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Cantos de amor del antiguo Egipto


Desde hace un tiempo a esta parte estoy dedicándome a leer textos antiguos. Y cuanto más antiguos, mejor. Estoy intentando comprender el arte de la escritura desde sus inicios. He leído textos de diferentes culturas sobre mitología, filosofía y creencias: sufies, budistas, taoistas, helénicos, hindúes, zen, etc. Lamentablemente la mayoría fueron escritos en idiomas hoy muertos, así que no tengo manera de leer los textos originales (ni tiempo físico para aprender esos idiomas) y tengo que consolarme con las traducciones pobres que logro conseguir en la red.

Ahora, le toca el turno a la cultura egipcia. Por supuesto que las traducciones de jeroglíficos –según se explica en el prólogo de la edición– no puede ser literal, puesto que un símbolo o, si se quiere, una palabra, significa cosas diferentes en diferentes contextos; se desconocen los nombres de flores, especias y vinos citados en los textos; y además, tampoco han llegado hasta nosotros los sonidos del lenguaje hablado en el antiguo egipto, y no es posible conocer así la métrica y el ritmo de estos poemas o textos.

Encontré estos textos que datan del 1500 A.C. en un libro llamado Cantos de amor del antiguo egipto, que contiene cartas, poemas, oraciones, fragmentos de estelas (piedras talladas), etc. Entre esos escritos hay ciertas recomendaciones que le hace un escriba a uno de sus pupilos. Los nombres se han perdido, pero todavía nos queda la anécdota. Estos textos me llevan a reflexionar sobre la tarea del maestro y el aprendiz en el arte de la escritura, que ya en aquella época había gente que se encargaba de dar consejos a otros escritores –o pichones de escritores–; y como es tarea de este blog encargarse de recopilar esos consejos y ponerlos a disposición del público, pues bien, aquí les dejo estos antiguos pero sabios consejos egipcios:

La celebridad de un escritor

Los escribas llenos de sabiduría, desde el tiempo
que vino después de los dioses,
y cuyas profecías se realizaron:
sus nombres duran eternamente.
Partieron hacia allí, cumplieron su tiempo.
Todos sus contemporáneos han sido olvidados.
Ellos no se construyeron pirámides de bronce,
ni, para acompañarlas, estelas de latón.
Jamás proyectaron dejar tras de sí, como herederos,
hijos de su carne, que conservaran su nombre:
han tomado como herederos
los libros y las enseñanzas que escribieron.

Los libros convirtieron en sus sacerdotes,
la paleta de escriba fue su amado hijo:
las enseñanzas son sus pirámides.
La pluma era su hijo,
la tablilla, su esposa:
Todos, del más grande al más pequeño,
les son dados como hijos,
pues el escriba está al frente de ellos.

Pórticos y casas fueron construidos: se han derrumbado.
Sus sacerdotes funerarios fueron retirados.
Sus estelas están cubiertas de arena.
Sus tumbas se han olvidado.

Se pronuncia su nombre a causa de los libros
que hicieron durante su vida.
El recuerdo de sus escritos permanece
bello y eterno para siempre.

Hazte escriba, y tómate a pecho el serlo,
a fin de que tu nombre así sea.
Un libro es mejor que una estela pintada,
que un muro cubierto de inscripciones.
Edifica casas y pirámides en el corazón
de quien pronuncia su nombre.

En verdad, un hombre que se halla en boca de los hombres
es útil en la necrópolis.
Un hombre desaparece, su cadáver está en el suelo.
Todos sus contemporáneos han abandonado la tierra,
pero el escrito pondrá su recuerdo
en boca de quien lo transmitirá a otra boca.

Un libro es mejor que una casa construida,
que las tumbas de Occidente.
Es más bello que un castillo edificado
que una estela en un templo.

¿Hay aquí un hombre parecido a Hardedef?
¿Hay aquí un hombre parecido a Imhotep?
No hubo en nuestro tiempo un hombre como Nefri,
y Kheti, el más grande de todos ellos.

Te digo el nombre de Ptah-Djehuti
y el de Kha-Kheperré-Seneb.
¿Hay un hombre parecido a Ptah-Hotep,
o a Kares?

Los sabios que predecían el porvenir,
lo que de su boca salía se cumplía.
Se descubre que una cosa es un proverbio,
y que se encuentra en sus escritos.

Los hijos de los demás les son dados como herederos,
igual que sus propios hijos.
Incluso cuando han desaparecido,
su mágico poder alcanza a cuantos leen sus escritos.

Han partido hacia allí.
Sus nombres se olvidarán.
Pero las palabras hacen
que sean recordados.

Un escriba a un estudiante frívolo

Me dicen que descuidas la práctica de la escritura,
y que te entregas al placer.
Vas de taberna en taberna.
El olor de la cerveza alcanza a cuantos se te acercan.
La cerveza pierde a los hombres.
Hace daño a tu alma.

Eres un timón torcido en la barca,
que no se decide por ningún rumbo.
Eres una capilla privada de tu dios,
semejante a una casa sin pan.

Se te encuentra ocupado en saltar un muro,
en romper su parhilera.
La gente te rehúye,
la golpeas hasta hacerle sangre.

¡Ah! si supieras que el vino es un objeto de horror,
odiarías el vino dulce,
no pensarías en los cántaros,
y olvidarías el vino extranjero.

Se te enseña a cantar al son de la flauta,
a recitar letanías al son de los oboes,
a declamar con voz de falsete al son de las arpas,
a recitar al son de la cítara.

Estás sentado en la taberna,
las muchachas te rodean,
deseas ser tierno,
y hacer a tu placer.

Pasas el tiempo junto a la jovencita,
estás inundado de aceite,
con una guirnalda de flores alrededor del cuello,
y tamborileas sobre tu vientre,
vacilas, te caes al suelo,
y te cubre la suciedad.

No te dejes llevar a beber cerveza,
pues entonces, si hablas, otra cosa sale de tu boca,
no sabes quién la dice,
te caes, y tus miembros flaquean.

Nadie te coge la mano.
Quienes bebían contigo
se levantan y dicen:
«¡Apartad a este borracho!».

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