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El hombre imaginario – Nicanor Parra

Nicanor Parra fue la cara visible de un movimiento que se llamó «La antipoesía». Sin embargo, este poema que publico hoy en el blog nada tiene que ver con eso. Es más bien un excelso ejemplo de poesía lírica con todos los aditamentos que, según el manual, debe tener cualquier poema que se precie de tal.

EL HOMBRE IMAGINARIO

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

(Nicanor Parra)

Hay dos pequeños detalles sobre los que está construido el poema. Son dos palabras. Una es un verbo y la otra un sustantivo. El verbo es «brindó» y el sustantivo es «corazón».

El poema está construido con versos heptasílabos y endecasílabos. En casi todos los versos vemos que los sustantivos se ven afectados o modificados directamente por el adjetivo «imaginario»; excepto por dos casos a lo largo del poema. Las palabras que quedan excluídas de ser modificadas por el adjetivo son esos dos detalles de los que hablaba: el verbo «brindó» y el sustantivo «corazón».

En el poema todo es imaginario. La mansión donde vive el poeta es imaginaria, las grietas que presentan las paredes son imaginarias, los cuadros que cuelgan de las paredes de la mansión, no sólo que son imaginarios sino que representan hechos imaginarios ocurridos en tiempos imaginarios y en mundos imaginarios. Es notable también que los cuadros en el poema cumplen el papel de los recuerdos. Los cuadros son escenas fijas que ya no pueden modificarse; y permanecen siempre colgados de las paredes para cumplir esa función.

Como decía antes, hay dos cosas que en el poema parecen no ser imaginarias o no estar afectadas por lo imaginario. Una es el hecho de que la mujer del poema, que por supuesto, también es imaginaria, le brindó su amor al yo poético. Ese parece ser un hecho real no tocado por lo imaginario. No importa ya que ese amor que dió la mujer sea imaginario, el hecho, en la realidad del poema, efectivamente ocurrió. La otra palabra no tocada por lo imaginario es el corazón del poeta. Si bien el dolor o el placer que siente el poeta son imaginarios, su corazón no lo es. Ese pequeño detalle, casi imperceptible de tan nimio —esto es, que la palabra «corazón» sea real en el poema y no imaginaria— para mí, lo cambia todo. Porque si el corazón es vedadero, ya no importa que el amor que recibió de la mujer imaginaria sea también imaginario. No importa en absoluto. Según Deleuze: «El deseo crea lo real». Y el corazón real del poeta imaginario sigue vivo por lo que la mujer imaginaria le dió; y es gracias al recuerdo de ese amor imaginario que el corazón del poeta puede seguir palpitando en la mansión imaginaria.

Sobre el autor:

Nicanor Parra (1914-2018) poeta, matemático, físico e intelectual chileno. Su obra tuvo profunda influencia en la literatura hispanoamericana. Es considerado el creador de la antipoesía. Recibió el Premio Nacional de Literatura (1969) y el Premio Miguel de Cervantes (2011), entre otras distinciones, además de haber sido candidato al Premio Nobel de Literatura en muchas ocasiones.


PARRA, Nicanor. Obras completas & algo + (1975-2006) Vol. II. Edición establecida y anotada por Niall Binns e Ignacio Echevarría. Barcelona: Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg, 2011.
DELEUZE, Gilles y Félix Guattari. El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Paidós, 1995.

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