento es útil para prevenir la monotonía de tantos versos que terminan en una pausa completa en un poema métrico, pero la variedad deseada puede obtenerse por varios otros medios en las formas abiertas contemporáneas; y quitarle al verso contemporáneo su pausa fraccional (la que, como he dicho, representa, o más bien, manifiesta, una hesitación com­parativamente minúscula, pero afectiva en el proceso de pensar/sentir) es quitarle a una herramienta de precisión su función principal. Con frecuencia el poeta, inseguro de todo principio de acuerdo al cual concluir un verso, escribirá como si la ruptura real viniera después de la primera palabra del siguiente verso, por ejemplo: </p>
<p><em>As children in their night<br />
gowns go upstairs&#8230;, <a href="#numero_6">6</a></em></p>
<p>Mientras que si uno observa el resultado, un extraño e inexpresivo &#8220;descanso&#8221; ocurre entre dos palabras que el poeta, al leer en voz alta, vincula naturalmente como &#8220;nightgowns&#8221;. La definición de X.J. Kennedy de un <em>&#8220;run-on-line&#8221;</em> (Introduction to Poetry, 1966) es que &#8220;no termina en puntuación y por o tanto es leído con una pequeña pausa después de él&#8221;, mientras que &#8220;si termina con una pausa completa, por lo general, indicada por algún signo de puntuación, lo llamamos <em>&#8220;end-stopped&#8221;</em>. (El subrayado en &#8220;pequeña pausa&#8221; es mío). Los poetas que escriben poemas no métricos, pero que hacen como si la ruptura del verso no existiera, ni siquiera respetan la <em>&#8220;pequeña pausa&#8221;</em> tradicional del verso que se continúa (<em>run-on-line</em>). El hecho es que están confundidos sobre qué es el verso realmente, y por consiguiente, algunos de nuestros mejores y mas influyentes poetas se han volcado cada vez más hacia los párrafos en prosa por lo que yo siento son razones erróneas; por ejemplo, menos por un sentido de las virtudes peculiares de la prosa que por un fracaso en darle sentido al verso.</p>
<p>Una de las virtudes importantes en la comprensión de la función de la ruptura del verso, es decir, de la línea misma, es que tal comprensión no ocasiona de ninguna manera que los poetas escriban igual entre sí. Es una <em>herramienta</em>, no un estilo. Los estudiantes que comprenden en un taller la idea del registro pre­ciso no comienzan todos a sonar igual. Por el contrario, cada voz individual suena más clara, porque cada una ha ganado un grado de control sobre cómo quieren que un poema suene. En ocasiones un estudiante registra un poema de determinada ma­nera sobre el papel, pero lo lee en voz alta de manera diferente. Mi preocupación —y aquélla de sus compañeros y compañeras una vez que han entendido el problema— es determinar de qué manera quiere el autor que suene el poema. Alguien se lo leerá a él o a ella <em>tal y como está escrito</em> y alguien más señalará cómo el texto, el registro, fue ignorado en la lectura. &#8220;Aquí te pasaste&#8221;, &#8220;Aquí te detuviste, pero lo hiciste a medio verso y no hay indi­cación de &#8216;descanso&#8217; allí&#8221;. Entonces, el poeta estudiante puede decidir o sentir si él o ella lo anotó mal pero lo leyó bien, o viceversa. Esa decisión es muy personal y tiene mucho que ver con la sensibilidad individual del escritor y con el carácter único de la experiencia corporeizada en las palabras del poema, así como con la racionalidad universalmente reconocible, si bien eso puede jugar su parte, también. El resultado, en todo caso, es más bien definir y clarificar las voces individuales más que homogeneizarlas; porque las <em>razones</em> para las pausas y detenimientos, para los énfasis y los cambios expresivos de tono, serán tan variadas como las personas que escriben. La compren­sión de la función de la ruptura del verso da a cada creador único el poder de ser más preciso, y por lo tanto, más, y no menos, individualizado. La voz así revelada será, no necesariamente el reconocible &#8220;otro&#8221; (outer) que uno escucha en los poetas que han tomado la teoría de la respiración de Olson demasiado literal­mente, sino más bien la voz interior, la voz de la soledad de cada uno hecha audible y cantando a una multitud de otras soledades. </p>
<p>El exceso de subjetividad (y por lo tanto de incomunicabili­dad) en la elaboración de decisiones estructurales en las formas abiertas es un problema sólo cuando el escritor tiene un inade­cuado sentido de la forma. Cuando el registro escrito señala de manera precisa las percepciones, una totalidad —un paisaje inte­rior o una forma— comienza a emerger; y el escritor dotado no está tan sumergido en las partes de modo que la suma pase inadvertida. La suma es objetiva, relativamente al menos; tiene presencia, carácter, y —a medida que se desarrolla— necesidades. Las partes del poema están instintivamente ajustadas en cierto grado para servir a las necesidades de la totalidad. Y mientras que este ajuste tiene lugar, se evita el exceso de subjetividad. Detalles de naturaleza privada como algo distinto de una natu­raleza personal pueden ser borrados, por ejemplo, en provecho de un todo más completo, más claro, más comunicable. (Por privada quiero decir aquéllos que poseen asociaciones para el escritor, pero que son inaccesibles a los lectores sin una explica­ción especial por parte del escritor, la cual no forma parte del poema; mientras que lo personal, aunque puede incorporar lo privado, tiene una energía derivada de asociaciones que son compartibles con el lector y son así compartidas dentro del poe­ma mismo).</p>
<p>Otra forma de acercamiento al problema de lo subjetivo/ objetivo es decir que, mientras que las maneras tradicionales proporcionan ciertos estándares para la comparación objetiva y para la evaluación de los poemas como estructuras efectivas (técnicamente, en todo caso), las formas abiertas, usadas con comprensión de sus oportunidades técnicas, <em>construyen contextos únicos</em> que se encargan asimismo de tal evaluación. En otras palabras, si bien la &#8220;justeza&#8221; de sus versos no puede ser juzgada por medio de un método de escansión preconcebido, cada uno de estos poemas, si están bien escritos, presenta un todo com­puesto en el que los versos falsos (o los lapsus) pueden ser oídos por cualquier oído atento, no como si no lograra conformarse a una regla externa, sino como fallas que no contribuyen a la gracia o a la fuerza implícitas en un sistema peculiar de ese poema, y que provienen del paisaje interior del cual es la manifestación verbal.</p>
<p>El <em>melos</em> de la poesía métrica no fue fácil de conseguir, pero hubo versos-guías y modelos, aun cuando, como último recurso, nada puedo substituir al &#8220;oído&#8221; dotado. El melos de las formas abiertas es incluso más difícil de estudiar si buscamos modelos; su secreto yace no en modelos sino en la &#8220;fidelidad a la expe­riencia&#8221; de la que he escrito en algún otro lugar; y, a su vez, la fidelidad exige una comprensión delicada y precisa de los medios técnicos a nuestra disposición. Un reconocimiento general de la importancia primaria del verso y de la forma en que el ritmo se relaciona con la melodía sería útil para el estado del arte de la poesía, de la misma manera que una aceptación general del compás y otras notaciones musicales fueron útiles para el arte de la música. Se mantuvo una amplitud enteramente adecuada en lo que se refiere a la interpretación de un registro musical (como lo puede oír, por ejemplo, cualquiera que escuche a diferentes pianistas tocar la misma sonata), pero al mismo tiempo, el com­positor adquirió un grado de control más sutil. Sólo si los escritores están de acuerdo en la naturaleza y en la función de esta herra­mienta podrán los lectores cooperar plenamente, de modo que el poema adquiera el grado más pleno de vida autónoma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Denise Levertov.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<div style="display:inline-block; clear:both;">
<h2><strong>SOBRE LA AUTORA:</strong></h2>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise-180x250.jpg" alt="" width="180" height="250" class="alignleft size-large wp-image-6768" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise-180x250.jpg 180w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise-96x133.jpg 96w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/12/Levertov-Denise.jpg 350w" sizes="auto, (max-width: 180px) 100vw, 180px" /><strong>DENISE LEVERTOV</strong> (Ilford, Essex el 24 de octubre de 1923; Seattle, 20 de diciembre de 1997).​ Fue una poeta inglesa, nacionalizada estadounidense. Su padre, Paul Levertoff, era un rabino ortodoxo de herencia jasídica y convertido en sacerdote anglicano. Educada en casa, Levertov mostró desde pequeña afición por la escritura. Cuando tenía cinco años de edad, declaró que sería escritora.​ Con doce años envió algunos de sus poemas a T. S. Eliot, quien le respondió con una encomiosa carta de dos páginas. En 1940, cuando tenía 17 años, Levertov publicó su primer poema.</p>
</div>
<hr />
<p style="font-size:14px;">
<strong>NOTAS:</strong><br />
<a name="numero_1">1</a>. De &#8220;Four Embroideries: (III) Red Snow&#8221;, Relearning the Aphabet (New York, New Directions, 1970).<br />
<a name="numero_2">2</a>. Mutilado de deseo, lo cuestionó./Noche sobre las alturas, jugo de granada:/ ¿quién podría conectarlo con la luz del sol?<br />
<a name="numero_3">3</a>. &#8220;To a poor old woman&#8221;, Colected Earlíer Poems (New York, New Directions, 1938)<br />
<a name="numero_4">4</a>. Le saben buenas a ella./Le saben buenas/a ella. Le saben/ buenas a ella.<br />
<a name="numero_5">5</a>. El no lo sabía/ pero en ese preciso momento/su casa, estaba ardiendo.<br />
<a name="numero_6">6</a>. Mientras los niños en camisón/suben&#8230;
</p>
<p style="font-size:14px;">
<strong>BIBLIOGRAFIA</strong><br />
LEVERTOV, Denise. &#8220;Sobre la función del verso&#8221; en <em>Revista Poesía y poética Nº7</em>, México: otoño, 1991. Disponible en <a href="https://bibliotecavirtual.unl.edu.ar:8443/handle/11185/2787" target="_blank" rel="noopener">https://bibliotecavirtual.unl.edu.ar:8443/handle/11185/2787</a>. [Último accesso: 06/12/2023].
</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada <a href="https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/sobre-la-funcion-del-verso-denise-levertov">Sobre la función del verso (Denise Levertov)</a> se publicó primero en <a href="https://www.multiversos.com.ar">Multiversos</a>.</p>
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		<title>Roberto Bolaño &#8211; 12 consejos sobre el arte de escribir cuentos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Aug 2023 00:35:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
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		<category><![CDATA[el arte de escribir]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Bolaño]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Todo lo que escrib&#237;a Roberto Bola&#241;o estaba bien escrito; adem&#225;s lo hac&#237;a de una manera muy original. Logr&#243; crear su propio estilo y es por eso, quiz&#225;, que me gusta tanto. Muchos escritores son de la opini&#243;n de que para escribir bien es m&#225;s importante aprender a leer bien. Bola&#241;o&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-12.jpg" alt="" width="1460" height="1135" class="aligncenter size-full wp-image-6397" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-12.jpg 1460w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-12-171x133.jpg 171w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-12-322x250.jpg 322w" sizes="auto, (max-width: 1460px) 100vw, 1460px" /></p>
<p style="font-family: PT Sans, Sans Serif;"><strong>Todo lo que escribía Roberto Bolaño estaba bien escrito; además lo hacía de una manera muy original. Logró crear su propio estilo y es por eso, quizá, que me gusta tanto. Muchos escritores son de la opinión de que para escribir bien es más importante aprender a leer bien. Bolaño compraba libros compulsivamente pero casi nunca los leía. Le gustaba tenerlos apilados en su biblioteca para hojearlos una vez cada tanto. Fue un autodidacta, y creo que eso hace que sus consejos valgan más que si hubiera ido a la universidad. Estos consejos fueron publicados en su libro póstumo <em>Entre paréntesis</em>:</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>1.</strong> No escribas nunca los cuentos de uno en uno. Si los escribes de uno en uno, honestamente, puedes estar escribiendo el mismo cuento hasta el día que te mueras.</p>
<p><strong>2.</strong> Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si tienes suficiente enegía, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.</p>
<p><strong>3.</strong> Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, y además lleva en su interior el juego más bien pegajoso de los espejos amantes: una doble imagen que produce melancolía.</p>
<p><strong>4.</strong> Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández, y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, Monterroso, García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.</p>
<p><strong>5.</strong> Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.</p>
<p><strong>6.</strong> Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.</p>
<p><strong>7.</strong> Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!</p>
<p><strong>8.</strong> Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.</p>
<p><strong>9.</strong> La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.</p>
<p><strong>10.</strong> Piensen en el punto número nueve. Piensen y reflexionen. Aún están a tiempo. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.</p>
<p><strong>11.</strong> Libros y autores altamente recomendables: <em>De lo sublime</em>, de Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; <em>Antología de Spoon River</em>, de Edgar Lee Masters; <em>Suicidios ejemplares</em>, de Enrique Vila-Matas y <em>Mientras ellas duermen</em>, de Javier Marías.</p>
<p><strong>12.</strong> Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo XX.</p>
<p>&nbsp;</p>
<div style="display:inline-block; clear:both;">
<h2><strong>SOBRE EL AUTOR:</strong></h2>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-1998-177x133.webp" alt="" width="177" height="133" class="alignleft size-medium wp-image-6398" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-1998-177x133.webp 177w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-1998-333x250.webp 333w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2023/08/Roberto-Bolano-1998.webp 1200w" sizes="auto, (max-width: 177px) 100vw, 177px" /><strong>ROBERTO BOLAÑO</strong> Nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953 y murió en Barcelona el 15 de julio del 2003. El novelista y poeta chileno fue galardonado, entre otros, con el Premio Herralde de Novela. Es autor de <em>Los detectives salvajes</em>, entre otros.</div>
<p>La entrada <a href="https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/roberto-bolano-12-consejos-sobre-el-arte-de-escribir-cuentos">Roberto Bolaño &#8211; 12 consejos sobre el arte de escribir cuentos</a> se publicó primero en <a href="https://www.multiversos.com.ar">Multiversos</a>.</p>
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		<title>Diez razones para escribir (Roland Barthes)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 13 Jun 2020 21:51:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No siendo escribir una actividad normativa ni científica, no puedo decir <em>por qué</em> ni <em>para qué</em> se escribe. Solamente puedo enumarar las razones por las cuales escribo:</p>
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<p style="text-align:left;"><em>CORRIERE DELA SERA<br />
1969</em></p>
<p style="text-align:center;">I</p>
<p>No siendo escribir una actividad normativa ni científica, no puedo decir <em>por qué</em> ni <em>para qué</em> se escribe. Solamente puedo enumarar las razones por las cuales escribo:</p>
<p>1) por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico;<br />
2)porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible;<br />
3) para poner en práctica un &#8220;don&#8221;, satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia;<br />
4) para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado;<br />
5) para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos;<br />
6) para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distibución combatiente, de una <em>evaluación</em> permanente;<br />
7) para satisfacer a amigos e irritar a enemigos;<br />
8) para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad:<br />
9) para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos;<br />
10) finalmente, y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y &#8220;causa noble&#8221;), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo.</p>
<p><strong>Roland Barthes.</strong></p>
<hr />
<p style="font-size:14px;">Extractado de BARTHES, Roland. <em>Variaciones sobre la escritura</em>. Barcelona: Paidós, 2002</p>
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		<title>¿Cómo se escribe una novela? (Gabriel García Márquez)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 27 Jan 2019 21:07:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel García Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>por: Gabriel Garc&#237;a M&#225;quez 25 enero de 1984 &#201;sta es, sin duda, una de las preguntas que se hacen con m&#225;s frecuencia a un novelista. Seg&#250;n sea quien la haga, uno tiene siempre una respuesta de complacencia. M&#225;s a&#250;n: es &#250;til tratar de contestarla, porque no s&#243;lo en la variedad&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="http://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2019/01/capítulo-uno.jpg" alt="" width="624" height="347" class="aligncenter size-full wp-image-4115" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2019/01/capítulo-uno.jpg 624w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2019/01/capítulo-uno-200x111.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2019/01/capítulo-uno-450x250.jpg 450w" sizes="auto, (max-width: 624px) 100vw, 624px" /></p>
<p style="text-align:center;"><em>por: <strong>Gabriel García Máquez</strong><br />
25 enero de 1984</em></p>
<p>Ésta es, sin duda, una de las preguntas que se hacen con más frecuencia a un novelista. Según sea quien la haga, uno tiene siempre una respuesta de complacencia. Más aún: es útil tratar de contestarla, porque no sólo en la variedad está el placer, como se dice, sino que también en ella están las posibilidades de encontrar la verdad. Porque una cosa es cierta: creo que quienes más se hacen a sí mismos la pregunta de cómo se escribe una novela son los propios novelistas. Y también a nosotros mismos nos damos cada vez una respuesta distinta. Me refiero, por supuesto, a los escritores que creen en que la literatura es un arte destinada a mejorar el mundo. Los otros, los que piensan que es un arte destinada a mejorar sus cuentas de banco, tienen fórmulas para escribir que no sólo son certeras, sino que pueden resolverse con tanta precisión como si fueran fórmulas matemáticas. Los editores lo saben. Uno de ellos se divertía hace poco explicándome cómo era de fácil que su casa editorial se ganara el Premio Nacional de Literatura. En primer término, había, que hacer un análisis de los miembros del jurado, de su historia personal, de su obra, de sus gustos literarios. El editor pensaba que la suma de todos esos elementos terminaría por dar un promedio del gusto general del jurado. &#8220;Para eso están las computadoras&#8221;, decía. Una vez establecido cuál era la clase de libro que tenía mayores posibilidades de ser premiado, había que proceder con un método contrario al que suele utilizar la vida: en vez de buscar dónde estaba ese libro, había que investigar cuál era el escritor, bueno o malo, que estuviera mejor dotado para fabricarlo. Todo lo demás era cuestión de firmarle un contrato para que se sentara a escribir sobre medida el libro que recibiría el año siguiente el Premio Nacional de Literatura. Lo alarmante es que el editor había sometido este juego al molino de las computadoras, y éstas le habían dado una posibilidad de acierto de un ochenta y seis por ciento.</p>
</p>
<p>De modo que el problema no es escribir una novela –o un cuento corto– sino escribirla en serio, aunque después no se venda ni gane ningún premio. Esa es la respuesta que no existe, y si alguien tiene razones para saberlo en estos días es el mismo que está escribiendo esta columna con el propósito recóndito de encontrar su propia solución al enigma. Pues he vuelto a mi estudio de México, donde hace un año justo dejé varios cuentos inconclusos y una novela empezada, y me siento como si no encontrara el cabo para desenrrollar el ovillo. Con los cuentos no hubo problemas: están en el cajón de la basura. Después de leerlos con la saludable distancia de un año, me atrevo a jurar –y tal vez sería cierto– que no fui yo quien los escribió. Formaban parte de un viejo proyecto de sesenta o más cuentos sobre la vida de los latinoamericanos en Europa, y su principal defecto era el fundamental para romperlos: ni yo mismo me los creía.</p>
<p>No tendré la soberbia de decir que no me tembló la mano al hacerlos trizas y luego dispersar las serpentinas para impedir que fueran reconstruidos. Me tembló, y no sólo la mano, pues en esto de romper papeles tengo un recuerdo que podría parecer alentador pero que a mí me resulta deprimente. Es un recuerdo que se remonta a una noche de julio de 1955, a la víspera del viaje a Europa del enviado especial de <em>El Espectador</em>, cuando el poeta Jorge Gaitán Durán llegó a mi cuarto de Bogotá a pedirme que le dejara algo para publicar en la revista <em>Mito</em>. Yo acababa de revisar mis papeles, había puesto a buen seguro los que creía dignos de ser conservados y había roto los desahuciados. Gaitán Durán, con esa voracidad insaciable que sentía ante la literatura, y sobre todo ante la posibilidad de descubrir valores ocultos, empezó a revisar en el canasto los papeles rotos, y de pronto encontró algo que le llamó la atención. &#8220;Pero esto es muy publicable&#8221;, me dijo. Yo le expliqué por qué lo había tirado: era un capítulo entero que había sacado de mi primera novela, La hojarasca –ya publicada en aquel momento–, y no podía tener otro destino honesto que el canasto de la basura. Gaitán Durán no estuvo de acuerdo. Le parecía que en realidad el texto hubiera sobrado dentro de la novela, pero que tenía un valor diferente por sí mismo. Más por tratar de complacerlo que por estar convencido, le autoricé para que remendara las hojas rotas con cinta pegante y publicara el capítulo como si fuera un cuento. &#8220;¿Qué títulos le ponemos?&#8221;, me preguntó, usando un plural que muy pocas veces había sido tan justo como en aquel caso&#8230; &#8220;No sé&#8221;, le dije. &#8220;Porque eso no era más que un monólogo de Isabel viendo llover en Macondo&#8221;. Gaitán Durán escribió en el margen superior de la primera hoja casi al mismo tiempo que yo lo decía: &#8220;Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo&#8221;. Así se recuperó de la basura uno de mis cuentos que ha recibido los mejores elogios de la crítica y, sobre todo, de los lectores. Sin embargo, esa experiencia no me sirvió para no seguir rompiendo los originales que no me parecen publicables, sino que me enseñó que es necesario romperlos de tal modo que no se puedan remendar nunca.</p>
<p>Romper los cuentos es algo irremediable, porque escribirlos es como vaciar concreto. En cambio, escribir una novela es como pegar ladrillos. Quiere esto decir que si un cuento no fragua en la primera tentativa es mejor no insistir. Una novela es más fácil: se vuelve a empezar. Esto es lo que ha ocurrido ahora. Ni el tono, ni el estilo. ni el carácter de los personajes eran los adecuados para la novela que había dejado a medias. Pero aquí también la explicación es una sola: ni yo mismo me la creía. Tratando de encontrar la solución volví a leer dos libros que suponía útiles. El primero fue <em>La educación sentimental</em>, de Flaubert, que no leía desde los remotos insomnios de la universidad, y sólo me sirvió hora para eludir algunas analogías que hubieran resultado sospechosas. Pero no me resolvió el problema. El otro libro que volví a leer fue <em>La casa de las bellas dormidas</em>, de Yasunari Kawabata, que me había golpeado en el alma hace unos tres años y que sigue siendo un libro hermoso. Pero esta vez no me sirvió de nada, porque yo andaba buscando pistas sobre el comportamiento sexual de los ancianos, pero el que encontré en el libro es el de los ancianos japoneses, que al parecer es tan raro como todo lo japonés, y desde luego no tiene nada que ver con el comportamiento sexual de los ancianos caribes. Cuando conté mis preocupaciones en la mesa, uno de mis hijos –el que tiene más sentido práctico– me dijo: &#8220;Espera unos años más y lo averiguarás por tu propia experiencia&#8221;. Pero el otro, que es artista, fue más concreto: &#8220;Vuelve a leer <em>Los sufrimientos del joven Werther</em>&#8220;, me dijo, sin el menor rastro de burla en la voz. Lo intenté, en efecto, no sólo porque soy un padre muy obediente, sino porque de veras pensé que la famosa novela de Goethe podía serme útil. Pero la verdad es que en esta ocasión no terminé llorando en su entierro miserable, como me ocurrió la primera vez, sino que no logré pasar de la octava carta, que es aquella en que el joven atribulado le cuenta a su amigo Guillermo cómo empieza a sentirse feliz en su cabaña solitaria. En este punto me encuentro, de modo que no es raro que tenga que morderme la lengua para no preguntar a todo el que me encuentro: &#8220;Dime una cosa, hermano: ¿cómo carajo se escribe una novela?&#8221;.</p>
<h2>Auxilio</h2>
<p>Alguna vez leí un libro, o vi una película, o alguien me contó un echo real, con el siguiente argumento: un oficial de marina metió de contrabando a su amada en el camarote de un barco de guerra, y vivieron un amor desaforado dentro de aquel recinto opresivo, sin que nadie los descubriera, durante varios años. A quien sepa quién es el autor de esta bellísima historia le ruego que me lo haga saber de urgencia, pues lo he preguntado a tantos y tantos que no lo saben, que ya empiezo a sospechar que a lo mejor se me ocurrió a mí alguna vez y ya no lo recuerdo. Gracias.</p>
<p><em><strong>Gabriel García Máquez</strong><br />
25 enero de 1984</em></p>
<hr />
<p>Copyright 1984. Gabriel García Márquez-ACI. Apareció en <em>El país</em> (edición impresa) del miércoles, 25 de enero de 1984. Link a la <a href="https://elpais.com/diario/1984/01/25/opinion/443833212_850215.html" rel="noopener" target="_blank">versión digital</a>.</p>
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		<title>Contra los poetas (Witold Gombrowicz)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 22 Dec 2018 22:36:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Witold Gombrowicz]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Publicamos aqu&#237; un ensayo de Witold Gombrowicz aparecido en la Revista Kultura N&#186;10, de Par&#237;s, en 1951. Ser&#237;a m&#225;s delicado por mi parte no turbar uno de los pocos rituales que a&#250;n nos quedan. Aunque hemos llegado a dudar de casi todo, seguimos practicando el culto a la Poes&#237;a y&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="http://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz.jpg" alt="" width="969" height="565" class="aligncenter size-full wp-image-4076" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz.jpg 969w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz-200x117.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz-429x250.jpg 429w" sizes="auto, (max-width: 969px) 100vw, 969px" /></p>
<p style="font-family: PT Sans, Sans Serif;"><strong>Publicamos aquí un ensayo de Witold Gombrowicz aparecido en la Revista Kultura Nº10, de París, en 1951.</strong></p>
<p>Sería más delicado por mi parte no turbar uno de los pocos rituales que aún nos quedan. Aunque hemos llegado a dudar de casi todo, seguimos practicando el culto a la Poesía y a los Poetas, y es probablemente la única Deidad que no nos avergonzamos de adorar con gran pompa, con profundas reverencias y con voz altisonante&#8230; ¡Ah, Shelley! ¡Ah, Slowacki! ¡Ah, la palabra del Poeta, la misión del Poeta y el alma del Poeta! Y sin embargo, me veo obligado a abalanzarme sobre estas oraciones y, en la medida de mis posibilidades, estropear este ritual en nombre&#8230;, sencillamente en nombre de una rabia elemental que despierta en nosotros cualquier error de estilo, cualquier falsedad, cualquier huida de la realidad. Pero ya que emprendo la lucha contra un campo particularmente ensalzado, casi celestial, debo cuidar de no elevarme yo mismo como un globo y de no perder la tierra firma bajo mis pies.</p>
<p>Supongo que la tesis del presente ensayo: que a casi nadie le gustan los versos y que el mundo de la poesía en verso es un mundo ficticio y falseado, puede parecer tan atrevida como poco seria. Y sin embargo, yo me planto ante vosotros y declaro que a mí los versos no me gustan en absoluto y hasta me aburren. Me diréis quizá que soy un pobre ignorante. Pero, por otra parte, llevo mucho tiempo trabajando en el arte y su lenguaje no me resulta del todo ajeno. Tampoco podéis utilizar contra mí vuestro argumento preferido afirmando que no poseo sensibilidad poética, porque precisamente la poseo y en gran cantidad, y cuando la poesía se me aparece no en los versos, sino mezclada con otros elementos más prosaicos, por ejemplo, en los dramas de Shakespeare, en la prosa de Dostovieski o Pascal, o sencillamente con ocasión de una corriente puesta de sol, me pongo a temblar como los demás mortales. ¿Por qué, entonces, me aburre y me cansa ese extracto farmacéutico llamado “poesía pura”, sobre todo cuando aparece en forma rimada? ¿Por qué no puedo soportar ese canto monótono, siempre sublime, por qué me adormece ese ritmo y esas rimas, por qué el lenguaje de los poetas se me antoja el menos interesante de todos los lenguajes posibles, por qué esa Belleza me resulta tan poco seductora y por qué no conozco nada peor en cuanto estilo, nada más ridículo, que la manera en que los Poetas hablan de sí mismos y de su Poesía?</p>
<p>Pero yo tal vez estaría dispuesto a reconocer una particular carencia mía en este sentido…, si no fuera por ciertos experimentos&#8230;, ciertos experimentos científicos&#8230; ¡Qué maldición para el arte, Bacon! Os aconsejo que no intentéis jamás realizar experimentos en el terreno del arte, ya que este campo no lo admite; toda la pomposidad sobre el tema es posible sólo a condición de que nadie sea tan indiscreto como para averiguar hasta qué punto se corresponde con la realidad. Vaya cosas que veríamos si nos pusiéramos a investigar, por ejemplo, hasta qué punto una persona que se embelesa con Bach tiene derecho de embelesarse con Bach, esto es, hasta qué punto es capaz de captar algo de la música de Bach. ¿Acaso no he llegado a dar (pese a que no soy capaz de tocar en el piano ni siquiera “Arroz con leche”), y no sin éxito, dos conciertos? Conciertos que consistían en ponerme a aporrear el instrumento, tras haberme asegurado el aplauso de unos cuantos expertos que estaban al corriente de mi intriga y tras anunciar que iba a tocar música moderna. Qué suerte que aquellos que discurren sobre el arte con el grandilocuente estilo de Valery no se rebajan a semejantes confrontaciones. Quien aborda nuestra misa estética por este lado podrá descubrir con facilidad que este reino de la aparente madurez constituye justamente el más inmaduro terreno de la humanidad, donde reina el bluff, la mistificación, el esnobismo, la falsedad y la tontería. Y será muy buena gimnasia para nuestra rígida manera de pensar imaginarnos de vez en cuando al mismo Paul Valery como sacerdote de la inmadurez, una cura descalzo y con pantalón corto.</p>
<p>He realizado los siguientes experimentos: combinaba frases sueltas o fragmentos de frases, construyendo un poema absurdo, y lo leía ante un grupo de fieles admiradores como una nueva obra del vate, suscitando el arrobamiento general de dichos admiradores; o bien me ponía a interrogarles detalladamente sobre este o aquel poema, pudiendo así constatar que los admiradores ni siquiera lo habían leído entero. ¿Cómo es eso? ¿Admirar tanto sin siquiera leerlo hasta el final? ¿Deleitarse tanto con la precisión matemática de la palabra poética y no percatarse de que esta precisión está puesta radicalmente patas arriba? ¿Mostrarse tan sabihondos, extenderse tanto sobres estos temas, deleitarse con no sé qué sutilidades y matices, para al mismo tiempo cometer pecados tan graves, tan elementales? Naturalmente, después de cada uno de semejantes experimentos había grandes protestas y enfados, mientras los admiradores  juraban y perjuraban que en realidad las cosas no son así&#8230;, que no obstante&#8230;;pero sus argumentos nada podían contra la dura realidad del Experimento.</p>
<p>Me he encontrado, pues, frente al siguiente dilema: miles de hombres escriben versos; centenares de miles admiran esta poesía; grandes genios se han expresado en verso; desde tiempos inmemoriales el Poeta es venerado, y ante toda esta montaña de gloria me encuentro con mi sospecha de que la misa poética se desenvuelve en un vacío total. Ah, si no supiera divertirme con esta situación, estaría seguramente muy aterrorizado.</p>
<p>A pesar de esto, mis experimentos han fortalecido mis ánimos, y ya con más valor me he puesto a buscar respuesta a esta cuestión atormentadora: ¿por qué no me gusta la poesía pura? ¿Por qué? ¿No será por las mismas razones por las que no me gusta el azúcar en estado puro? El azúcar sirve para endulzar el café y no para comerlo a cucharadas de un plato como natillas. En la poesía pura, versificada, el exceso cansa: el exceso de palabras poéticas, el exceso de metáforas, el exceso de sublimación, el exceso, por fin, de la condensación y de la depuración de todo elemento antipoético, lo cual hace que los versos se parezcan a un producto químico.</p>
<p>El canto es una forma de expresión muy solemne&#8230;Pero he aquí que a lo largo de los siglos el número de cantores se multiplica, y estos cantores al cantar tienen que adoptar la postura del cantor, y esta postura con el tiempo se vuelve cada vez más rígida. Y un cantor excita al otro, uno consolida al otro en su obstinado y frenético canto; en fin, que ya no cantan más que para las multitudes, sino que uno canta el uno para el otro; y entre ellos, surge una pirámide cuya cumbre alcanza los cielos y a la que admiramos desde abajo, desde la tierra, levantando las narices hacia arriba. Lo que iba a ser una elevación momentánea de la prosa se ha convertido en el programa, en el sistema, en la profesión, y hoy en día se es Poeta igual que se es ingeniero o médico. El poema nos ha crecido hasta alcanzar un tamaño monstruoso, y ya no lo dominamos a él, sino él a nosotros. Los poetas se han vuelto esclavos, y podríamos definir al poeta como un ser que no puede expresarse a sí mismo, por qué tiene que expresar el Verso.</p>
<p>Y, sin embargo, no puede haber probablemente en el arte cometido más importante que justamente éste: expresarse a sí mismo. Nunca deberíamos perder de vista la verdad que dice que todo estilo, toda postura definida, se forma por eliminación y en el fondo constituye un empobrecimiento. Por tanto, nunca deberíamos permitir que alguna postura redujera demasiado nuestras posibilidades convirtiéndose en una mordaza, y cuando se trata de una postura falsa, es más, casi pretenciosa, como la de un cantor, con más razón deberíamos andarnos con ojo. Pero nosotros, hasta ahora, en lo que al arte se refiere, dedicamos mucho más esfuerzo y tiempo a perfeccionarnos en uno u otro estilo, en una u otra postura, que a mantener ante ellos una autonomía y libertad interiores, y a elaborar una relación adecuada entre nosotros y nuestra postura  Podría parecer que la Forma es para nosotros un valor en sí mismo, independientemente del grado en que nos enriquece o empobrece. Perfeccionamos el arte con pasión, pero no nos preocupamos demasiado por la cuestión de hasta qué punto conserva todavía algún vínculo con nosotros. Cultivamos la poesía sin prestar atención al hecho de que lo bello no necesariamente tiene que favorecernos. De modo que si queremos que la cultura no pierda todo contacto con el ser humano, debemos  interrumpir de vez en cuando nuestra laboriosa creación y comprobar si lo que creamos nos expresa.</p>
<p>Hay dos tipos contrapuestos de humanismo: uno, que podríamos llamar religioso, trata de echar al hombre de rodillas ante la obra de la cultura humana, nos obliga a adorar y respetar, por ejemplo, la Música o la Poesía, o el Estado, o la Divinidad; pero a estos Dioses y Musas que, al fin y al cabo, son su propia obra. En este último caso, la palabra arte se escribe con minúscula. Es indudable que el estilo capaz de abarcar ambas tendencias es más completo, más auténtico y refleja con más exactitud el carácter antinómico de nuestra naturaleza que el estilo que con un extremismo ciego expresa solamente uno de los polos de nuestros sentimientos. Pero, de todos los artistas, los poetas son probablemente los que con más ahínco se postran de hinojos –rezan más que los otros–, son sacerdotes par excellence y ex professio, y la Poesía así planteada se convierte sencillamente en una celebración gratuita. Justamente es esta exclusividad de lo que hace que el estilo y la postura de los poetas sean tan drásticamente insuficientes, tan incompletos.</p>
<p>Hablemos un momento más sobre el estilo. Hemos dicho que el artista debe expresarse a sí mismo. Pero, al expresarse a sí mismo, también tiene que cuidar que su manera de hablar esté acorde con su situación real en el mundo, debe expresar no solamente su actitud ante el mundo, sino también la del mundo ante él. Si siendo cobarde, adopto un tono heroico, cometo un error de estilo. Pero si me expreso como si fuera respetado y querido por todo el mundo, mientras en realidad los hombres ni me aprecian ni me tienen simpatía, también cometo un error de estilo. Sí, en cambio, queremos tomar conciencia de nuestra verdadera situación en el mundo, no podemos eludir la confrontación con otras realidades diferentes de la nuestra. El hombre formado únicamente en el contacto con los hombres se le parecen, el hombre que es producto exclusivo de su propio ambiente, tendrá un estilo peor y más estrecho que el hombre que ha vivido en ambientes diferentes y ha convivido con gente diversa. Ahora bien, en los poetas irrita no sólo esa religiosidad suya, no compensada por nada, esa entrega absoluta a la Poesía, sino también su política de avestruz en relación con la realidad: porque ellos se defienden de la realidad, no quieren verla ni reconocerla, se abandonan expresamente a un estado de ofuscamiento que no es fuerza, sino debilidad.</p>
<p>¿Es que los poetas no crean para los poetas? ¿Es que no buscan únicamente a sus fieles, es decir, a hombres iguales a ellos? ¿Es que estos versos no son producto exclusivo de un hombre determinado y restringido? ¿Es que son herméticos? Obviamente, no les reprocho  el que sean difíciles, no pretendo que escriban de manera comprensible para todos, ni que sean leídos en las casas campesinas pobres. Sería igual a pretender que voluntariamente renunciaran a los valores más esenciales, como la conciencia, la razón, una mayor sensibilidad y un conocimiento más profundo de la vida y del mundo, para bajar a un nivel medio; ¡oh, no, ningún arte que se respete lo aceptará jamás! Quien es inteligente, sutil, sublime y profundo deber hablar de manera inteligente, sutil y profunda, y quien es refinado debe hablar de un modo refinado, porque la superioridad existe, y no para rebajarse. Por tanto, no es malo que los versos contemporáneos no sean accesibles a cualquiera, lo que sí es malo es que hayan surgido de la convivencia unilateral y restringida de unos mundos y unos hombres idénticos. Al fin y al cabo, yo mismo soy un autor que defiende obstinadamente su propio nivel, pero al mismo tiempo (lo digo para que no se me eche en cara que practico un género que combato), mis obras ni por un momento se olvidan de que fuera de mi mundillo existen otros mundos. Y si no  escribo para el pueblo, no obstante escribo como alguien amenazado por el pueblo o dependiente del pueblo, o creado por el pueblo. Tampoco se me ha pasado nunca por la cabeza adoptar una pose de artista, de escritor, de creador de mundo y reconocido, sino que precisamente represento el papel de candidato a artista, de aquel que sólo desea ser maduro, en una incesante y encarnizada lucha con todo lo que frena mi desarrollo. Y mi arte se ha formado no en contacto con un grupo de gente afín a mí, sino precisamente en relación y en contacto con el enemigo.</p>
<p>¿Y los poetas? ¿Acaso puede salvarse el poema de un poeta si cae en manos  no de un amigo-poeta, sino de un enemigo, un no-poeta? Como cualquier otra expresión, un poema debería ser concebido y realizado de manera que no deshonrara a su propio creador, ni siquiera en el caso de que no tuviese que gustar a nadie. Más aún, es preciso que los poemas no deshonren al creador ni si quiera en el caso de que a él mismo no le gusten. Porque ningún poeta es exclusivamente poeta, y en cada poeta vive un no-poeta que no canta y a quien no le gusta el canto&#8230;; el hombre es algo más vasto que el poeta. El estilo surgido entre los adeptos de una misma religión muere en contacto con la multitud de infieles; es incapaz de defenderse y de lucha; es incapaz de vivir una verdadera vida; es un estilo estrecho.</p>
<p>Permitidme que os muestre la siguiente escena&#8230; Imaginémonos que en un grupo de más de diez personas una de ellas se levanta y se pone a cantar. Su canto aburre a la mayoría de los oyentes; pero el cantante no quiere darse cuenta de ello; no, él se comporta como si encantara a todo el mundo; pretende que todos caigan de rodillas  ante esa Belleza, exige un reconocimiento incondicional a su papel de Vate; y aunque nadie le da mayor importancia a su canto, él adopta una expresión como si su palabra tuviera un significado decisivo para el mundo; lleno de fe en su Misión Poética lanza anatemas, truena, se agita en un vacío; pero, es más, no quiere reconocer ante la gente ni antes sí mismo que este canto le aburre hasta él, le atormenta y le irrita, puesto que él no se expresa de una manera desenvuelta, natural ni directa, sino en una forma heredada de otros poetas, una forma que perdió hace tiempo el contacto con la espontánea sensibilidad humana; y así no sólo canta a la Poesía, sino que también se embelesa con la Poesía; siendo Poeta, adora la grandeza y la importancia del Poeta; no sólo pretende que los demás caigan de rodillas ante él, sino que él mismo cae de rodillas ante sí mismo. ¿No podría decirse de ese hombre que ha decidido llevar un peso excesivo sobre sus espaldas? Puesto que no sólo cree en las fuerzas de la poesía, sino que se obliga a sí mismo a esta fe, no sólo se ofrece a los demás, sino que los obliga a que reciban este don divino como si fuera una hostia. En un estado espiritual tan hermético, ¿dónde puede surgir una grieta por la cual desde el exterior pudiese penetrar la vida? Y la fin y al cabo no hablamos aquí de un cantor de tercera fila, no, todo esto también se refiere a los poetas más célebres, a los mejores.</p>
<p>Si al menos el poeta supiera tratar su canto como una pasión, o como un rito, si al menos cantara como los que tienen que cantar, aun sabiendo que cantan en el vacío. Si en lugar de un orgulloso “yo, poeta” fuese capaz de pronunciar estas palabras con vergüenza o con temor&#8230;o hasta con repulsión&#8230;¡Pero no! ¡El poeta tiene que adorar al  Poeta!</p>
<p>Esta impotencia ante la realidad caracteriza de manera contundente el estilo y la postura de los poetas. Pero el hombre que huye de la realidad ya no encuentra apoyo en nada&#8230;, se convierte en juguete de los elementos. A partir del momento en que los poetas perdieron de vista al ser humano concreto para fijar la mirada en la Poesía abstracta, ya nada pudo frenarlos en la pendiente que conducía directamente al precipicio del absurdo. Todo empezó a crecer espontáneamente. La metáfora, privada de cualquier freno, se desencadenó hasta tal punto que hoy en los versos no hay más que metáforas. El lenguaje se ha vuelto ritual: esas rosas, esos ocasos, esas añoranzas o esos dolores, que antaño poseían cierto frescor, a causa de un uso excesivo se han convertido en sonidos vacíos; y esto mismo se refiere a los más modernos semáforos y demás espirales. El estrechamiento del lenguaje va acompañado del estrechamiento del estilo, lo cual ha provocado el que hoy en día los versos no sean más que una docena de vivencias consagradas, servidas en insistentes combinaciones de un vocabulario mísero. A medida que el Estrechamiento se iba volviendo cada vez más Estrecho, también la Belleza no frenada por nada se volvía cada vez más Bella, la Profundidad cada vez más Profunda, la Nobleza cada vez más Noble, la Pureza cada vez más Pura. Si por un lado el verso, privado de frenos, se ha hinchado hasta alcanzar las dimensiones de un poema gigantesco (similar a una selva conocida de verdad sólo por cuantos exploradores), por otro lado empezó a condensarse reduciéndose a un tamaño ya demasiado sintético y homeopático. Asimismo se empezó a hacer descubrimientos y experimentos con cara de ser los únicos enterados; y, repito, ya nada es capaz de frenar esta aburrida orgía. Porque no se trata aquí de la creación de un hombre para otro hombre, sino de un rito celebrado ante un altar. Y por cada diez versos, habrá al menos uno dedicado a la adoración del Poder de la Palabra Poética o a la glorificación de la vocación de Poeta.</p>
<p>Convengamos que estos síntomas patológicos no son propios únicamente de los poetas. En la prosa esta postura religiosa también ha hecho grandes estragos, y si tomamos por ejemplo obras como La muerte de Virgilio de Broch, Ulises o algunas obras de Kafka, experimentamos la misma sensación: que la eminencia y la grandeza de estas obras se realizan en el vacío, que pertenecen a estos libros que todo el mundo sabe que son grandes&#8230;, pero que de algún modo nos resultan lejanos, inaccesibles y fríos&#8230;, puesto que fueron escritos de rodillas y con el pensamiento puesto no en el lector, sino en el Arte o en toda otra abstracción. Esta prosa surgió del mismo espíritu que ilumina a los poetas, e indudablemente, por su esencia, es prosa poética.</p>
<p>Si dejamos aparte las obras y nos ocupamos de las personas de los poetas y del mundillo que estas personas crean con sus fieles y sus acólitos, nos sentiremos aún más sofocados y aplastados. Los poetas no sólo escriben para los poetas, sino que también se alaban mutuamente y mutuamente se rinden honores unos a otros. Este mundo, o mejor dicho, este mundillo, no difiere mucho de otros mundillos especializados y herméticos: los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen jerarquías, hablan de Capablanca con el mismo sentimiento religioso que los poetas de Mallarmé, y uno reafirma a otro en la convicción de su propia importancia. Pero los ajedrecistas no pretenden tener un papel tan universal, y lo que después de todo no se puede perdonar a los ajedrecistas, se vuelve imperdonable en el caso de los poetas. Como consecuencia de semejante aislamiento, todo aquí se hincha, y hasta los poetas mediocres se hinchan de manera apocalíptica, mientras problemas insignificantes cobran una importancia desorbitada. Recordemos, por ejemplo, las tremendas polémicas acerca del tema de las asonancias, y el tono en que se discutía esta cuestión: parecía entonces que el destino de la humanidad dependiera de si era lícito rimar de forma asonante. Es lo que ocurre cuando el espíritu del gremio llega a dominar el espíritu universal.</p>
<p>Otro hecho no menos vergonzoso es la cantidad de poetas. A todos los excesos mencionados más arriba, hay que añadir el exceso de vates. Estas cifras ultrademocráticas hace explotar desde dentro la orgullosa y aristocrática fortaleza poética; realmente resulta bastante divertido verlos a todos juntos en un congreso; ¡qué multitud de seres más peculiares! Pero ¿es que el arte que se celebra en el vacío  no es el terreno ideal para aquellos que justamente no son nadie, cuya personalidad vacía se desahoga encantada en esas formas limitadas? Y lo que ya es verdaderamente ridículo son esas críticas, esos articulillos, aforismos y ensayos que aparecen en la prensa sobre el tema de la poesía. Eso sí que es vanilocuencia, una vanilocuencia pomposa y tan ingenua, tan infantil, que uno no puede creer que hombres que se dedican a escribir no perciban la ridiculez de semejante publicística. Hasta ahora no han comprendido esos estilistas que de la poesía no se puede escribir en tono poético, por lo que sus gacetillas están repletas de semejantes elucubraciones poetizantes. También es muy grande la ridiculez que acompaña los recitales, concursos y manifiestos, pero supongo que no vale la pena extenderse sobre ello.</p>
<p>Creo haber explicado más o menos por qué la poesía en verso no me seduce. Y por qué los poetas –que se han entregado totalmente a la Poesía y han sometido a esta institución toda su existencia, olvidándose de la existencia del hombre concreto y cerrando los ojos a la realidad– se encuentran (desde hace siglos) en una situación catastrófica. A pesar de las apariencias de triunfo. A pesar de toda la pompa de esta ceremonia.</p>
<p>El simplismo inusitado con que se defienden los poetas (por lo general, hombres nada tontos, aunque ingenuos) cuando se ataca su nuevo arte, sólo se puede explicar por una ceguera voluntaria. Muchos de ellos buscan salvarse argumentando que escriben versos por placer, como si todo su comportamiento no desmintiese semejante afirmación. Los hay que sostienen con toda seriedad que escriben para el pueblo y que sus rebuscados jeroglíficos constituyen el alimento espiritual de las almas sencillas. No obstante, todos creen con firmeza en la resonancia social de la poesía, y desde luego les será difícil comprender cómo se les puede atacar desde este lado. Dirán: –¡Cómo! ¿Acaso puede usted dudar? ¿Es que no ve usted las multitudes que asisten a nuestros recitales? ¿La cantidad de ediciones que consiguen  nuestros volúmenes? ¿Los estudios, los artículos, las disertaciones publicadas sobres nosotros? ¿La admiración que rodea a los poetas famosos? Es usted precisamente quien no quiere ver las cosas como son&#8230;</p>
<p>¿Qué les contestaré? Que todo esto no son más que ilusiones. Es cierto que a los recitales van multitudes, pero también es cierto que incluso un oyente muy culto no es capaz en absoluto de comprender un poema declamado en un recital. Cuántas veces he asistido a estas aburridas sesiones, en que se recitaba un poema tras otro, cuando cada uno de ellos tendría que ser leído con la máxima atención al menos tres veces para poder descifrar por encima su contenido. En cuanto a las ediciones, sabemos que se compran miles de libros para no ser leídos jamás. Sobre la poesía  escriben, como ya hemos dicho, los poetas. ¿Y la admiración? ¿Es que los caballos en las carreras no despiertan todavía más interés?  Pero, ¿qué tiene que ver la afición deportiva con que asistimos a toda clase de rivalidades y todas las ambiciones –nacionales u otras– que acompañan a estas carreras, qué tiene que ver todo esto con una auténtica emoción artística?</p>
<p>Sin embargo, semejante respuesta, aunque justa, no sería suficiente. El problema de nuestra convivencia con  el arte es mucho más profundo y difícil. Y es indudable, al menos a mi parecer, que si queremos entender algo de él, debemos romper totalmente con esta idea demasiado fácil de que el arte nos encanta  y que nos deleitamos con el arte. No, el arte nos encanta sólo hasta cierto punto, mientras que los placeres que nos proporciona son más bien dudosos&#8230;Y ¿acaso puede ser de otra manera, si la convivencia con el gran arte es una convivencia con hombres maduros, de horizontes más vastos y sentimientos más fuertes? No nos deleitamos, más bien tratamos de deleitarnos&#8230;, y no comprendemos&#8230;, sino que tratamos de comprender&#8230;</p>
<p>Qué superficial es el pensamiento para el cual este fenómeno complicado se reduce a una simple fórmula: el arte encanta porque es bello.</p>
<p>–Oh, hay tantos snobs&#8230;, pero yo no soy snob, yo reconozco con franqueza cuando algo no me gusta –dice esta ingenuidad y le parece que con esto todo queda arreglado.</p>
<p>Sin embargo, podemos percibir aquí claramente unos factores que no tiene nada que ver con la estética. ¿Pensáis que si en la escuela no nos hubiesen obligado a extasiarnos con el arte, tendríamos por él, más tarde, tanta admiración, una admiración que nos viene dada? ¿Creéis que si toda nuestra organización cultural no nos impusiera el arte, nos interesaríamos tanto por él? ¿No será nuestra necesidad de mito, de adoración, lo que se desahoga en esta admiración nuestra, y no será que al adorar a los superiores, nos ensalzamos a nosotros mismos? Pero ante todo, estos sentimientos de admiración y de éxtasis, ¿surgen de nosotros o entre nosotros? Si en un concierto estalla una salva de aplausos, eso no quiere decir en absoluto que cada uno de los que aplauden esté entusiasmado. Un tímido aplauso provoca otros, se excitan mutuamente, hasta que por fin se crea una situación en que cada uno tiene que adaptarse interiormente a esta locura colectiva. Todos se comportan como si estuvieran entusiasmados, aunque verdaderamente nadie está entusiasmado, al menos hasta tal punto.</p>
<p>Sería, pues, un error, una ingenuidad lastimosa, pretender que la poesía, o cualquier otro arte, fuera, sencillamente, fuente de placer humano. Y si desde este punto de vista observamos el mundo de los poetas y de sus admiradores, entonces todos sus absurdos y ridiculeces parecerán justificados: pues al parecer tiene que ser así, y está acorde con el orden natural de las cosas, que el arte, igual que el entusiasmo que despierta, sea más bien producto del espíritu colectivo que no una reacción espontánea del individuo.</p>
<p>Y, sin embargo, no. Sin embargo, tampoco este planteamiento logrará salvar a los poetas, ni proporcionar  los colores de la vida y de la realidad a su poesía. Porque si la realidad es precisamente así, ellos no se dan cuenta. Para ellos todo sucede de una manera simple: el cantante canta y el oyente, entusiasmado, escucha. Está claro que si fuesen  capaces de reconocer estas verdades y sacar de ellas todas sus consecuencias, tendría que cambiar radicalmente su misma actitud hacia el canto. Pero podéis estar tranquilos: jamás nada cambiará entre los poetas. Y no os hagáis ilusiones de que ante estas fuerzas colectivas que nos falsean nuestra percepción individual muestren una voluntad de resistencia al menos para que el arte no sea una ficción y una ceremonia, sino una verdadera coexistencia del hombre con el hombre. ¡No, estos monjes prefieren postrarse!</p>
<p>¿Monjes? Eso no quiere decir que yo sea adversario de Dios o de sus numerosas órdenes religiosas. Pero incluso la religión muere desde el momento en que se convierte en un rito. Realmente, sacrificamos con demasiada facilidad en estos altares la autenticidad y la importancia de nuestra existencia.</p>
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<p>por <strong>Witold Gombrowicz</strong></p>
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<h2>Sobre el autor:</h2>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="http://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz2.jpg" alt="" width="150" height="200" class="alignleft size-full wp-image-4075" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz2.jpg 150w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/12/Witold-Gombrowicz2-100x133.jpg 100w" sizes="auto, (max-width: 150px) 100vw, 150px" /><em>WITOLD GOMBROWICZ, Narrador, Ensayista, Dramaturgo polaco nacido el 4 de agosto de 1904 en Maloszyce; cursa estudios de Derecho en la Universidad de Varsovia y se gradúa en 1926. Considerado  tardíamente como uno de los mejores narradores polacos del siglo XX, gran parte de su obra la escribió en Argentina, donde llegó el 21 de agosto de 1939. Sorprendido por la invasión de la Alemania  nazi a su país, hecho que marca el inicio de la segunda guerra mundial, se queda entre nosotros hasta 1963. Había llegado con su novela Ferdydurke bajo el brazo, publicada en Polonia 1937, y se puso a buscar un editor al tiempo que se relacionaba con la intelectualidad local y la colectividad polaca, mientras sobrevivía en pobres pensiones de Buenos Aires. Desde el año 1940 colabora con artículos firmados con seudónimos en el diario La Nación y en revistas como Aquí está y El Hogar. Entre 1957 y 1960 realiza distintos viajes a Tandil y Santiago del Estero, donde espera encontrar  un mejor clima para su dolencia asmática. En 1963 decide regresar a Europa pasando una estadía en Berlín y luego en París. En 1967 resulta candidato al Premio Nobel de literatura. En 1968 se casa en Vence, Francia, con Marie-Rita Labrosse, quien fuera su compañera y secretaria desde 1964. Muere en Vence, a causa de una insuficiencia respiratoria, el 24 de julio de 1969. Ha publicado: Novela: Los Hechizados [1939]; Ferdydurke (1947); Transantlántico [1953]; Pornografía [1960] y Cosmos [1965]; Cuento: Bacacay [1957]; Teatro: Slub (La Boda) [1953]; Yvonne, Princesa de Borgoña [1958]; Ensayo:  Diario argentino [1968]; Memorias: Diarios 1953-1969.</em></p>
<hr />
<p style="font-size:14px;">GOMBROWICZ, Witold. <em>Contra los poetas</em>, Revista Kultura Nº10. París, Jerzy Giedroyc, 1951.</p>
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		<title>El taller literario de cinco minutos (Abelardo Castillo)</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Nov 2018 19:41:03 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El &#250;nico taller literario al que fui dur&#243; cinco minutos, yo ten&#237;a diecis&#233;is a&#241;os. Hab&#237;a escrito un cuento largu&#237;simo que se llamaba &#8220;El &#250;ltimo poeta&#8221;. Y fui a le&#233;rselo a un viejo, muy raro y muy sabio, que viv&#237;a en San Pedro, Bosio Arnaes, que parec&#237;a un b&#250;ho. Hab&#237;a escrito&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/11/Abelardo-Castillo2.jpg" alt="" width="1200" height="676" class="aligncenter size-full wp-image-3925" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/11/Abelardo-Castillo2.jpg 1200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/11/Abelardo-Castillo2-200x113.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/11/Abelardo-Castillo2-444x250.jpg 444w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/11/Abelardo-Castillo2-435x245.jpg 435w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></p>
<p>El único taller literario al que fui duró cinco minutos, yo tenía dieciséis años. Había escrito un cuento larguísimo que se llamaba &#8220;El último poeta&#8221;. Y fui a leérselo a un viejo, muy raro y muy sabio, que vivía en San Pedro, Bosio Arnaes, que parecía un búho. Había escrito una novela inmensa sobre los isleños. Una de las últimas veces que lo vi estaba estudiando ruso para leer a Dostoievski en ruso; la última, casi ciego, lo estaba leyendo en ruso. Recuerdo su mesa llena de papeles y de mapamundis. Lo que voy a decir ahora ya lo conté muchas veces, y hasta lo escribí, pero ya que estoy lo vuelvo a contar. A la gente le gusta que le cuenten siempre lo mismo, por eso existe la literatura. La cosa es que voy a la casa de Bosio Arnaes y le leo el principio de mi cuento, que empezaba así: <em>&#8220;Por el sendero venía avanzando, el viejecillo&#8221;</em>. Y fue todo lo que leí, porque me paró y me dijo: &#8220;¿Por qué sendero y no camino? ¿Por qué en lugar de &#8216;avanzando&#8217; no ponemos &#8216;caminando&#8217;? La gente no avanza, camina. ¿Por qué &#8216;viejecillo&#8217; y no &#8216;viejito&#8217; o &#8216;viejo&#8217; o &#8216;anciano&#8217;? ¿Por qué &#8216;el&#8217; viejecillo y no &#8216;un&#8217; viejecillo, dado que no conocíamos el personaje?&#8221; Y cuando yo ya pensaba que era imposible cometer tantos errores en una frase tan corta, me preguntó por qué no lo había escrito, por lo menos en el sentido gramatical lógico: <em>&#8220;El viejecillo venía avanzando por el sendero&#8221;</em>. Yo era muy joven y arrogante, mi única respuesta fue &#8220;porque ese es mi estilo, señor&#8221;. El viejo me miró largo y dijo: &#8220;Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir&#8221;. Ese fue mi único taller literario, cinco minutos de duración. Desde entonces creo que corregir es un trabajo de humildad, arriesgarse a descubrir que aquello que escribiste puede no ser estupendo sino más bien un mamarracho.</p>
<p><em>Abelardo Castillo</em></p>
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		<title>Diez tips para escribir (Fabián Casas)</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Aug 2018 02:06:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Fabián Casas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Fabi&#225;n Casas Mi amigo Duncan siempre me dice que puede ver el futuro. &#8220;Te va a pasar esto o lo otro&#8221;, me dice e, invariablemente, acierta. Me acuerdo que una vez Le&#243;nidas Lamborghini, ni bien hab&#237;a llegado de M&#233;xico, me dijo que la poes&#237;a ten&#237;a una potencia oracular. Ahora&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/fabian-casas.jpg" alt="" width="1020" height="560" class="aligncenter size-full wp-image-3818" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/fabian-casas.jpg 1020w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/fabian-casas-200x110.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/fabian-casas-455x250.jpg 455w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/fabian-casas-435x239.jpg 435w" sizes="auto, (max-width: 1020px) 100vw, 1020px" /></p>
<p><em>Por Fabián Casas</em></p>
<p style="text-align:left;">Mi amigo Duncan siempre me dice que puede ver el futuro. “Te va a pasar esto o lo otro”, me dice e, invariablemente, acierta. Me acuerdo que una vez Leónidas Lamborghini, ni bien había llegado de México, me dijo que la poesía tenía una potencia oracular. Ahora mi amigo Duncan tiene que terminar un libro y me pidió “unos tips para escribir cuando no pueda escribir”. Así que estos apuntes son una carta para un joven profeta. Ahí van Duncan.</p>
<p style="text-align:left;">Uno: escribir como si tu lector no fuera a surgir en el tiempo que te toque vivir, eso es liberador. Dos: abandonar cualquier pretensión de originalidad. Tomar un autor que te guste y copiarlo hasta que lo deformes. Tres: si lo que escribís te parece muy literario, es posible que estés exportando una imagen de la literatura a otra de la literatura: eso hace que las imágenes acoplen y se llama “matrimonio de primos”. Me explico mejor: en el cuento “Palo y Hueso”, Saer describe la luz que da un farol en una cabaña de la costa. Eso no lo sacó de la literatura, porque uno siente que Saer lo vivió. Cuatro: de los escritores que uno lee, no es tan importante ni el contenido ni la forma en que escriben, sino la operación mental. Así Armando Bo hace llegar a Isabel Sarli a París en un tren del Conurbano nuestro. Cinco: lo que hace Bo es hacer funcionar la realidad a favor, como Aira, Rejtamn, Uhart, etc. Seis: ahora está surgiendo un lenguaje inclusivo, esperar hasta que se hornee bien: hay que ser políticamente concreto pero no políticamente correcto. Siete: si te estancás en el medio de un párrafo porque no podés sacar a un personaje de una habitación, contale a alguien lo que querés hacer y escuchá lo que decís. Después ponelo en el papel. Ocho: para escribir es fundamental “tener experiencia”, es decir, aceptar que sos mortal y que las cosas que ves, oís y tocás van a desaparecer con vos. Nueve: primero hay que ser un lector creativo para después poder escribir. Hay que escribir –como Pierre Menard– mientras lees. Diez: suerte.</p>
<hr />
<p>Fuente: <a href="http://www.perfil.com/noticias/columnistas/diez-tips-para-escribir.phtml" target="_blank">www.perfil.com</a></p>
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		<title>Paul Auster en la Feria del Libro 2018: tips de escritura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Jul 2018 02:09:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Paul Auster]]></category>
		<category><![CDATA[Tips de escritura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En abril de 2018, Paul Auster, el escritor estadounidense, visit&#243; la Feria del Libro en la Rural para presentar en la Sala Jos&#233; Hern&#225;ndez su &#250;ltima novela, titulada 4321, publicada en Buenos Aires por Seix Barral. Durante la charla que mantuvo con Carlos Guyot (que ofici&#243; de anfitri&#243;n) y que&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/Paul-Auster.jpg" alt="" width="930" height="525" class="aligncenter size-full wp-image-3796" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/Paul-Auster.jpg 930w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/Paul-Auster-200x113.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/Paul-Auster-443x250.jpg 443w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/Paul-Auster-435x246.jpg 435w" sizes="auto, (max-width: 930px) 100vw, 930px" /></p>
<p style="text-align:left;">En abril de 2018, Paul Auster, el escritor estadounidense, visitó la Feria del Libro en la Rural para presentar en la Sala José Hernández su última novela, titulada <em>4321</em>, publicada en Buenos Aires por Seix Barral.</p>
<p style="text-align:left;">Durante la charla que mantuvo con Carlos Guyot (que ofició de anfitrión) y que se prolongó por más de una hora, habló de su trabajo como escritor, hizo algunas reflexiones sobre su concepto de literatura y tiró algunos tips de escritura:</p>
<p style="text-align:left;">Ante la pregunta de Guyot, que quiso saber cómo se le había ocurrido la idea para esta novela, que narran las cuatro vidas posibles de un mismo personaje. Paul Auster dijo: <em>“Estaba tomando té y leyendo el New York Times cuando una idea formal llegó a mi mente: la de escribir cuatro versiones de una misma persona. Una hora después ya conocía a mi protagonista, Archie Ferguson. Fue todo tan rápido que creo que en mi inconsciente el libro estaba resuelto y yo no me había dado cuenta”</em>.</p>
<blockquote><p>
&#8220;Hay novelistas que planean todo de antemano, pero para mí eso destruye la aventura. Creo que la espontaneidad es algo muy precioso para el escritor”
</p></blockquote>
<p style="text-align:left;">Contó que al principio se le había ocurrido contar la vida entera del personaje principal, Ferguson, pero se dió cuenta que si contaba solamente sus primeros 20 años: <em>“Los más tumultuosos y extraordinarios que tenemos”</em>, la historia sería mucho más interesante. Dijo: <em>“Siempre improvisé. Tenía una idea general de lo que quería hacer, y fui descubriendo el libro a medida que lo escribía. Hay novelistas que planean todo de antemano, pero para mí eso destruye la aventura. Creo que la espontaneidad es algo muy precioso para el escritor”</em>.</p>
<p style="text-align:left;">En total le llevó tres años y medio terminar a novela, y contó cómo fue el proceso de escribirla: <em>“Todos los días alrededor de las 8.30 ya estaba en mi estudio. Suelo dar muchas vueltas; moverme me ayuda a generar palabras, a encontrar el ritmo de las oraciones. Trabajo párrafo por párrafo; para mí la unidad mínima de la composición de la ficción es el párrafo, no la oración. De modo que los voy trabajando uno a uno, cosa que puede llevarme una hora, un día o toda una semana. Una vez que me parece que está listo, lo tipeo en máquina de escribir, lo reviso, lo meto en una carpeta de manuscritos corregidos y me pongo a trabajar en otro párrafo”</em>.</p>
<p style="text-align:left;">Auster explicó que la razón por la que escribió <em>4321</em> a un ritmo furioso pudo tener que ver con haber superado la edad que tenía su padre al morir. <em>“Al cumplir 66 me pareció extraño, casi antinatural, llegar a ser más viejo que mi padre. Durante varios meses pensé que tal vez me iba a a pasar lo mismo que a él e iba a morirme también, de un momento a otro. Empecé el libro un mes después de mi cumpleaños. Y como sabía que iba a ser un libro largo pensé que no me convenía morirme en la página 500”</em>.</p>
<p style="text-align:left;">En cuanto a los temas que le interesan para escribir, habló de lo que el llama &#8220;el azar de lo inesperado&#8221;. Dijo: <em>“Creo que lo que más me interesa no es la metafísica del azar sino cómo funciona en el mundo real. Es muy significativo que lo inesperado suceda con tanta regularidad en nuestras vidas; es lo que llamo &#8216;la mecánica de la realidad&#8217;. A veces lo inesperado es lo mejor que puede pasarte y a veces lo peor y más trágico. El 10 de septiembre de 2001, nadie en Nueva York se fue a la cama pensado que la ciudad iba a ser atacada con aviones al día siguiente. Siempre intento incorporar esas experiencias en mis libros, no porque sean mágicas o místicas, sino porque así es como funciona el mundo”</em>.</p>
<p style="text-align:left;">Sobre la tarea de escribir, dijo: <em>“La única manera de hacerlo es dejarte de lado, dejar que el ego desaparezca, no pensar en vos sino en el libro, en sus lugares, palabras y personajes. Es una suerte de trance y es necesario estar relajado. Si estás tenso y te resistís, no vas a poder sentir al mundo de afuera ni ser capaz de expresarlo desde adentro”</em>.</p>
<hr />
<p>Foto de Pedro Lázaro Fernández</p>
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		<title>El adjetivo y sus arrugas (Alejo Carpentier)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Apr 2018 14:20:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Alejo Carpentier]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poes&#237;a, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal dep&#243;sito sin haber dejado mayores huellas en una p&#225;gina. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier.jpg" alt="" width="755" height="490" class="aligncenter size-full wp-image-3738" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier.jpg 755w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier-200x130.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier-385x250.jpg 385w" sizes="auto, (max-width: 755px) 100vw, 755px" /></p>
<p style="text-align:left;">Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: &#8220;Dime con quién andas&#8230;&#8221;, &#8221; Tanto va el cántaro a la fuente&#8230;&#8221;, &#8221; El muerto al hoyo&#8230;&#8221;, etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.</p>
<p style="text-align:left;">El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación –sincera o fingida– tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse &#8220;un tono de época&#8221;. Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.</p>
<p style="text-align:left;">Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.</p>
<p style="text-align:left;">Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.</p>
<hr />
<h2>Sobre Alejo Carpentier:</h2>
<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier-2-89x133.jpg" alt="" width="89" height="133" class="alignleft size-medium wp-image-3739" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier-2-89x133.jpg 89w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier-2-168x250.jpg 168w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/04/Alejo-Carpentier-2.jpg 300w" sizes="auto, (max-width: 89px) 100vw, 89px" /><em>Alejo Carpentier y Valmont (Lausana, Suiza, 26 de diciembre de 1904 &#8211; París, Francia, 25 de abril de 1980) fue un escritor cubano que influyó notablemente en la literatura latinoamericana durante su período de auge. El propósito central de su obra fue acaso cambiar la perspectiva del lector, trasladarlo hasta un universo más amplio, un cosmos donde la tragedia personal queda adormecida dentro de un conjunto que, aun siendo sencillo, es mucho más vasto y profundo. Entre sus libros más fomosos se encuentran </em>El reino de este mundo<em> y </em>El Siglo de las Luces<em>.</em></p>
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		<title>11 tips de escritura (Henry Miller)</title>
		<link>https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/11-tips-de-escritura-henry-miller</link>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 10 Feb 2018 23:14:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[consejos]]></category>
		<category><![CDATA[Henry Miller]]></category>
		<category><![CDATA[Tips de escritura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>1. Trabaj&#225; en una cosa a la vez hasta terminarla. 2. No empieces nuevos libros, no agregues nuevo material a Primavera negra*. 3. No te pongas nervioso. Trabaj&#225; tranquilo, con alegr&#237;a, y hasta con imprudencia, en lo que sea que tengas entre manos. 4. Trabaj&#225; de acuerdo a un programa&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller-big.jpg" alt="" width="1200" height="675" class="aligncenter size-full wp-image-3554" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller-big.jpg 1200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller-big-200x113.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller-big-444x250.jpg 444w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></p>
<p>1. Trabajá en una cosa a la vez hasta terminarla.<br />
2. No empieces nuevos libros, no agregues nuevo material a <em>Primavera negra*</em>.<br />
3. No te pongas nervioso. Trabajá tranquilo, con alegría, y hasta con imprudencia, en lo que sea que tengas entre manos.<br />
4. Trabajá de acuerdo a un programa y no al estado de tu ánimo. ¡Pará en el momento planeado!<br />
5. Aunque no puedas crear podés trabajar igual.<br />
6. Pavimentá un poco todos los días, en lugar de agregar nuevos fertilizantes.<br />
7. ¡Mantenete humano! Vé gente, salí a lugares, tomate unos tragos si tenés ganas.<br />
8. ¡No seas un caballo de tiro! Trabajá sólo con placer.<br />
9. Descartá lo programado cuando desees pero seguilo otra vez al día siguiente. Condensa. Acorta. Excluye.<br />
10. Olvidate del libro que querés escribir. Pensá solamente en el libro que estás escribiendo.<br />
11. Escribir está primero siempre. Pintar, música, amigos, cine, todo eso viene después.</p>
<hr />
<p>Extracto del libro <em>Henry Miller on Writing</em>. Traducción de J.S.B.<br />
*Henry Miller escribió una novela llamada &#8220;Primavera Negra&#8221;, una suerte de nexo entre sus dos Trópicos. Al parecer este segundo consejo se lo está dando a sí mismo.</p>
<h3>Sobre el autor:</h3>
<p style="text-align:left;"><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller.jpg" alt="" width="150" height="193" class="alignleft size-full wp-image-3553" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller.jpg 150w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2018/02/Henrry-Miller-103x133.jpg 103w" sizes="auto, (max-width: 150px) 100vw, 150px" /><em>Henry Miller creó un nuevo género literario: la novela semi-autobiográfica, que mezcla narrativa con filosofía, misticismo y crítica social. Por supuesto, condimentado también con descarnadas escenas sexuales, por lo que sus libros estuvieron censurados hasta 1961 aproximadamente. Su obras más conocidas son:</em> Trópico de Capricornio, Trópico de Cáncer, Primavera Negra, La crucificción rosa.</p>
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		<title>Sobre la novela y el cuento corto (Philip K. Dick)</title>
		<link>https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/sobre-la-novela-y-el-cuento-corto-philip-k-dick</link>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Dec 2017 00:31:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Philip K. Dick]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La diferencia entre un relato corto y una novela reside en lo siguiente: un relato corto puede tratar de un crimen; una novela trata del criminal, y los hechos derivan de una estructura psicol&#243;gica que, si el escritor conoce su oficio, habr&#225; descrito previamente. Por consiguiente, la diferencia entre un&#8230;</p>
<p>La entrada <a href="https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/sobre-la-novela-y-el-cuento-corto-philip-k-dick">Sobre la novela y el cuento corto (Philip K. Dick)</a> se publicó primero en <a href="https://www.multiversos.com.ar">Multiversos</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick.jpg" alt="" width="800" height="410" class="aligncenter size-full wp-image-3505" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick.jpg 800w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-200x103.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-488x250.jpg 488w" sizes="auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px" /></p>
<p style="text-align:left;">La diferencia entre un relato corto y una novela reside en lo siguiente: un relato corto puede tratar de un crimen; una novela trata del criminal, y los hechos derivan de una estructura psicológica que, si el escritor conoce su oficio, habrá descrito previamente. Por consiguiente, la diferencia entre un relato corto y una novela no es muy grande; por ejemplo, La larga marcha, de William Styron, se ha publicado ahora como «novela corta», cuando fue publicada por primera vez en Discovery como «relato largo». Esto significa que si lo leen en Discovery están leyendo un relato, pero si compran la edición de bolsillo van a leer una novela. Con eso basta.</p>
<p style="text-align:left;">Las novelas cumplen una condición que no se encuentra en los relatos cortos: el requisito de que el lector simpatice o se familiarice hasta tal punto con el protagonista que se sienta impulsado a creer que haría lo mismo en sus circunstancias… o, en el caso de la narrativa escapista, que le gustaría hacer lo mismo. En un relato no es necesario crear tal identificación, pues 1) no hay espacio suficiente para proporcionar tantos datos y 2) como se pone el énfasis en los hechos, y no en el autor de los mismos, carece realmente de importancia —dentro de unos límites razonables, por supuesto— quién es el criminal. En un relato, se conoce a los protagonistas por sus actos; en una novela sucede al revés: se describe a los personajes y después hacen algo muy personal, derivado de su naturaleza individual. Podemos afirmar que los sucesos de una novela son únicos, no se encuentran en otras obras; sin embargo, los mismos hechos acaecen una y otra vez en los relatos hasta que, por fin, se establece un código cifrado entre el lector y el autor. No estoy seguro de que esto sea especialmente negativo.</p>
<p style="text-align:left;">Además, una novela, en particular una novela de ciencia ficción, crea todo un mundo, aderezado con toda clase de detalles insignificantes…, insignificantes, quizá, para describir los personajes de la novela, pero vitales para que el lector complete su comprensión de todo ese mundo ficticio. En un relato, por otra parte, usted se siente transportado a otro mundo cuando los melodramas se le vienen encima desde todas las paredes de la habitación… como describió una vez Ray Bradbury. Este solo hecho catapulta el relato hacia la ciencia ficción.</p>
<p style="text-align:left;">Un relato de ciencia ficción exige una premisa inicial que le desligue por completo de nuestro mundo actual. Toda buena narrativa ha de llevar a cabo esta ruptura, tanto en la lectura como en la escritura. Hay que describir un mundo ficticio totalmente. Sin embargo, un escritor de ciencia ficción se halla sometido a una presión más intensa que en obras como, por ejemplo, Paul’s Case o Big Blonde, dos variedades de la narrativa general que siempre permanecerán con nosotros.</p>
<p style="text-align:left;">En los relatos de ciencia ficción se describen hechos de ciencia ficción; en las novelas de este tema se describen mundos. Los relatos de esta colección describen cadenas de acontecimientos. El nudo central de los relatos es una crisis, una situación límite en la que el autor involucró a sus personajes, hasta tal extremo que no parece existir solución. Y luego, por lo general, les proporciona una salida. Sabe proporcionarles una salida; es lo único importante. Sin embargo, los acontecimientos de una novela están tan enraizados en la personalidad del protagonista que, para sacarle de sus apuros, debería volver atrás y reescribir su personaje. Esta necesidad no se encuentra en un relato, sobre todo cuanto más breve sea (relatos largos como Muerte en Venecia, de Thomas Mann, o la obra de Styron antes citada son, en realidad, novelas cortas). De todo esto se deduce por qué los escritores de ciencia ficción pueden escribir cuentos pero no novelas, o novelas pero no cuentos: todo puede ocurrir en un cuento; el autor adapta sus personajes al tema central. El cuento es mucho menos restrictivo que una novela, en términos de acontecimientos. Cuando un escritor acomete una novela, ésta empieza poco a poco a encarcelarle, a restarle libertad; sus propios personajes se rebelan y hacen lo que les apetece… no lo que a él le gustaría que hicieran. En ello reside la solidez de una novela, por una parte, y su debilidad, por otra.</p>
<p style="text-align:right;"><em>Philip K. Dick (1968)</em></p>
<hr />
<p>DICK, P.K., Cuentos Completos I, Minotauro, Barcelona, 2005.</p>
<h3>Sobre Philip K. Dick:</h3>
<p style="text-align:left;"><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-small-188x250.jpg" alt="" width="188" height="250" class="alignleft size-large wp-image-3506" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-small-188x250.jpg 188w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-small-100x133.jpg 100w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-small-200x266.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/12/philip-k-dick-small.jpg 275w" sizes="auto, (max-width: 188px) 100vw, 188px" /><em>El escritor norteamericano, Philip K. Dick es conocido por sus novelas y relatos de ciencia ficción, muchas de las cuales han sido llevadas al cine, destacando títulos como Blade Runner</em> (&#8220;Sueñan los androides con ovejas eléctricas&#8221;), Una mirada a la oscuridad, Paycheck o Desafío Total<em>, entre otras.<br />
Dick está considerado como uno de los grandes autores de la segunda mitad del siglo XX, siendo ganador de premios tan prestigiosos como el Hugo, que recibió por su magistral ucronía</em> El hombre en el castillo<em>, el John W. Campbell, varios Gigamesh o un BASFA.<br />
Nacido en una familia de clase media, Dick estudió sin graduarse en la Universidad de Berkeley, donde colaboró en programas de radio y se introdujo en el mundo de la contracultura y el movimiento Beat.<br />
Pese al premio Hugo de 1963, Dick fue considerado en vida como un autor de culto y poco conocido para el gran público. Sus obras no le permitieron una independencia económica solvente pese a los más de 120 relatos que llegó a publicar.<br />
La última parte de su obra escrita estuvo muy influida por una serie de visiones que, unidos a ciertos problemas psicológicos, le hicieron creer que estaba en contacto con una entidad divina a la que llamó SIVAINVI (VALIS). En sus últimos años, Dick mostró síntomas de una paranoia aguda, obsesión que se ve también reflejada en obras como</em> Una mirada a la oscuridad.<br />
<em>Philip K. Dick murió el 2 de marzo de 1982 en Santa Ana</em></p>
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		<title>Sobre la Poesía (Juan José Saer)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 15 Sep 2017 22:57:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Juan José Saer]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_3451" aria-describedby="caption-attachment-3451" style="width: 800px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/09/juan-josé-saer-sobre-la-poesía.jpg" alt="" width="800" height="420" class="size-full wp-image-3451" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/09/juan-josé-saer-sobre-la-poesía.jpg 800w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/09/juan-josé-saer-sobre-la-poesía-200x105.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/09/juan-josé-saer-sobre-la-poesía-476x250.jpg 476w" sizes="auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px" /><figcaption id="caption-attachment-3451" class="wp-caption-text">Foto: Ulf Andersen/AURIMAGES/AFP</figcaption></figure>
<p style="text-align:left;">Nacemos a la historia. Después, lentamente, descubrimos la naturaleza. En la infancia nos consideramos inmortales porque se nos ha inculcado una historicidad primitiva, salvaje; una historicidad que lo inunda todo, sin fisuras, sin grietas, nos veda la perspectiva imaginaria de la muerte. La naturaleza es nuestra primera prohibición y son necesarios el aprendizaje y la experiencia para descubrir que había permanecido siempre ahí, que coexistía con la falsa historicidad.</p>
<p style="text-align:left;">La poesía es naturaleza, no lenguaje. El lenguaje es su opresión. Cuando despertamos a la poesía, ya estamos dentro del lenguaje. No nos imaginamos la poesía más que como lenguaje porque comenzamos a concebirla dentro de él. A su vez, el lenguaje nace en el interior de la historia, constreñido por ella. La poesía busca en el lenguaje esos sedimentos, esas puertas que persisten en él y permiten el acceso a la naturaleza. La poesía tiende a borrar la historicidad del lenguaje. Toda poesía es un palimpsesto en el que se superponen y se confunden naturaleza e historia. Pero es únicamente a través de la lectura que el lenguaje de la poesía reencuentra su historicidad.</p>
<p style="text-align:left;">No hay por lo tanto crítica de la poesía, sino crítica de su lectura. Hay también que la lingüística no podrá entrar nunca en relación con la poesía, sino con las relaciones entre la poesía y la historicidad del lenguaje. La crítica de la poesía y la lingüística, del mismo modo que la política, son disciplinas de los términos medios.</p>
<p style="text-align:left;">La historia no coexiste simplemente con la naturaleza: la suplanta de un modo abusivo. La poesía, al regresar continuamente a la naturaleza, distinguiéndose por su ahistoricidad peculiar, no quiere negar la historia, sino confirmar la realidad de esa suplantación y verificar sus fundamentos. La conducta poética quiere replantear el lugar de la naturaleza en el interior de la historia, mostrando el equilibrio o la violación de sus relaciones. La finalidad de la poesía consiste en intentar recoger una naturaleza cruda, en estado puro, por decirlo de alguna manera, por usar una imagen mediadora.</p>
<p style="text-align:left;">Para la conducta poética, la naturaleza es una historia desembarazada de la costumbre histórica. Es un extrañamiento. Asalta al poeta. En ese extrañamiento, el poeta realiza la negación de la negación por la cual la historia había incorporado la naturaleza, suplantándola por una síntesis más rica. A través de la conciencia peculiar del extrañamiento, la historia se convierte a su vez en naturaleza, por un momento. Cuando tomo conciencia de que estoy aquí tratando de escribir lo que pienso sobre poesía, mi actividad se separa de la historia, se hunde en la naturaleza, y quedan únicamente la mano que se mueve, en silencio, el sonido crudo de la pluma y la gesticulación de una escritura que no resuena. Me hundo yo mismo en el abismo de la naturaleza. En el extrañamiento, la naturaleza inunda también la luz muda de las catedrales, el maremágnum del saber, el rumor quieto de la muchedumbre. La función de la poesía es también revelar la realidad de ese hundimiento. Casi siempre, el dolor acompaña esa revelación.</p>
<p style="text-align:left;">Del gran edificio de la poesía y del lenguaje, la crítica y la lingüística trabajan en la pared histórica. Son, por lo tanto, superficiales, no, desde luego, en el sentido de frívolas y también, en cierto modo, positivas (positivistas).Vale decir que van contra la poesía. Para que la poesía se haga evidente, es necesario que su lectura desencadene a su vez un extrañamiento, lo que atenta, en la lectura crítica y lingüística, contra el prejuicio de la razón. Según la crítica y la lingüística la historia es una pared compacta pero ciega. Consumidoras en el sentido peyorativo del término, la lingüística y la crítica transforman la poesía en una textura árida que, ciega ella misma, condensa una luz que es mala y enceguece a su vez a los que miran. Es la imagen de una historicidad falsa rebotando contra sí misma; es una historicidad narcisista. Para ser verdadera, la historicidad debe revelar su carga de naturaleza, debe saber que la naturaleza está en ella y la sostiene. Para enfrentar la poesía, para reencontrarla más allá de la historicidad del lenguaje, debo, por lo tanto, y no voluntariamente, poner en suspenso la crítica y la lingüística. Y no voluntariamente: vale decir, porque he sentido en mí mismo la extrañeza, voy hacia la poesía, me “apoyo” en ella, para recuperar otra vez el equilibrio que la extrañeza había negado. “Mi único apoyo es la poesía”, “tal poeta me sostiene”: vulgaridades, “literatura”, que quieren decir: de la vacilación y del terror, del gusto de la ceniza de un cosmos que se incendia y desaparece en la percepción del momento en que estoy aquí, soy sostenido por la poesía que ha recuperado, por medio del lenguaje, el equilibrio de la historia y de lo insondable.</p>
<p style="text-align:left;">La falsedad de la crítica es una falsedad banal, ya que no roza a la poesía y propende a la sociabilidad. Desde el momento en que habla, la crítica habla de sí misma. No se puede hablar de la poesía. La crítica habla de sí misma desde el momento en que habla de lo que le dio origen, es decir, de la sociabilidad, que es el grado extremo de la historicidad, su casquete polar. Habla, para decirlo invirtiendo la imagen, de la historicidad cruda. La abstracción no es el reino de la poesía, y la historia desembarazada de la naturaleza es una abstracción.</p>
<p style="text-align:left;">Baudelaire despreciaba a Hegesippo Moreau porque lloriqueaba, porque no hablaba del verdadero dolor. Vale decir, porque notaba en él la ausencia de la disciplina inherente a la pretensión de convertir la poesía —el extrañamiento— en lenguaje. Hegesippo escapaba al abismo con la máscara, eludía hablar del “tema” porque quería eludir pensar en él. La gran poesía es el resultado de una elección del dolor, una búsqueda, una disciplina de la extrañeza que lo borra todo, que consume el mundo, lo sumerge en la oscuridad y lo rescata lavado y nítido para una historicidad más alta, menos primitiva. Hegesippo vivía, sin asumirlo, el abismo de Baudelaire. En rigor de verdad, la poesía es “hecha por todos” porque la poesía está en todos.</p>
<p style="text-align:right;">(1968)</p>
<hr />
<p>SAER, J.J., (2014), <em>El concepto de ficción</em>, Buenos Aires, Seix Barral.</p>
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		<title>Carta a un joven escritor (Arturo Pérez-Reverte)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 29 Jul 2017 01:10:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/Arturo-Pérez-Reverte.jpg" alt="" width="800" height="535" class="aligncenter size-full wp-image-3417" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/Arturo-Pérez-Reverte.jpg 800w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/Arturo-Pérez-Reverte-200x134.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/Arturo-Pérez-Reverte-374x250.jpg 374w" sizes="auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px" /></p>
<p style="text-align:left;">Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito —quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso— que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.</p>
<p style="text-align:left;">Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro —Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas—, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas.</p>
<blockquote><p>
&#8220;Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí.&#8221;
</p></blockquote>
<p style="text-align:left;">Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. No te doy nombres, pero basta con que mires alrededor, tanta joven promesa de hace unos años convertida en triste presente. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso. No fue el mío, desde luego, ni es el de casi nadie.</p>
<p style="text-align:left;">No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.</p>
<blockquote><p>
&#8220;Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto.&#8221;
</p></blockquote>
<p style="text-align:left;">Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos —los hay nobles e innobles—, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.</p>
<p style="text-align:left;">Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando. Y recuerda un principio básico: un buen escritor, si tiene talento, tenga éxito o no lo tenga, es aquél que se muestra a sí mismo en su obra. Un mal escritor es el que muestra a todos aquellos escritores que le gustaría ser, y no puede.</p>
<blockquote><p>
&#8220;Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas.&#8221;
</p></blockquote>
<p style="text-align:left;">Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas. Leer te mantiene afiladas las herramientas, lúcida la mirada, fértil la mente. Y a tu edad es más que una necesidad básica; es un requisito imprescindible. Durante toda su vida, hasta el final, un escritor necesita a sus maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas, por supuesto, tiene excusa para ignorar.</p>
<p style="text-align:left;">Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea —relato, éste, de una modernidad asombrosa— y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador —el astuto Ulises— buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.</p>
<blockquote><p>
&#8220;Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo.&#8221;
</p></blockquote>
<p style="text-align:left;">Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 500 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio.</p>
<p style="text-align:left;">Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.</p>
<blockquote><p>
&#8220;Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.&#8221;
</p></blockquote>
<p style="text-align:left;">La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía.</p>
<p style="text-align:left;">Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.</p>
<p style="text-align:left;">Y sobre todo, recuerda cuál es la clave maestra de todo: un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Lo demás son cuentos chinos. Si no tienes nada que contar o si no sabes cómo hacerlo, dedícate a otra cosa. Te ahorrarás perder el tiempo y hacérnoslo perder a los lectores. Al fin y al cabo, escribir no es obligatorio. Nadie te fuerza a ello.</p>
<p>Suerte, amigo mío. Tanta como merezcas. Y te mando un abrazo.</p>
<p><strong>Arturo Pérez-Reverte</strong><br />
(Publicado en <a href="https://www.zendalibros.com/carta-joven-escritor/" target="_blank">Zenda.com</a>, Copyright©Ruritania Editores S.L.)</p>
<h3>Sobre el Autor:</h3>
<p style="text-align:left;"><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/arturo-perez-reverte-177x133.jpg" alt="" width="177" height="133" class="alignleft size-medium wp-image-3418" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/arturo-perez-reverte-177x133.jpg 177w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/arturo-perez-reverte-333x250.jpg 333w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/arturo-perez-reverte-200x150.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/07/arturo-perez-reverte.jpg 400w" sizes="auto, (max-width: 177px) 100vw, 177px" /><em>Arturo Pérez-Reberte es Editor y cofundador de Zenda. Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años. Con más de quince millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, muchas de sus novelas han sido llevadas al cine y a la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española.</em></p>
<hr />
<p>Este artículo se publicó, en dos partes, en julio de 2010 en la revista <a href="www.xlsemanal.com" target="_blank">XL Semanal</a>.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/carta-a-un-joven-escritor-arturo-perez-reverte">Carta a un joven escritor (Arturo Pérez-Reverte)</a> se publicó primero en <a href="https://www.multiversos.com.ar">Multiversos</a>.</p>
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		<title>Poesía y prosa (Abelardo Castillo)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 11 Jun 2017 02:24:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Abelardo Castillo]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/abelardo-castillo.jpg" alt="" width="590" height="368" class="aligncenter size-full wp-image-3374" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/abelardo-castillo.jpg 590w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/abelardo-castillo-200x125.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/06/abelardo-castillo-401x250.jpg 401w" sizes="auto, (max-width: 590px) 100vw, 590px" /></p>
<p style="text-align:left;">Desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos. Leopoldo Marechal solía recordar que, para Aristóteles, todos los géneros de la literatura son géneros de la poesía, y Ray Bradbury aconseja leer todos los días un poema antes de ponerse a escribir un cuento o una novela. Todo escritor verdadero es esencialmente un poeta. Ser poeta no significa escribir en verso; ni el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía.</p>
<p style="text-align:left;">Cuando uno dice “poeta” piensa en Góngora, en Machado, en Lorca, en Neruda, en Vallejo. Son, digamos, poetas en estado puro. Pero hay otro tipo de escritor que llega a los versos a través de la prosa, como Borges, como Quevedo, incluso como Poe. Y hay todavía un tercer tipo, el gran prosista, que no puede escribir versos, aunque seguramente empezó haciéndolo en su adolescencia. William Faulkner le confesaba a Jean Steen: “Soy un poeta malogrado. Quizá todo novelista quiere escribir primero poesía, y descubre que no puede, y entonces intenta escribir cuentos, que es la forma más exigente después de la poesía, y, al fracasar, sólo entonces se dedica a escribir novelas”.</p>
<p style="text-align:left;">La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo.</p>
<p><strong>Abelardo Castillo.</strong></p>
<hr />
<p><em>Extracto del libro de Abelardo Castillo &#8220;Ser escritor&#8221; (Seix Barral, 2014) pág. 25.</em></p>
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		<title>¿Qué es un cuento? (Flannery O&#8217;Connor)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 07 May 2017 16:31:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Flannery O'Connor]]></category>
		<category><![CDATA[Leopoldo Brizuela]]></category>
		<category><![CDATA[teoría literaria]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/flannery-oconnor.jpg" alt="" width="620" height="310" class="aligncenter size-full wp-image-3266" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/flannery-oconnor.jpg 620w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/flannery-oconnor-200x100.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/05/flannery-oconnor-500x250.jpg 500w" sizes="auto, (max-width: 620px) 100vw, 620px" /></p>
<h4>
<p style="text-align:left;">Anticipándose a una conferencia en la que iba a referirse al arte de escribir cuentos, Flannery O&#8217;Connor leyó 7 cuentos enviados por escritores novatos locales. Se sorprendió un poco al leer los textos puesto que les encontró muchos defectos y errores de concepto. Con la experiencia de esas lecturas en mente, ella habló en su conferencia sobre los errores que habitualmente cometen los novatos y les dejó un montón de consejos. La siguiente es una lista abreviada de esos consejos:</p>
</h4>
<h2>¿Qué es un cuento?</h2>
<p style="text-align:left;">Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos, los personajes están vistos a través de la acción y la acción aparece controlada mediante los personajes, y el resultado de todo esto es un significado que se desprende de la completa presentación de la experiencia.</p>
<p style="text-align:left;">Yo prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que involucra a una persona porque ésta es una persona, una persona en particular, es decir, porque forma parte de la condición humana en general y experimenta una situación humana específica.</p>
<p style="text-align:left;">Un cuento involucra siempre, de una manera dramática, el misterio de la personalidad.</p>
<p style="text-align:left;">Presté algunos cuentos a una granjera que vive cerca de mí, y cuando me los devolvió me dijo: <em>“Esos cuentos sólo te enseñan lo que harán algunas gentes”</em>, y me dije a mi misma que ella tenía razón; cuando se escribe un cuento debería uno conformarse con empezar exactamente ahí: mostrar cómo algunas personas en particular lo harán, lo harán a pesar de todo.</p>
<p style="text-align:left;">Para escribir un cuento no es necesario dejar de lado la postura moral que se tenga. Nuestras creencias serán la luz por la que debemos mirar, pero no serán lo que se vea ni tampoco un sustituto del acto de mirar. Para el escritor de ficción todo tiene su punto de prueba en el ojo, y el ojo es un órgano que a la larga involucra la personalidad entera y la porción del mundo que éste puede abarcar. Involucra al juicio. El juicio es algo que principia con el acto de ver, y cuando no es así, o cuando se le separa de la visión, provoca la confusión mental que se transmite luego al cuento.</p>
<h2>La importancia del detalle</h2>
<p style="text-align:left;">El escritor novato piensa que el juicio existe en un lugar y la impresión sensorial en otro. Mas para el escritor de ficción, el juicio comienza en los detalles que ve y en la manera que los ve.</p>
<p style="text-align:left;">La ficción opera por medio de los sentidos, y creo que una de las razones por la que la gente encuentra tan difícil el escribir cuentos, es que olvidan cuánto tiempo y paciencia se requiere para convencer por medio de los sentidos. Ningún lector que no experimente en verdad, al que no se le haga sentir el cuento, va a creer aquello que el escritor solamente le dice. La primera y más obvia característica de la ficción es que tiene que ver con la realidad a través de lo que puede ser visto, oído, olido, gustado y tocado.</p>
<p style="text-align:left;">El escritor de ficción debe darse cuenta que no puede crear compasión con compasión, emoción con emoción u opinión con opinión. Tiene que proporcionar todo esto en un cuerpo; tiene que crear un mundo con peso y dimensión.</p>
<p style="text-align:left;">Los escritores de ficción que no se preocupan por los detalles concretos son culpables de lo que Henry James llamó <em>“especificación débil”</em>.</p>
<p style="text-align:left;">Ford Madox Ford enseñó que aún si un personaje aparecerá en cuento sólo el tiempo suficiente para vender un periódico, tendrá que estar lo suficientemente detallado para que el lector pueda verlo.</p>
<p style="text-align:left;">La escritura de ficción rara vez tiene que ver con decir cosas, tiene que ver con mostrar cosas.</p>
<p style="text-align:left;">El detalle tiene que ser controlado por el propósito total y cada detalle deberá ser colocado para trabajar en su favor. El arte es selectivo. Lo que aparece en él es esencial y produce movimiento.</p>
<h2>El tema y el significado</h2>
<p style="text-align:left;">Un buen cuento no debería tener menos significado que una novela.</p>
<p style="text-align:left;">Toda acción debe estar satisfactoriamente justificada en términos de su motivación, y tiene que contar con un principio, un medio y un final, aunque no necesariamente en ese orden.</p>
<p style="text-align:left;">Lo breve no significa escaso. Un cuento deberá ser extenso en profundidad y proporcionarnos una experiencia significativa.</p>
<p style="text-align:left;">Para qué tipo de lector se escribe cuando se escribe ficción: todos escribimos a nuestro propio nivel de entendimiento. Parte de las características peculiares de la ficción es que su superficie literal pueda estar hecha de manera que produzca divertimento para un tipo de lector (en el obvio plano físico), al mismo tiempo que un significado en la persona entrenada para experimentarlo.</p>
<p style="text-align:left;">El significado es lo que evita que el cuento sea breve. Prefiero hablar del significado de un cuento que del tema de un cuento.</p>
<p style="text-align:left;">El significado debe estar encarnado al cuento. Un cuento es una manera de decir algo que no puede ser dicho de otro modo, y se necesitan todas las palabras del cuento para expresar su significado. Se narra un cuento porque una explicación sería inadecuada.</p>
<p style="text-align:left;">El significado de la ficción no es significado abstracto sino significado experimentado, y el propósito de hacer declaraciones respecto al significado de un cuento es sólo para ayudarnos a experimentar más plenamente ese significado.</p>
<h2>La verosimilitud</h2>
<p style="text-align:left;">La ficción es un arte que requiere la más estricta atención a lo real, sin importar que el escritor esté escribiendo un cuento realista o uno fantástico. Siempre comenzamos con lo que es o con lo que tiene la posibilidad eminente de ser verdad. Cuando se escribe una fantasía, la realidad es su base más apropiada. Algo resulta fantástico porque es tan real; tan real que resulta fantástico.</p>
<p style="text-align:left;">Me atrevería a afirmar que la persona que escribe una fantasía tiene que estar aún más detenidamente atenta al detalle concreto que alguien que escribe en la vena naturalista, ya que mientras más presiona el cuento la credulidad, más convincentes deben ser sus elementos.</p>
<p style="text-align:left;">Tengo dudas de que muchos escritores sepan qué es lo que van a hacer cuando empiezan a escribir un cuento.</p>
<h2>El hábito del arte</h2>
<p style="text-align:left;">Es un hecho que la escritura de ficción es un fenómeno en el que participa la personalidad completa, la mente consiente así como la inconsciente. El arte es el hábito del artista, y los hábitos deben estar profundamente enraizados en la personalidad entera. Como cualquier otro hábito, tiene que ser cultivado por la experiencia durante largo período de tiempo; enseñar cualquier clase de escritura es en definitiva un asunto de enseñar al estudiante a desarrollar el hábito del arte. Más que una mera disciplina es una manera de observar el mundo y de usar los sentidos de tal manera que los forcemos a descubrir en las cosas tanto significado como sea posible.</p>
<p style="text-align:left;">Cada mañana entre las 9 y las 12 voy a mi estudio y me siento frente a una hoja de papel. Muchas veces sólo me quedo ahí durante tres horas sin que ninguna idea aparezca. Sin embargo sé una cosa: si alguna idea aparece entre las 9 y las 12, estoy ahí lista para ella.</p>
<h2>¿Cómo escribir cuentos?</h2>
<p style="text-align:left;">Los que leen este artículo quieren saber cómo poder escribir verdaderamente un buen cuento, y luego, cómo saber cuándo lo han conseguido; así mismo quieren saber cuál es la forma de un cuento como si la forma fuera algo que puede existir al margen de cada cuento y pudiera aplicarse o imponerse al material.</p>
<p style="text-align:left;">Mientras más escriban más cuenta se darán de 	que la forma es orgánica, que es algo que surge del material, que la forma de cada cuento es única.</p>
<p style="text-align:left;">Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento resulta bueno cuando continuamos viendo más y más en él y aún así escapa de nosotros.</p>
<p style="text-align:left;">Creo que la única manera de aprender a escribir cuentos es escribiéndolos, y luego tratar de descubrir qué es lo que se ha hecho. El momento de pensar en la técnica empieza cuando se tiene el cuento enfrente. El maestro puede ayudar al estudiante analizando su trabajo y tratando de ayudarlo a decidir si ha escrito un cuento redondo, uno en el cual la acción ilumina totalmente al significado.</p>
<h2>Sobre el uso de localismos</h2>
<p style="text-align:left;">No hay nada peor que un escritor que no usa los dones (lenguaje, costumbres, localismos, ironías, contradicciones, etc.) de su región sino que se revuelca en ellos. Todo llega a ser tan localista que asquea, tan lunfardo que resulta inteligible, tan literalmente reproducido que no conduce a nada. Lo general se pierde en lo particular en lugar de que esto sea mostrado a través de aquél.</p>
<p style="text-align:left;">No se puede decir nada significativo acerca del misterio de la personalidad a menos que se ubique esa personalidad en un verosímil y significante contexto social. Y la mejor manera de lograrlo es con el lenguaje particular del personaje.</p>
<h2>Los personajes</h2>
<p style="text-align:left;">Muchos cuentos de novatos no profundizan en el personaje. No revelan mucho de él. No quiero decir que no penetren en su mente, sino que no muestran que tiene una personalidad. Una vez más esto se debe a su forma de hablar. La mayoría de las veces los personajes creados por novatos no tienen un lenguaje característico que los revele, y algunas veces ni siquiera cuentan con rasgos que los distinga. Al final uno siente que no se ha revelado personalidad alguna porque ninguna personalidad se encuentra ahí. En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que provoca la acción. En la mayoría de estos cuentos siento que el autor ha imaginado una anécdota y luego se sacó de la manga un personaje que la actuara.</p>
<p><em>Por Flannery O&#8217;Connor.<br />
Traducción: Leopoldo Brizuela.</em></p>
<hr />
<h2>Bibliografía:</h2>
<p><strong>BRIZUELA</strong> Leopoldo,<em>&#8220;Cómo se escribe un cuento&#8221;</em>. Buenos Aires: Editorial Ateneo, 1992. Página 99.</p>
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		<item>
		<title>La escritura, el lector y los detalles (Paul Auster)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Apr 2017 00:28:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Paul Auster]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/04/paul-auster.jpg" alt="" width="620" height="365" class="aligncenter size-full wp-image-3251" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/04/paul-auster.jpg 620w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/04/paul-auster-200x118.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/04/paul-auster-425x250.jpg 425w" sizes="auto, (max-width: 620px) 100vw, 620px" /></p>
<p style="text-align:left;">En mis libros, siempre intento dejar suficiente espacio en la prosa para que el lector la habite; porque en definitiva creo que es el lector, y no el autor, quien escribe el libro. En mi propio caso como lector (¡Y sin duda he leído más libros de los que he escrito!), encuentro que casi invariablemente me apropio de escenas y situaciones de un libro y las aplico a mis propias experiencias, o viceversa. Al leer Orgullo y prejuicio, por ejemplo, de pronto me di cuenta de que había situado todos los sucesos en la casa donde viví cuando era pequeño. Por minuciosa que sea la descripción que un autor hace de un lugar, yo siempre acabo convirtiéndolo en un escenario familiar. He preguntado a varios amigos si esto les sucede al leer ficción; algunos me han contestado que sí y otros que no. Creo que esto tiene mucho que ver con la relación que cada uno tiene con el lenguaje, con la forma en que responde a las palabras impresas en una página. Si las palabras son simples símbolos o son pasadizos para penetrar en nuestro inconsciente.</p>
<p style="text-align:left;">Un escritor puede llegar a pasarse, a abrumar al lector con tantos detalles que no le deja aire para respirar. Tomemos un pasaje típico de novela. Un personaje entra en una habitación. ¿Qué elementos de esa habitación pretende describir el escritor? Las posibilidades son infinitas. Puede mencionar el color de las cortinas, el diseño del papel, los objetos en la mesa de café, el reflejo de la luz en el espejo. Pero ¿cuánto de esto es realmente necesario? ¿La función del novelista consiste simplemente en reproducir sensaciones físicas por sí mismas? Cuando escribo, la historia ocupa siempre un lugar preponderante en mi mente, y siento que debo sacrificarlo todo por ella. Todos los pasajes elegantes, los detalles curiosos, la prosa considerada hermosa… si no son realmente relevantes para lo que intento decir, deben desaparecer. Todo está en la voz. Después de todo, uno está contando una historia, y su función consiste en hacer que la gente continúe escuchándola. La menor distracción o desvío conduce al tedio, y si hay algo que todos odiamos al leer un libro, es perder el interés, sentir aburrimiento, indiferencia por la frase siguiente. Al final, uno no escribe los libros que necesita escribir, sino aquellos que le gustaría leer a uno mismo.</p>
<hr />
<p><em>Extracto de</em> Entrevista con Joseph Mallia, <em>&#8220;Experimentos con la verdad&#8221; (Paul Auster, 2001).</em></p>
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		<item>
		<title>Definición de poesía (Jorge Luis Borges)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 06 Mar 2017 20:27:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[Borges]]></category>
		<category><![CDATA[poesía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>He hablado al principio de definiciones. Para terminar, me gustar&#237;a decir que cometemos un error muy com&#250;n cuando creemos ignorar algo porque somos incapaces de definirlo. Si estuvi&#233;ramos de un humor chestertoniano (creo que uno de los mejores humores en que sentirse), dir&#237;amos que s&#243;lo podemos definir algo cuando no&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/03/borges-jorge-luis-2.jpg" alt="" width="750" height="350" class="aligncenter size-full wp-image-3173" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/03/borges-jorge-luis-2.jpg 750w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/03/borges-jorge-luis-2-200x93.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2017/03/borges-jorge-luis-2-536x250.jpg 536w" sizes="auto, (max-width: 750px) 100vw, 750px" /></p>
<p style="text-align:left;">He hablado al principio de definiciones. Para terminar, me gustaría decir que cometemos un error muy común cuando creemos ignorar algo porque somos incapaces de definirlo. Si estuviéramos de un humor chestertoniano (creo que uno de los mejores humores en que sentirse), diríamos que sólo podemos definir algo cuando no sabemos nada de ello.</p>
<p style="text-align:left;">Por ejemplo, si tengo que definir la poesía y no las tengo todas conmigo, si no me siento demasiado seguro, digo algo como: «poesía es la expresión de la belleza por medio de palabras artísticamente entretejidas». Esta definición podría valer para un diccionario o para un libro de texto, pero a nosotros nos parece poco convincente. Hay algo mucho más importante: algo que nos animaría no sólo a seguir ensayando la poesía, sino a disfrutarla y a sentir que lo sabemos todo sobre ella.</p>
<p style="text-align:left;">Esto significa que sabemos qué es la poesía. Lo sabemos tan bien que no podemos definirla con otras palabras, como somos incapaces de definir el sabor del café, el color rojo o amarillo o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país. Estas cosas están tan arraigadas en nosotros que sólo pueden ser expresadas por esos símbolos comunes que compartimos. ¿Y por qué habríamos de necesitar más palabras?</p>
<p style="text-align:left;">Puede que no estén ustedes de acuerdo con los ejemplos que he elegido. Quizá mañana se me ocurran ejemplos mejores, quizá piensen que debería haber citado otros versos. Pero, ya que pueden elegir sus propios ejemplos, no tienen que preocuparse demasiado por Homero, los poetas anglosajones o Rossetti. Porque todo el mundo sabe dónde encontrar la poesía. Y, cuando aparece, uno siente el roce de la poesía, ese especial estremecimiento.</p>
<p style="text-align:left;">Para terminar, tengo una cita de San Agustín que creo que encaja a la perfección. San Agustín dijo: «¿Qué es el tiempo. Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé». Pienso lo mismo de la poesía.</p>
<p><strong>Jorge Luis Borges.</strong></p>
<hr />
<p><em>Extracto del libro de J.L.B. &#8220;Arte Poética&#8221; (6 conferencias)&#8221;</em></p>
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		<item>
		<title>La nueva escritura (César Aira)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 18 Dec 2016 23:35:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[César Aira]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[escritura creativa]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tal como yo lo veo, las vanguardias aparecieron cuando se hubo consumado la profesionalizaci&#243;n de los artistas, y se hizo necesario empezar de nuevo. Cuando el arte ya estaba inventado y s&#243;lo quedaba seguir haciendo obras, el mito de la vanguardia vino a reponer la posibilidad de hacer el camino&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/Cesar_Aira.png" alt="" width="640" height="480" class="aligncenter size-full wp-image-3099" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/Cesar_Aira.png 640w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/Cesar_Aira-177x133.png 177w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/Cesar_Aira-333x250.png 333w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/Cesar_Aira-200x150.png 200w" sizes="auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px" /></p>
<p style="text-align:left;">Tal como yo lo veo, las vanguardias aparecieron cuando se hubo consumado la profesionalización de los artistas, y se hizo necesario empezar de nuevo. Cuando el arte ya estaba inventado y sólo quedaba seguir haciendo obras, el mito de la vanguardia vino a reponer la posibilidad de hacer el camino desde el origen. Si el proceso real había llevado dos mil o tres mil años, el que propuso la vanguardia no pudo funcionar sino como un simulacro o pantomima, y de ahí el aire lúdico, o en todo caso &#8220;poco serio&#8221; que han tenido las vanguardias, su inestabilidad carnavalesca. Pero la Historia abomina de las situaciones estables, y la vanguardia fue la respuesta de una práctica social, el arte, para recrear una dinámica evolutiva.</p>
<p style="text-align:left;">En efecto, y restringiéndonos al arte de la novela, una vez que ya existe la novela &#8220;profesional&#8221;, en una perfección que no puede ser superada dentro de sus premisas, la novela de Balzac, de Dickens, de Tolstoi, de Manzoni, la situación corre peligro de congelarse. Alguien dirá que si todo el peligro es que los novelistas sigan escribiendo como Balzac, estamos dispuestos a correrlo, y con gusto, pero sucede que es optimista hablar de un mero &#8220;peligro&#8221;, pues de hecho la situación se congeló, y miles de novelistas han seguido escribiendo la novela balzaciana durante el siglo XX: es el torrente inacabable de novelas pasatistas, de entretenimiento o ideológicas, la commercial fiction. Para ir un solo paso más allá, como hizo Proust, se necesita un esfuerzo descomunal y el sacrificio de toda una vida. Actúa la ley de los rendimientos decrecientes, por la que el innovador cubre casi todo el campo en el gesto inicial, y les deja a sus sucesores un espacio cada vez más reducido y en el que es más difícil avanzar.</p>
<p style="text-align:left;">Una vez constituido el novelista profesional, las alternativas son dos, igualmente melancólicas: seguir escribiendo las viejas novelas, en escenarios actualizados; o intentar heroicamente avanzar un paso o dos más. Esta última posibilidad se revela un callejón sin salida, en pocos años: mientras Balzac escribió cincuenta novelas, y le sobró tiempo para vivir, Flaubert escribió cinco, desangrándose, Joyce escribió dos, Proust una sola. Y fue un trabajo que invadió la vida, la absorbió, como un hiperprofesionalismo inhumano. Es que ser profesional de la literatura fue un estado momentáneo y precario, que sólo pudo funcionar en determinado momento histórico; yo diría que sólo pudo funcionar como promesa, en el proceso de constituirse; cuando cristalizó, ya fue hora de buscar otra cosa.</p>
<p style="text-align:left;">Por suerte existe una tercera alternativa: la vanguardia, que, tal como yo la veo, es un intento de recuperar el gesto del aficionado en un nivel más alto de síntesis histórica. Es decir, hacer pie en un campo ya autónomo y validado socialmente, e inventar en él nuevas prácticas que devuelvan al arte la facilidad de factura que tuvo en sus orígenes.</p>
<p style="text-align:left;">La profesionalización implica una especialización. Por eso las vanguardias vuelven una y otra vez, en distintas modulaciones, a la famosa frase de Lautréamont: &#8220;La poesía debe ser hecha por todos, no por uno.&#8221; Me parece que es erróneo interpretar esta frase en un sentido puramente cuantitativo democrático, o de buenas intenciones utópicas. Quizá sea al revés: cuando la poesía sea algo que puedan hacer todos, entonces el poeta podrá ser un hombre como todos, quedará liberado de toda esa miseria psicológica que hemos llamado talento, estilo, misión, trabajo, y demás torturas. Ya no necesitará ser un maldito, ni sufrir, ni esclavizarse a una labor que la sociedad aprecia cada vez menos. La profesionalización puso en peligro la historicidad del arte; en todo caso recluyó lo histórico al contenido, dejando la forma congelada. Es decir, que rompió la dialéctica forma-contenido que hace a lo artístico del arte.</p>
<p style="text-align:left;">Más que eso, la profesionalización restringió la práctica del arte a un minúsculo sector social de especialistas y se perdió la riqueza de experiencias de todo el resto de la sociedad. Los artistas se vieron obligados a &#8220;dar voz a los que no tienen voz&#8221;, como lo habían hecho los fabulistas, que hacían hablar a burros, loros, labriegos, moscas, sillas, reyes, nubes. La prosopopeya invadió el arte del siglo XX.</p>
<p style="text-align:left;">La herramienta de las vanguardias, siempre según esta visión personal mía, es el procedimiento. Para una visión negativa, el procedimiento es un simulacro tramposo del proceso por el que una cultura establece el modus operandi del artista; para los vanguardistas, es el único modo que queda de reconstruir la radicalidad constitutiva del arte. En realidad, el juicio no importa. La vanguardia, por su naturaleza misma, incorpora el escarnio, y lo vuelve un dato más de su trabajo.</p>
<p style="text-align:left;">En este sentido, entendidas como creadoras de procedimientos, las vanguardias siguen vigentes, y han poblado el siglo de mapas del tesoro que esperan ser explotados. Constructivismo, escritura automática, ready-made, dodecafonismo, cut-up, azar, indeterminación. Los grandes artistas del siglo XX no son los que hicieron obra, sino los que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas, o no se hicieran. ¿Para qué necesitamos obras? ¿Quién quiere otra novela, otro cuadro, otra sinfonía? ¡Como si no hubiera bastantes ya!</p>
<p style="text-align:left;">Una obra siempre tendrá el valor de un ejemplo, y un ejemplo vale por otro, variando apenas en su poder persuasivo: pero, de todos modos, ya estamos convencidos.</p>
<p style="text-align:left;">La cuestión es decidir si una obra de arte es un caso particular de algo general que sería ese arte, o ese género. Si decimos &#8220;He leído muchas novelas, por ejemplo, el Quijote&#8221;, sospechamos que no le estamos haciendo justicia a esa obra. La sacamos de la Historia para ponerla en la estantería de un museo, o de un supermercado. El Quijote no es una novela entre otras sino el fenómeno único e irrepetible, es decir histórico, del que deriva la definición de la palabra &#8220;novela&#8221;. En el arte los ejemplos no son ejemplos porque son invenciones particularísimas a las que no rige ninguna generalidad.</p>
<p style="text-align:left;">Cuando una civilización envejece, la alternativa es seguir haciendo obras, o volver a inventar el arte. Pero la medida del envejecimiento de una civilización la da la cantidad de invenciones ya hechas y explotadas. Entonces esta segunda alternativa se va haciendo más y más difícil, más costosa y menos gratificante. Salvo que se tome el atajo, que siempre parecerá un poco irresponsable o bárbaro, de recurrir al procedimiento. Y eso es lo que hicieron las vanguardias.</p>
<p style="text-align:left;">Si el arte se había vuelto una mera producción de obras a cargo de quienes sabían y podían producirlas, las vanguardias intervinieron para reactivar el proceso desde sus raíces, y el modo de hacerlo fue reponer el proceso allí donde se había entronizado al resultado. Esta intención en sí misma arrastra los otros puntos: que pueda ser hecho por todos, que se libere de las restricciones psicológicas, y, para decirlo todo, que la &#8220;obra&#8221; sea el procedimiento para hacer obras, sin la obra. O con la obra como un apéndice documental que sirva sólo para deducir el proceso del que salió.</p>
<p style="text-align:left;">Quiero ilustrar lo anterior con un artista favorito, un músico norteamericano, John Cage, cuya obra es una mina inagotable de procedimientos. Y no dejo de hablar de literatura porque Cage sea un músico. Al contrario. Que &#8220;la poesía sea hecha por todos, no por uno&#8221;, significa también que ese &#8220;uno&#8221;, cuando se ponga en acción, hará todas las artes, no una. El procedimiento establece una comunicación entre las artes, y yo diría que es la huella de un sistema edénico de las artes, en el que todas formaban una sola, y el artista era el hombre sin cualidades profesionales especiales. Por lo mismo, hablar de John Cage en este punto no es traer un ejemplo. No es un ejemplo sino la cosa en sí de la que estoy hablando.</p>
<p style="text-align:left;">Su historia es conocida: un joven que quería ser artista, que no tenía condiciones para ser músico, y que por lo tanto llegó a ser músico&#8230;. Hay un defecto en la causalidad, por el que se cuela lo vanguardista. Antaño las vidas de los músicos eran al revés, con la de Mozart como canon: la predisposición era tan importante, la causa tan determinante, que el relato debía retroceder siempre más en la biografía, hasta la primera infancia, hasta la cuna, y antes aún, hasta los padres o abuelos, para poder ponerle un comienzo. En Cage la causa flota, incierta, y en los hechos va avanzando hacia la vejez. Se la podría poner con justicia en sus últimos años de vida, en las hermosas piezas tituladas con números que compuso entre 1987 y su muerte en 1992. El beneficio de esta postergación de la causa fue que se le hizo necesario inventarla cada vez: él nunca tuvo un motivo previo y definitivo para ser músico; si lo hubiera tenido, no habría podido sino dedicarse a fabricar obras. Tal como fueron las cosas, debió hacer algo distinto. Puede aclarar esa diferencia el examen sucinto de una de sus invenciones, la Music of Changes de 1951.</p>
<p style="text-align:left;">Music of Changes es una pieza para piano solo, y el método de creación usó los hexagramas del I Ching o Libro de las mutaciones. Fue creada mediante el azar. No puede decirse que haya sido &#8220;compuesta&#8221;, porque este verbo significa una disposición deliberada de sus distintos elementos. Aquí la composición ha sido objeto de una metódica anulación.</p>
<p style="text-align:left;">Cage usó tres tablas cuadriculadas, de ocho casillas por lado, es decir sesenta y cuatro por tabla, que es la cantidad de hexagramas del I Ching. La primera tabla contenía los sonidos; cada casilla tenía un &#8220;evento sonoro&#8221;, es decir, una o varias notas; sólo las casillas impares los tenían; las pares estaban vacías e indicaban silencios. La segunda tabla, también de sesenta y cuatro casillas, era para las duraciones, que no están usadas dentro de un marco métrico. Aquí las sesenta y cuatro casillas están ocupadas, porque la duración rige tanto para el sonido como para el silencio. La tercera tabla, de la que sólo se usa una casilla de cada cuatro, es para la dinámica, que va de pianísimo a fortísimo, usados solos o en combinación, es decir, de una notación a otra.</p>
<p style="text-align:left;">Tirando seis veces dos monedas se determinaba un hexagrama del I Ching. El número de ese hexagrama remitía a una casilla en la tabla de sonidos. Otras seis tiradas, otro hexagrama, determinaban la duración que se aplicaba al sonido elegido antes, y la tercera serie de tiradas determinaba la dinámica. (Había además una cuarta tabla, de densidades: también por azar se determinaba cuántas capas de sonido tenía cada momento; estas capas podían ir de una a ocho.) La extensión de sus cuatro partes, la estructura de éstas y la duración total también salieron del azar.</p>
<p style="text-align:left;">El trabajo metódico y puramente automático de ir determinando una nota tras otra hace la pieza del principio al fin. ¿A qué suena esta pieza? De las premisas de la construcción se desprende que va a sonar a cualquier cosa. No va a haber ni melodías ni ritmos ni progresión ni tonalidad ni nada. Salvo las que salgan del azar; o sea que, si el azar lo quiere, va a haber todo eso.</p>
<p style="text-align:left;">Es curioso, pero si bien se diría que, dado el procedimiento, la pieza debería sonar por completo intemporal, impersonal e inubicable, suena intensamente a 1951, a obra de un discípulo norteamericano de Schöenberg, y es muy característica de John Cage. ¿Cómo puede ser? Lo único que hizo Cage, en 1951, fue decidir el procedimiento; no bien empezó la escritura cesaron la fecha y la personalidad, y la civilización que las envolvía. Si la fecha, la personalidad y la civilización siguen presentes en el producto terminado, quiere decir que hemos estado equivocados al asignar su presencia a procesos psicológicos en el acto de la composición.</p>
<p style="text-align:left;">Supongamos que los Nocturnos de Chopin hubieran sido escritos con el mismo procedimiento. No necesariamente con el I Ching, pero sí con tablas de elementos, y una elección entre ellos según el azar. No es tan descabellado, porque esas tablas siempre han existido, siquiera en estado virtual; y la actualización de sus elementos siempre se hizo más o menos al azar, salvo que este azar podía llamarse inspiración, o capricho, o incluso necesidad. Para mantener la tonalidad, o la métrica, no había más que preparar tablas ad hoc. Por supuesto, el romanticismo no podía renunciar a las prerrogativas del yo sin corromper su fábula. El constructivismo contra el que reaccionaba tendía a la impersonalidad, y no puede extrañar que haya experimentado con el azar. En la época inmediatamente posterior a Bach se compuso ocasionalmente usando el azar, con dados; lo hicieron Mozart, Haydn, Carl Phillip Emmanuel Bach, entre otros. El ingreso de la personalidad del artista, de su sensibilidad y las complicaciones políticas del yo, se inicia con el romanticismo y tarda un siglo en agotarse. El gran mecánico Schöemberg le da una vuelta de tuerca a la profesionalización del músico, preparando la entrada de un nuevo tipo de artista: el músico que no es músico, el pintor que no es pintor, el escritor que no es escritor. Ya en 1913 Marcel Duchamp había hecho un experimento en el mismo sentido, de determinar las notas por azar, pero sin ejecutarlo; consideraba la realización &#8220;muy inútil&#8221;. En efecto, ¿para qué hacer la obra, una vez que ya se sabe cómo hacerla? La obra sólo serviría para alimentar el consumo, o para colmar una satisfacción narcisista.</p>
<p style="text-align:left;">Cage justifica el uso del azar diciendo que &#8220;así es posible una composición musical cuya continuidad está libre del gusto y la memoria individuales, y también de la bibliografía y las &#8216;tradiciones&#8217; del arte&#8221;. Lo que llama &#8220;bibliografía&#8221; y &#8220;tradiciones del arte&#8221; no es sino el modo canónico de hacer arte, que se actualiza con lo que llama &#8220;el gusto y la memoria individuales&#8221;. El vanguardista crea un procedimiento propio, un canon propio, un modo individual de recomenzar desde cero el trabajo del arte. Lo hace porque en su época, que es la nuestra, los procedimientos tradicionales se presentaron concluidos, ya hechos, y el trabajo del artista se desplazó de la creación de arte a la producción de obras, perdiendo algo que era esencial. Y esto no es ninguna novedad. San Agustín dijo que sólo Dios conoce el mundo, porque él lo hizo. Nosotros no, porque no lo hicimos. El arte entonces sería el intento de llegar al conocimiento a través de la construcción del objeto a conocer; ese objeto no es otro que el mundo. El mundo entendido como un lenguaje. No se trata entonces de conocer sino de actuar. Y creo que lo más sano de las vanguardias, de las que Cage es epítome, es devolver al primer plano la acción, no importa si parece frenética, lúdica, sin dirección, desinteresada de los resultados. Tiene que desinteresarse de los resultados, para seguir siendo acción.</p>
<p style="text-align:left;">El procedimiento de las tablas de elementos, que usa Cage, podría servir para cualquier arte. En la pintura, habría que hacer tablas de formas básicas, de colores, de tamaños, y usar algún método de azar para ir eligiendo cuáles actualizar en el cuadro. La arquitectura también podría practicarse así. El teatro. La cerámica. Cualquier arte. La literatura también, por supuesto.</p>
<p style="text-align:left;">Al compartir todas las artes el procedimiento, se comunican entre ellas: se comunican por su origen o su generación. Y, al remontarse a las raíces, el juego empieza de nuevo.</p>
<p style="text-align:left;">El procedimiento en general, sea cual sea, consiste en remontarse a las raíces. De ahí que el arte que no usa un procedimiento, hoy día, no es arte de verdad. Porque lo que distingue al arte auténtico del mero uso de un lenguaje es esa radicalidad.</p>
<p><strong>César Aira</strong><br />
1998</p>
<h3>Sobre César Aira:</h3>
<p><em><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/cesar-aira-100x80.jpg" alt="" width="100" height="80" class="alignleft size-thumbnail wp-image-3100" />Nació en Coronel Pringles (Buenos Aires, Argentina) en 1949. Desde 1967 vive en Buenos Aires. Es traductor, novelista, dramaturgo y ensayista.</em></p>
<hr />
<p><em>Este ensayo fue publicado en el Boletín N° 8 del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (Universidad Nacional de Rosario, Rosario, octubre de 2000, pp. 165-170).</em></p>
<p>La entrada <a href="https://www.multiversos.com.ar/teoria-literaria/la-nueva-escritura-cesar-aira">La nueva escritura (César Aira)</a> se publicó primero en <a href="https://www.multiversos.com.ar">Multiversos</a>.</p>
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		<title>La muerte del autor (Roland Barthes)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[J.S.B]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 14 Dec 2016 23:33:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teoría literaria]]></category>
		<category><![CDATA[autor]]></category>
		<category><![CDATA[Roland Barthes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: &#8220;Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos&#8221;. &#191;Qui&#233;n est&#225; hablando as&#237;? &#191;El h&#233;roe de la novela, interesado&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" src="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/roland-barthes.jpg" alt="" width="620" height="387" class="aligncenter size-full wp-image-3056" srcset="https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/roland-barthes.jpg 620w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/roland-barthes-200x125.jpg 200w, https://www.multiversos.com.ar/wp-content/uploads/2016/12/roland-barthes-401x250.jpg 401w" sizes="auto, (max-width: 620px) 100vw, 620px" /></p>
<p style="text-align:left;">Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: <em>“Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos”</em>. ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas <em>“literarias”</em> sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.</p>
<p style="text-align:left;">Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la “performance” (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el “genio”. El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o dicho de manera más noble, de la <em>“persona humana”</em>. Es lógico, por lo tanto, que en materia de la literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, el que haya concedido la máxima importancia a la <em>“persona”</em> del autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las bibliografías de escritores, las entrevistas en revistas, y hasta en la conciencia misma de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayoría de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la ficción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus <em>“confidencias”</em>.</p>
<p style="text-align:left;">Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido, sin duda, Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad —que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista— ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa, <a name="vuelta1"></a><em>“performa”</em> <a href="#nota1">(1)</a>, y no <em>“yo”</em>: toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero al remitir, por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como <em>“azarosa”</em> de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. El mismo Proust, a pesar del carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar su análisis, se impuso de modo claro como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera en el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela —pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven?— quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura), Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: realizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imita a Montesquieu, sino que Montesquieu, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus. Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida que el lenguaje es un sistema, y que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos —ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible <em>“burlarlo”</em>—; pero al recomendar de modo incesante que se frustraran bruscamente lo sentidos esperados (el famoso <em>“sobresalto”</em> surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la mente misma ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un <em>“sujeto”</em>, no una <em>“persona”</em>, y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje se <em>“mantenga en pie”</em>, o sea, para llegar a agotarlo por completo.</p>
<p style="text-align:left;">El alejamiento del Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico <em>“distanciamiento”</em>, en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura: transforma de cabo a rabo el texto moderno (o —lo que viene a ser lo mismo— que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí solos en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, o sea, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de <em>“pintura”</em> (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y <em>&#8220;trabajar”</em> indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo de origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en duda todos los orígenes.</p>
<p style="text-align:left;">Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pécuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la <em>“cosa”</em> interior que tiene la intención de <em>“traducir”</em> no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras palabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quincey cuando joven, que iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, <em>“había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto y de muy distinta complejidad y extensión del que resulta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios”</em> (Los paraísos artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.</p>
<p style="text-align:left;">Una vez alejado del Autor, se vuelve inútil la pretensión de <em>“descifrar”</em> un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se <em>“explica”</em>, el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor. En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: precede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un <em>“secreto”</em>, es decir, un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contrateología, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la detención del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.</p>
<p style="text-align:left;">Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna <em>“persona”</em>) la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J. P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo <em>“trágico”</em>); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras por su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, un cuestionamiento; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; él es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y esta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena la nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector. La crítica clásica no se ha ocupado del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente a favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignorando, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.</p>
<p style="text-align:right;"><strong>Manteia, 1968</strong></p>
<hr />
<p><a name="nota1"></a><em>1. Es un anglicismo. Lo conservo como tal, entrecomillado, ya que parece aludir a la “performance” de la gramática chomskyana, que suele traducirse por “actuación”. [N. del T.]</em><a href="#vuelta1"> &laquo;</a></p>
<p><em><strong>Traducción:</strong> C. Fernández Medrano<br />
<strong>Fuente:</strong> http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n51/articulo-4.html</em></p>
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