
Ilustración: El corcel en la tormenta crespuscular por J.S.B.
CREPÚSCULO EN EL DÍA
(Tríada de sonetos)
Soneto I
Después de todo, al ser la marejada,
violenta como el fuego en que, bravía,
dibuja su crepúsculo en el día,
se torna latigazo tu mirada.
Y en una cuchillada ensangrentada
despierta la mañana en la osadía
de verte, con la helada siempre fría,
más triste que la noche derrotada.
Y, brillos repentinos, alma bella,
sospecha de la estrella perezosa
que brilla, que se aleja, que se pierde,
te miro y eres alba perezosa,
crepúsculo, palabra sin querella,
la sombra, el azabache, el bosque verde.
Soneto II
Descubro que, detrás de esa cortina,
tu luz es más hermosa sobre el suelo,
señora de la noche y de su duelo,
princesa en la alborada coralina.
Y siento que tu embrujo nos domina
cuando alzas la mirada por el cielo,
cautiva del reflejo que, en el hielo,
acróbata es del alba peregrina.
¡Qué raro imaginario, si despiertas
y un raro latigazo en tu mirada
nos abre el horizonte más temprano!
Y somos, en la noche y alborada,
testigos de tu voz y de las puertas
abiertas y cerradas por tu mano.
Soneto III
Y dices que, entre el sueño y la escarchada
que finge ese crepúsculo que empieza,
tu voz es la fatiga que tropieza
con versos engendrados en la nada.
Y dejas que otra luz quede enterrada
en sueños de alborada y de belleza,
de magia y de coral en la tristeza
del bosque de la noche y de la nada.
Te siento que, entre las sábanas, ufana,
disfrutas de esa paz y ese reposo
del sueño perezoso, antojadizo.
Despierta en el coral de esta mañana
que bebe tu café en un cielo hermoso
de vientos y de lluvias, de granizo.
¡QUÉ RARO IMAGINARIO!
I
¡Qué raro imaginario!
Rompiendo noches, castigando cielos,
quebrando valles, destronando montes,
el duro latigazo que en tus ojos
barrunta la mañana que bosteza.
Y, con mirar severo, que es lo propio
—con un mirar azul que se hace hiriente—,
también te digo hermosa en estos reinos.
Y vuelas como yegua en las alturas
queriendo nueva aurora entre las sombras.
II
¡Qué raro imaginario!
Corriendo campos, desterrando bosques,
cansando esferas, fatigando el orbe,
tus ojos, puñalada ensangrentada,
deshacen la belleza en un cuchillo.
Y, con el gesto alegre, pues les gusta
—con brillos repentinos que laceran—,
también te digo bella en estos pagos.
Y siento que tu embrujo nos domina
con el embrujo extraño de tu embrujo.
III
Después, solo el silencio de la noche.
SOBRE EL AUTOR:
JOSÉ RAMÓN MUÑIZ ÁLVAREZ nació en Gijón en 1974. Es Licenciado en Filología Hispánica y Especialista en Asturiano por la Universidad de Oviedo. Trabaja como profesor de Secundaria en Castilla y León. Ha publicado en varias revistas digitales, como Letralia y otras revistas digitales.
2026 © José Ramón Muñiz Álvarez





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