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Poesía vs. poema: Apuntes tomados mientras leía a Henri Meschonnic


No es lo mismo poesía que poema.
La poesía describe, nombra, designa, adjetiva y celebra. La poesía confía en el lenguaje y en el signo. La poesía es la coartada y el sostén del signo. Y los poetas residen permanentemente en la poética de la torre de marfil. La poesía de la rima se sostiene en el signo y el signo la sostiene. La poesía es aquella que, con la métrica, nos recuerda que debemos respirar cada doce sílabas.
La poesía no está en el mundo, como nos habían dicho que era. La poesía sólo está en el sujeto, que está sujeto al lenguaje. La poesía confunde el sentimiento de las cosas con las cosas mismas. Y esta confusión la lleva a nombrar, a describir. La prueba de que la poesía no está en el mundo es que los que no son poetas no pueden escribir poesía. Vivir, sentir, no es suficiente para escribir poesía, la experiencia no es suficiente.
En cambio, el poema no es signo. El poema hace de nosotros una forma de sujeto específica que no se sirve del lenguaje ni a la inversa, sino que deviene del lenguaje. El poema nos transforma en forma-sujeto.
El poema debe vencer al signo, devastar la representación convenida, enseñada, canónica.
Hay poema si una forma de vida transforma una forma de lenguaje y si una forma de lenguaje transforma una forma de vida.
Poema es ritmo, es momento de escucha, es la aventura de la voz. Y el signo sólo nos da a ver. El signo es sordo, y por eso el poema está en guerra contra el signo. El poema puede ponernos en la voz y darnos el lenguaje como escucha para que podamos devenir en lenguaje.
Componer un poema es una actividad y no un producto.

“Un poema es una acto de lenguaje que sólo tiene lugar una vez y que recomienza sin cesar. Porque hace sujeto. No deja de hacer sujeto. De ustedes. Cuando es una actividad, no un producto”.

“Un poema es eso que más se opone a la literatura. En el sentido del mercado del libro. Un poema se hace de la reversibilidad entre una vida devenida lenguaje y un lenguaje devenido de la vida”.

“Un poema se hace con ese verso al cual uno va, que no se conoce y del cual uno no se aleja, que es vital reconocer”.


Meschonic, Henri. “Manifiesto a favor del ritmo”, en Confines Nº29, Comodoro Rivadavia, Jul-Ago de 2010, pp. 4-6. Versión on line

El poema tiene un papel fundamental junto al ritmo en la construcción de un sujeto-lenguaje. El ritmo es la organización-lenguaje, es la forma-sujeto que renueva el sentido de las cosas.
Poema es todo lo que es una subjetivación máxima del discurso, en verso, prosa o línea.
El poema no dice, manifiesta algo. Hace. Y debemos manifestarnos contra la separación entre lenguaje y vida, y sobre todo contra la representación del lenguaje y la representación de la vida.
No es lo mismo lenguaje que lengua.
La lengua es algo compartido por los habitantes de una comunidad o nación, donde para todos la palabra árbol significa más o menos los mismo: un organismo biológico con ramas, hojas, raíces, que tiene flores y puede dar tal o cual fruto. Pero, a la vez, a pesar de que compartimos la misma definición de la palabra árbol, cada uno de nosotros tiene un árbol distinto en la mente cuando nos dicen “árbol”.
Las palabras representan cosas. Pero nosotros, como poetas, debemos devastar la representación convenida, enseñada, canónica, de esa lengua y construir nuestro propio lenguaje. ¿Cómo podemos construirlo? Devastando la lengua. Debemos transformar nuestra forma de vida en nuestra forma de lenguaje, y nuestra forma de lenguaje en nuestra forma de vida. Crear cada uno su mitología y su lenguaje. No hay que contar, describir, o nombrar las cosas. Un poema no debe tratar de describir el mundo, sino que debe manifestar nuestra relación con ese mundo, con las cosas. Hay que hacer que vivir se transforme en un poema y que un poema se transforme en vivir.
No digamos: “Paso bajo el árbol que acaricia / mi cabeza con sus hojas / tul verde de recuerdos”.
Digamos algo así como: “Dedos rama / uñas hoja / descabellados folículos de la memoria”.

Aquí ejemplos de poemas de Meschonnic:

Poemas de Henri Meschonnic

Gran sí es mi infancia y las ramas cosechadas
una palabra atada
a los pliegues que pájaros le hacen a una noche
hasta mañana separados en conjunto.

Yo era la voz de los otros
admiraba la aridez
que mostraba sus flores rojas.
La araña de los proverbios
Marchaba cuarenta años detrás de un horno.
Ahora una palabra me destruye para nacer
y transporta de mí lo que de mí puede pasar
del lado de mi palabra
donde todavía no me conozco.
Siempre fui del otro lado
uno del otro lado.
Cada palabra desgarra un miedo
este cambio es mi voz
me doy vuelta celebro mi voltear.
Ahora todas mis palabras
son juntas mi exilio y mi país
pasaré la vida pareciéndome a mi voz.

Me preguntas qué haremos cuando estemos juntos
pues ya no tendré que escribirte
juntos no me llenarán más palabras de los otros
mis ojos ya no apretarán semejanzas
falsos fragmentos de ti
donde apenas me mantengo a flote
qué haré cuando todo esto será juntos
allí seré agua mezclada con el agua
me reconoceré
sin saber la diferencia
yo que ya tengo tantas iluminaciones de ti
un álbum de inmóviles y yo quiero una continuidad
ya no te escribiré más tú eres lo que escribiré
te diseminaré en las palabras donde me reúno
mis miradas para vestirse subirán de su exilio hacia ti.

Mañana me empuja hacia hoy
dale una palabra él es todo el cuerpo
vivo así en palabras abiertas y derramando el pasado en porvenir
recomienzo
Según el amor la cama
ahí llevé la boca
la perdí antes de acostarme.
Dar tomar es para nosotros uno solo
allí vuelvo a hacer mi cama
más lejos la puse
más cerca la encontraré

Te copio lo que se que cada vez no es sino un fragmento
de lo que conozco de nosotros es siempre otro fragmento
no hay sino nosotros yendo conjuntamente inacabados.
Tu no haz llamado yo excavo los pedazos que no son nosotros
donde estamos mezclados todavía pongo aparte cada poco de ti.
Trabajando en reunirnos como se puede aislar un cuerpo puro
descubro agrego no he terminado de transformarnos
nos parecemos cada vez más.


Poemas: Meschonnic Henri, Dédicaces proverbes, Gallimard, 1972. Traducción de Alfredo Chacón.

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