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Muérdago – Ainhoa Escarti

Foto: Colaboración de Ainhoa Escarti.

 

CANELA

 
El mortero de madera
antes fue árbol caído lejos.
Aquí, entre mis dedos,
se rompe la rama de canela
que vino de lugares que aún no he pisado.
Huele a clavo, a jengibre y nuez.
Envuelvo en aromas de antes,
de mi infancia ya perdida,
a los niños que ahora habitan mi vida.
El mortero resuena con golpes arrítmicos.
Hay ruido y risas,
se envuelve el aroma en estos recuerdos que perdurarán.
En la mesa,
los hombres de jengibre
nos recuerdan que nuestras manos fueron capaces.
Bocado a bocado la galleta se vuelve proustiana.
No existe el tiempo,
la física se rompe
y vuelvo a mis doce años.
La canela impone sus secretos,
capaz de sacar de la memoria algún recuerdo.
Meto mis ayeres en cacao caliente
con ralladura de naranja.
Veo mi reflejo junto a los posos del fondo.
Vienen a mí los versos demasiado usados
de los villancicos de mis cinco años.
Reconstruyo los bienes de mi infancia
y los transmito como tesoros incunables.
Bajo el árbol, mis mejores deseos;
que los peores, esta noche,
quedaron en silencio.
Aún siento la canela en mis dedos

 

DESTELLOS

 
La ventanilla del coche, fría,
la palpo con mis manos de azafrán y miel.
Alguna vez fueron suaves
cuando convivía con la inocencia
que añoro con consciencia.
Esperaba en el cielo nocturno destellos,
estrellas pulsando luz por mí.
Promesas de fantasías de ladrillos de cristal.
El edificio no se sujetará,
quien me los da lo sabe.
Todo se va a derrumbar
y con ello crepitarán mis creencias expuestas al sol.
Huele a diciembre,
a otoño decreciente.
Tras el frío cristal,
en mitad del campo ancestral,
veo las estrellas de los Reyes que creeré ver.
Miro por la ventana trasera:
mi hermana se piensa más inteligente
y simplemente es mayor.
Siento su burla bordada en la boca.
Porque aún espero la Navidad de otros Niños
llamando a mi puerta de alabastro.
La que no llega,
tenga la edad que tenga.
Siempre me recuerdo observando el cielo
tras la ventana de hielo.

 

RESCOLDO

 
En mitad de la nada
donde casi las almas ni habitan
estamos nos en esta cabaña añosa.
Del fuego quedan rescoldos.
Hace horas nos desvivimos por encenderlo,
aprendimos que éramos demasiado de la urbe,
torpes manos perezosas.
Es Nochebuena,
la mejor que pasé.
No hubo festín,
ni usamos la cocina.
Pero sí convertí tu pecho en guarida donde anidar
mientras hablábamos con esperanza
de lo que está por llegar.
Las almas perdidas pisaron el fondo
y nos perdieron un poco.
Cada año no quiero estar en este lugar.
Mientras la mesa está desbordada
poso mis ojos en quien me llena el corazón,
no reconozco las otras caras,
son melocotones al sol.
Fantaseo con otras navidades
que no se parezcan a la Navidad.
Porque lo único que necesito para festejar
es nuestro nido lleno
del pecho cálido que no ha olvidado amar.

 

MUÉRDAGO

 
No había muérdago
y nos besamos en todos los rincones,
nos vieran o no.
Nos añoro fuera de este salón.
Recuerdo la casa decorada con colores diferentes,
porque el rojo y el verde no son nuestra Navidad.
Nunca quisimos ser con Belenes
y ese Santa Claus mentiroso
que siempre acaba ardiendo en nuestra imaginación.
No creo en las mentiras de personajes imaginarios
que obligan a las almas puras
a entrar en cánones de papel
con la etiqueta de
«portarse bien».
Prefiero la sencillez de que sepas
que envolví tus cajas depositando mi saber sobre ti.
El muérdago se acerca
y olvidamos besarnos.
Hay demasiadas normas que nos inquietan
mientras siento que no soy yo en esta esquina
donde no levanto la voz.
No tengo ceguera,
no estoy contaminada,
simplemente siento que la hipocresía que evito
me devora las ganas.
Quiero mi silla vacía,
mi presencia ausente.
Estar donde el muérdago da igual si está presente.
Me escribo con sangre esa noche
que viviré otras navidades
que no sean jaulas de cristal.

 

ENTELEQUIA

 
No paro de traerte a mi memoria.
Eres entelequia
en este lugar que habito,
tan verde,
tan inmaduro.
Teatros,
escenas que se siguen
me penetran.
Irreales,
todas son mejores
que este suelo de arena y piedras.
Mi corazón se enciende y parpadea
cuando sueño con tu sombra
que, pese a ser mía,
es ajena.
Han pasado vidas
y ninguna fue mejor
que la que no tuvimos tú y yo.

 

SOBRE LA AUTORA:

AINHOA ESCARTI nació en Cádiz. Ha cursado estudios de Historia, Filosofía, Sociología y Antropología. Su trayectoria destaca en el ámbito digital, donde ha superado los dos millones de descargas de sus obras. Como autora versátil, ha cultivado géneros que van desde el terror y el microrrelato hasta la narrativa contemporánea. Entre sus publicaciones más destacadas se encuentran títulos como La muchacha de la ventana y la recopilación de textos Todas las cosas que escribí cuando ninguno de ellos miraba. Además de su labor creativa, mantiene una presencia constante en medios de comunicación como columnista de opinión y colaboradora en diversas revistas culturales de España y Latinoamérica.

 


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