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Poema de la entrega – Geobanys Valle Rojas

Ilustración: Reliquias por J.S.B.

 

POEMA DE LA ENTREGA

No fue el vértigo lo que me llevó hacia ti,
ni esa ceguera dulce
con la que suelen confundirse los impulsos.
 
Fue algo más hondo.
 
Como si en el centro mismo del riesgo
hubiera una verdad esperando ser vivida.
 
Desde entonces,
cada límite dejó de ser frontera
y empezó a parecerse a un umbral.
 
Porque amar —lo he comprendido tarde—
no es prometer imposibles,
ni incendiar el mundo para probar un punto de fe;
 
amar
es colocar el alma en la intemperie
sin la certeza de ser resguardado.
 
Y aun así, quedarse.
 
Si hubiera que cruzar la noche sin nombre,
lo haría,
no por hazaña
ni por la absurda sed de lo heroico,
sino porque hay presencias
que justifican la caída
y le dan sentido incluso al abismo.
 
Qué otra cosa es el amor,
sino esta forma lenta de renunciar al miedo,
este aprender a perderse
sin extraviarse.
 
He visto a los hombres aferrarse a lo seguro,
erigir muros,
llamar prudencia a su cobardía.
 
Pero hay instantes —raros, irrevocables—
en los que la vida exige una ofrenda total:
 
no una parte,
no un gesto,
no una promesa a medias,
 
sino todo lo que uno es
temblando.
 
Y es ahí
donde el amor deja de ser palabra
y se convierte en destino.

 

ODA AL OFRECIMIENTO

No vengo a la fugacidad del instante,
ni al temblor ligero
de lo que se enciende y se olvida.
 
No.
Hay en mí una voluntad más honda.
 
No busco la forma,
sino aquello que la habita;
no la apariencia del fuego,
sino su verdad ardiente y silenciosa.
 
Porque el cuerpo,
cuando no es habitado,
es apenas una superficie que engaña.
 
Y yo no deseo superficies.
 
Deseo ese lugar
donde la mirada deja de defenderse,
donde el gesto ya no interpreta
y la voz no necesita adornarse para ser escuchada.
 
Acércate así:
 
sin artificio,
sin la belleza aprendida para otros ojos,
sin la coreografía de lo esperado.
 
Acércate como quien regresa
y no como quien intenta impresionar.
Que lo verdadero
no necesita espectáculo.
 
No quiero en ti lo perfecto,
sino lo irrepetible.
 
No la máscara intacta,
sino la grieta por donde respira tu historia.
 
Porque es ahí
—en lo que no se exhibe,
en lo que tiembla,
en lo que aún no sabe nombrarse—
donde el amor comienza a ser posible.
 
No me ofrezcas instantes.
Ofréceme presencia.
 
No la intensidad breve
que deslumbra y desaparece,
sino esa forma paciente de quedarse
cuando el brillo ha cedido
y la verdad permanece.
 
No se trata de poseer,
ni de ser poseído.
 
Se trata de sostenerse
sin invadirse,
de encontrarse
sin perderse.
 
Y si algo ha de nacer entre nosotros,
que no sea el vahído fácil
de lo que arde sin raíz,
 
sino esa llama lenta
que aprende a durar
porque no teme
a lo que revela.

 

HIPÓTESIS ENAMORADA

Y si la nada fuera lo cierto,
y si la nada, en su silencio,
lo contuviera todo.
 
Y si volaran las mariposas
que agitan el estómago,
no por vértigo,
sino por ese intrépido céfiro
que las llama a desordenarse en libertad.
 
Y si el ímpetu fuera ciego,
y las ganas, un territorio sin mapas,
y el deseo
una forma antigua de perderse sin error.
 
Y si el universo, en su ironía,
desplazara los astros de lugar
solo para enseñarnos
que lo imposible también respira.
 
Y si mis manos te sostienen
no como quien retiene,
sino como quien aprende a cuidar
¿qué temer
si en ese gesto se insinúa un para siempre?
 
La vida, de algún modo,
termina abrazando lo que insiste.
 
Llámalo destino,
llámalo sueño,
o ese niño que aún habita en nosotros
jugando a ser hombre,
disparando flechas
en tierras que ya conocieron la guerra
y, aun así,
no han olvidado florecer.
 
Y si la aurora boreal despertara al náufrago,
y en su delirio
recitara versos que no sabía que sabía,
como si el alma, incluso perdida,
recordara su música.
 
Y si fueras tú.
Y si fuera yo.
 
En agosto,
en septiembre,
o en ese noviembre improbable
que decidió encontrarnos
cuando nada estaba listo.
 
Y si todo esto
no fuera casualidad.
 
Si en lo invisible
hubiera un orden secreto,
una cita escrita en otro lenguaje,
donde incluso lo sagrado
se inclina ante lo humano.
 
Como si la fe no habitara en los templos,
sino en ese instante
en que alguien ama sin garantías.
 
Y si al decirte “te amo”
tu voz, en otra lengua,
me devolviera el mismo universo
 
entonces,
sin importar el frío
ni la estación que nos atraviese,
volvería a amanecer.
 
No sobre el mundo,
sino sobre nosotros,
 
con esa luz tenue
del invierno mediterráneo
que no abrasa,
pero permanece.

 

SOBRE EL AUTOR:

GEOBANYS VALLE ROJAS nació en Sancti Spíritus, Cuba, en 1991. Es poeta, escritor, académico e investigador. Licenciado en Pedagogía-Psicología, fue profesor asistente universitario y miembro de la Sociedad Cubana de Psicología. Su escritura transita entre la poesía, la narrativa y el ensayo, con obras publicadas en América y Europa. Es autor Ese O, Baba (2015; 2024), Adentro del alma… sí hace ruido (2019; 2023), Ori. Santa Palabra (2023), Luna de Ciervo (2024), Ópalo Negro (2025), El precio de salir con vida (2026) y Eirini: el tiempo imperfecto del amor (2026), así como de otros títulos de narrativa, ensayo y estudios etnográficos vinculados a la cultura y la espiritualidad cubana. Parte de su obra ha sido traducida a múltiples idiomas. Paralelamente, ha desarrollado una labor académica con publicaciones en revistas científicas y participación en libros de investigación. Actualmente vive en Grecia.

 

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