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Epístola a los poetas que vendrán – Manuel Scorza


Conocí la literatura de Scorza una tarde en que le mostraba mi biblioteca a mi amigo Federico y él me ofreció un intercambio. Me propuso tomar un libro de mi biblioteca y que la siguente vez que yo estuviera en su casa podría tomar uno de los suyos por un tiempo. Cuando ambos termináramos de leer los libros los devolveríamos y renovaríamos el trato retirando otro. Y así sucesivamente. Ahora que los libros están tan caros no suena tan mal ese trato como para ampliar lecturas a muy bajo costo. Pero en aquél momento yo no estuve de acuerdo. Le dije que antes de eso prefería regalárselo.

Personalmente descreo de cualquier tipo de trueque que involucre libros. No me gustan. No me creo el cuento de que llegará el día en que finalmente me los devolverán. Al menos, hasta ahora, eso nunca me ha pasado. Lo único que tengo en claro de todo ese proceso del préstamo es que nadie, nunca, jamás, me ha devuelto un libro. Aún los más confiables amigos me han defraudado en ese punto. Sobre todo uno (al que no pienso mencionar), que además de llevarse un dinero que le presté se llevó también Cien sonetos de amor, de Neruda. Quería copiar algunos versos para enviárselos a su chica, con quien estaba peleado y quería reconciliarse. Bah, necesitaba —mejor dicho— reconciliarse. Cuando pasó el tiempo y él seguía yendo y viniendo como si nada, sin devolverme ni el dinero ni el libro, le dije que el dinero se lo regalaba, no tenía problemas con eso, pero que por favor me devolviera el libro, que al fin y al cabo él había podido recuperar a su chica, el librito había cumplido su cometido y merecía volver a mi estantería. Bueno, para hacerla corta, sólo diré que terminé perdiendo el libro y también el amigo. Ese episodio me convenció totalmente de nunca nunca nunca prestar un libro. Mucho menos a quien considero un verdadero amigo. Desde entonces, si alguien que quiero me pide prestado un libro —como el caso de Fede— prefiero regalárselo de todo corazón antes que prestárselo. Después que el libro se va de mi casa salgo de inmediato y voy hasta la primera librería que encuentro abierta y compro un reemplazo, de ser posible, de la misma edición y todo. Salvo que el libro tenga mis anotaciones a lápiz, en cuyo caso, regalo el flamante reemplazo y me quedo con mis sagrados garabatos.

Esa tarde Fede se llevó de regalo El evangelio según Jesucristo, de Saramago. No le acepté otro trato. Unas semanas más tarde vino a casa motu proprio y me trajo de regalo un libro de su biblioteca: El jinete insomne, de Scorza, que pensó que podía gustarme. Ahora lo tengo aquí junto mientras escribo esto, y sí, me gustó.

Bien, ¿a qué venía todo esto? A que en la universidad me dieron para estudiar un libro de poemas de Manuel Scorza titulado: Las imprecaciones. De allí extraje un par de poemas que son más bien cartas o epístolas, dirigidas al resto de los poetas, que de alguna manera reflejan la temática y búsqueda poética de este gran escritor peruano.

Hay una forma, una estructura en la que se asienta el poema sobre la hoja o la pantalla. No son todavía versos libres, caóticos, amorfos. Sino que hay, en casi todas las estrofas, una exagerada sangría en el primer verso. Y en el caso de la primera estrofa la sangría cae siempre en el segundo verso. No hay, entonces, como temía Borges, caos. Sino que hay una forma, una estructura, un laberinto cuya forma está predeterminada por el poeta. Si a las particulares estrofas de Safo (esa estructura de de tres endecasílavos con un pentasílavo al final) las llamamos sáficas, seguramente no nos equivocaremos si a este tipo de estofas las bautizamos scórzicas. Que vienen a ser una suerte de logopeia gráfica, ya que no modulan el ritmo del poema, como sí lo hacen las estrofas sáficas.

A parte de esa observación, también puede verse que hay una temática común que recorre el libro. Quizá por haber sido escrito desde el exilio el tema de lo americano está presente en casi todos los poemas. Salvo unos pocos que pueden tocar el tema de los lazos familiares o la amistad.

Son estos que les dejó acá. Espero los disfruten.

Epístola a los poetas que vendrán

TAL vez mañana los poetas pregunten
            por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas
por donde venía la ardiente cólera.

            Yo respondo:
por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos sitiaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la Poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía que ser un relámpago perpetuo.

            Mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire al pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras llueva sobre el pecho de los mendigos,
mi corazón no sonreirá.

            Matad la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
No digáis el romance de los lirios.
Hay cosas más altas
que llorar amores perdidos:
el rumor de un pueblo que despierta
¡es más bello que el rocío!
El metal resplandeciente de su cólera
¡es más bello que la espuma!
Un Hombre Libre
¡es más puro que el diamante!

            El poeta libertará al fuego
de su cárcel de ceniza.
El poeta encenderá la hoguera
donde se queme este mundo sombrío.

Los poetas

USTEDES, poetas,
            ¿qué creían?
Cantaban
bellísimas canciones;
en vuestra tarde hermosa
sólo sonaba
el murmullo amarillo de la fuente;
los poetas tejían
enredaderas de espuma
alrededor de las muchachas;
los poetas decían:
las aguas son transparentes
como si debajo agitaran candelabros encendidos.

Aquí algo humeaba;
no era nada,
era gente desconocida;
el humo salía de los ojos del mundo,
quemaba cisnes, mataba flores,
y ustedes, poetas, cantaban.

            ¡Era difícil interrumpir la melodía!
Cómo iban los poetas a decir:
«No hay papas»,
«Está sucia mi camisa».
«La niña llora por su pan descalabrado»,
«No tengo para el alquiler»,
«No puedo, vuelva a fin de mes”.

            Ay, poetas,
ahora el beso
en los labios se nos pudre;
muertos estamos
de comer barbudas aves.

            En verdad, os digo:
antes de que cante el gallo,
lloraréis mil veces.


Sobre el autor:

Manuel Scorza Torres (1928-1983) fue un novelista, poeta, político​ y editor peruano de la Generación del 50, atento a los fenómenos sociales y observador de los problemas del Perú de la época que le cupo vivir. Publicó los siguientes libros de poemas: Las Imprecaciones (1955), Los adioses (1959), Desengaños del mago (1961), Réquiem para un gentil hombre (1962), Poesía amorosa (1963), El vals de los reptiles (1970). Y las siguientes novelas: Redoble por Rancas (1970), Historia de Garabombo el Invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977), La tumba del relámpago (1979), La danza inmóvil (1983). Murió el 27 de noviembre de 1983 en un accidente aéreo en el aeropuerto de Barajas, Madrid.

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